Al abrir los ojos, los rayos del sol se filtraban a través de las cortinas, llenando la habitación con una luz cálida. Intenté moverme, pero algo me lo impidió. Bajé la mirada y ahí estaba ella. Su cabeza descansaba sobre mi pecho, su pierna sobre la mía, y su brazo rodeaba mi estómago. Su largo cabello estaba esparcido sobre la cama, y las sábanas se enredaban en su cuerpo, dejando al descubierto su piel desnuda.
Diosa… era una vista maravillosa.
Deslicé las yemas de mis dedos por su brazo y su piel se erizó bajo mi toque. Enterré la nariz en su cabello, embriagándome con su aroma. Esta mujer me tenía completamente hechizado.
—Kiral, estás ronroneando —murmuró con voz ronca.
—Lo siento, nena, mi lobo no puede evitarlo.
Ella soltó una suave carcajada, acurrucándose aún más contra mí.
—No quiero levantarme, quiero quedarme así contigo todo el día —se quejó, aferrándose a mí.
—A mí también me encantaría, pero no has comido nada desde ayer. Te quedaste dormida de inmediato después de nuestra última ronda.
—Nos quedamos dormidos —corrigió, marcando la palabra nos. Luego suspiró—. Bueno… en realidad sí tengo un poco de hambre.
Apoyó su mentón en mi pecho y me miró con esos ojos que me volvían loco.
—Ven, tomemos una ducha y bajemos a desayunar —susurré, besando su frente.
Ella se incorporó un poco y noté el temblor en sus piernas. Solté una carcajada justo antes de que me lanzara una almohada a la cara.
—¡Idiota! —murmuró entre dientes, dándome la espalda.
Esa vista de su hermoso trasero me hizo saltar fuera de la cama sin pensarlo dos veces, siguiéndola a la ducha.
Apenas cerré la puerta, la atrapé entre mis brazos, presionando su cuerpo contra el mío.
—Kiral… —jadeó cuando mis labios encontraron su cuello.
Su trasero se frotó deliberadamente contra mi erección.
Tan solo unos minutos después, el baño se convirtió en otra sesión de sexo desenfrenado. No podía cansarme de ella. Soy adicto a su piel, a sus labios, a su sonrisa… a ella. A mi Raquel.
Cuando bajamos a desayunar, el gran salón estaba más lleno de lo normal. En cuanto crucé la puerta, me sorprendí al ver a mis tíos, Susy y Caleb, sentados en la mesa.
—Vaya, qué grata sorpresa —dije, llamando la atención de todos. Sus miradas se posaron de inmediato en mi mano, entrelazada con la de Raquel.
—Vaya, la sorpresa es mía, sobrino —respondió mi tía Susy, poniéndose de pie. Caminó hasta mí y dejó un beso en mi mejilla—. No pensé que al fin ibas a reconocer a mi niña como tu compañera. Me encanta verlos juntos.
Raquel soltó mi mano para abrazarla con cariño.
—¿Qué los ha traído hasta aquí? —pregunté mientras caminaba hasta mi lugar en la mesa.
Mi tía Susy regresó a su puesto junto a mi tío Caleb, quien hablaba sin mucho interés.
—Tu madre nos llamó. Te sintió… extraño estos días —explicó él sin apartar la vista de su comida.
Rodé los ojos. Mamá, después de volver, se había vuelto sobreprotectora. Podía sentir las emociones de Esmeray, papá y las mías, y muchas veces eso nos metió en problemas. Siempre supo cuándo mentíamos o le ocultábamos algo.
—Pues debería haberme llamado.
—Ya sabes cómo es —se encogió de hombros mi tío—. Pero tranquilo, no nos quedaremos mucho tiempo. Mañana iremos a ver a Esmeray, tu madre dijo que ha estado actuando extraño.
—¿Le ha pasado algo? No me ha visitado en toda la semana —dije con el ceño fruncido. Esme solía venir cada dos días y, cuando no podía, al menos llamaba—. Yo la he llamado, pero no ha contestado.
Dirigí mi mirada a Luz, quien estaba perdida en su teléfono. Luego observé a Raquel, que miraba fijamente un punto en la pared.
—Vale… ¿qué sucede?
Raquel y Luz se miraron brevemente.
—Nada —respondieron al unísono.
—¿Cómo que nada? Las conozco. ¿Qué está pasando?
—Mira, nosotras no podemos decirte nada. Ella vendrá esta tarde a cenar y hablará con todos —dijo Raquel con cautela.
Mis manos comenzaron a brillar.
—Tranquilo, cariño, estás comenzando a brillar —murmuró Raquel, poniendo su mano sobre la mía.
—¡Joder, Raquel! ¿Cómo quieres que me quede tranquilo si es mi hermana?
Odiaba ese maldito don. Lo había heredado de mi madre y siempre aparecía cuando mis emociones se desbordaban.
Pero Raquel tenía razón, tenía que tranquilizarme, así que comenze con un rutina que tenía cada vez que comenzaba a brillar.
Inhala, exhala.
Inhala, exhala.
Repetí el proceso varias veces hasta calmarme.
🐺🐺🐺🐺🐺
El día pasó rápido. Justo cuando intentaba despejarme, Marco llegó a hablarme sobre Laura, la mujer con la que Raquel se había puesto celosa. Me contó que ella le había confesado que tenía compañera, pero que no reveló su identidad.
Después de la reunión con él, una extraña sensación me recorrió. Mi pecho se oprimió y el aire me faltó. Un antojo repentino de huevos revueltos con tarta de chocolate me invadió.
Sacudí la cabeza, desconcertado.
Entonces, escuché un llanto proveniente del bosque.
Seguí el sonido con rapidez y encontré a Laura, sentada contra un árbol con las rodillas pegadas al pecho.
—¿Laura? ¿Qué haces aquí? ¿Qué sucede? —me arrodillé a su lado.
—Yo… lo siento, Alpha. No es mi intención molestar. Me iré a otro lugar…
Intentó levantarse, pero la detuve.
—Dime qué pasa. ¿Alguien te ha hecho daño?
Negó con la cabeza, pero su llanto se intensificó.
—Tranquila, respira y dime.
—Encontré a mi compañera —susurró entre sollozos—. Es una mujer. Siempre tuve clara mi sexualidad, pero ella no… Me ha tratado horrible. Me ha dicho cosas horribles. Que me vaya, que no vuelva.
Suspiré.
—Dale espacio. Trata de entender su miedo, pero no dejes que eso te destruya. Nadie tiene derecho a hacerte sentir menos.
Laura me miró con lágrimas en los ojos.
—¿Y si nunca me acepta?
—Entonces no es digna de ti. Pero dale tiempo. Sé paciente. Nadie cambia su visión de la noche a la mañana. Y recuerda, no estás sola.
Me sonrió levemente.
—Gracias, Alpha.
—Solo Kiral, por favor.
Nos quedamos en silencio unos segundos hasta que la envolví en un abrazo.
—¡¿PERO QUÉ DEMONIOS ESTOY VIENDO?!
El rugido de Raquel me hizo girar el rostro.
Sus manos estaban apretadas en puños, su expresión era pura furia.
—¡Te voy a matar, Kiral!
Mierda.
Laura todavía tenía su rostro apoyado en mi pecho y sus brazos alrededor de mi cintura.
Joder… ahora sí estoy muerto.