Capítulo 11

1452 Words
—No es lo que piensas, nena… —dije, alejando bruscamente a Laura de mis brazos. Ella ni siquiera se había dado cuenta de que Raquel estaba allí hasta que la solté, y cuando lo hizo, sus ojos se abrieron con sorpresa. —¡¿Nena tus pelotas?! —Raquel explotó, caminando hacia nosotros como una tormenta desatada—. ¿Qué demonios, Kiral? ¡Claro! Como ya conseguiste lo que querías de mí, ahora vas tras alguien "digno" de ti, ¡maldito gilipollas! El tono de su voz y su expresión eran una clara advertencia de que estaba a punto de desatarse el infierno. Laura y yo dimos un paso atrás de forma instintiva. —Luna, por favor, no es lo que usted piensa —sollozó Laura, con la voz temblorosa por el llanto. Raquel se detuvo en seco. —¿Cómo me llamaste? —preguntó, su voz apenas un susurro, pero con una carga emocional enorme. —Luna… ¿Está mal que la llame así? —Yo… —Raquel parpadeó varias veces antes de recobrar su furia. Me miró con un brillo asesino en los ojos—. Ahora dime la verdad, ¿este gilipollas te está forzando? ¿Te tocó sin tu permiso? —¡Joder, Raquel! No soy un maldito hijo de puta —gruñí, sintiéndome ofendido. —Claro, y por eso estabas abrazándola, ¿no? —¡Estaba llorando! —exclamé, perdiendo la paciencia. —¡Eso ya lo sé, idiota! ¡Y no me grites! —Mierda, lo siento… —murmuré, frotándome el rostro con frustración. Raquel resopló y giró su atención hacia Laura, quien seguía llorando desconsoladamente. —Siempre arruino todo… Ahora por mi culpa ustedes están peleando —lloriqueó. —Tranquila, cariño —dijo Raquel con más dulzura, atrayéndola a su pecho en un abrazo protector—. Dime qué sucede. Laura, entre sollozos, nos contó todo lo que había pasado. Sin embargo, todavía se negaba a decir el nombre de su compañera. —¿Por qué no quieres decirnos su nombre? —preguntó Raquel, frunciendo el ceño. —No quiero problemas con ella… No quiero que se enoje más conmigo. Raquel suspiró con paciencia. —Bueno, hagamos algo. Ve a la casa de la manada, date una ducha, come algo y descansa, ¿sí? Mañana trataremos de arreglar todo esto antes de que te marches. Laura asintió y se alejó, dejándonos solos en medio del bosque. Raquel se giró lentamente hacia mí, con una expresión que me hizo sentir como si estuviera a punto de devorarme vivo. —¿Por qué demonios estás enojada conmigo? —Porque tus abrazos solo me pertenecen a mí —espetó, acercándose hasta quedar a centímetros de mi rostro—. Eres mío, Kiral. Sé que suena jodidamente tóxico, pero no soporto verte en los brazos de otra mujer. Un gruñido ronco se me escapó de la garganta. —Me encanta verte celosa —murmuré con una sonrisa ladina—. Me pone la polla dura. La tomé de la cintura y la atraje contra mi cuerpo, pegando mi frente a la suya. —Nena, soy tuyo. Por siempre. Jamás te sería infiel… Mi alma y mi cuerpo te pertenecen. Ella suspiró, pero no se relajó del todo. —Pero hay algo que me molesta —murmuré, separándome lo suficiente para mirarla fijamente—. Tú sigues con ese idiota francés. Raquel mordió su labio inferior, tratando de contener una risa. —¿Qué ocultas, Raquel? —Lo siento, pero… Esmeray me dijo que fingiera. Fruncí el ceño. —¿Fingir qué? —El día que llegué, ella me dijo: "No puedes llegar a casa de mi hermano soltera. Tienes que fingir que tienes novio. Eso lo hará darse cuenta de que te quiere, el idiota". Hizo una imitación burlesca de la voz de mi hermana, y parpadeé, procesando sus palabras. —¿Entonces… nunca hubo novio? Raquel negó con la cabeza, divertida. —¿Y quién demonios es Adrien? —Mi amigo… Y es gay. También estuvo de acuerdo con el plan de Esmeray. Mi mandíbula cayó. —¿De verdad creías que mi mejor amiga no sabía nada de mi vida? —soltó una carcajada—. Joder, Kiral, a veces eres muy despistado. —A mi defensa, ustedes son muy buenas actrices. Ella rio con más fuerza, y no pude evitar besarla. Pero esta vez, el beso fue diferente. Fue profundo, cargado de emociones contenidas por demasiado tiempo. Cuando nos separamos, susurré contra sus labios: —Entonces… ¿No volverás a París? Ella negó, acariciando mi rostro. —No. Aquí tengo mi vida… Y tú eres mi vida, Kiral. —Te amo, Raquel —dije con el corazón en la mano—. Te amo desde la primera vez que te vi. Siempre te he amado… Solo fui un estúpido corriendo en dirección contraria, sin darme cuenta de que todo lo que necesito está contigo. —Yo también te amo, Kiral —susurró—. Te he amado desde el momento en que miré tus ojos dorados… Desde que vi ese cabello rojizo desordenado. Pero lo que más me enamoró fue tu sonrisa. Esa sonrisa que ilumina mis días más grises. Sonreí contra sus labios antes de besarla de nuevo. —Vamos, tu hermana llegó con Sebastián —dijo ella, interrumpiendo el beso. —Joder, tengo unas ganas horribles de comer huevos revueltos con tarta de chocolate. Raquel soltó una carcajada y entrelazó sus dedos con los míos mientras caminábamos de regreso a la casa de la manada. Cuando llegamos a la casa, todos nos esperaban en el gran salón. Mi tía Susy y mi tío Caleb estaban sentados con expresiones tensas, Luz parecía incómoda y extrañamente triste, y Esmeray estaba junto a Sebastián, con las manos entrelazadas. Mi hermana no dejaba de mover la pierna, su gesto reflejaba un torbellino de emociones. Algo no iba bien. —Al fin llegan —gruñó Caleb. —Tuvimos un pequeño problema, pero nada que no se pudiera solucionar —dije con naturalidad, sentándome en un sillón y jalando a Raquel sobre mi regazo. —Me encanta verlos así —canturreó Esmeray con una sonrisa temblorosa. —Bueno, ¿qué sucede? —pregunté, sintiendo que mi inquietud aumentaba—. ¿Por qué no me has llamado ni contestado mis mensajes? Esmeray intercambió una mirada con Sebastián. Algo grande estaba pasando. —Si has hecho algo para lastimar a mi hermana, prepárate para la guerra, cabrón —gruñí, clavando la vista en Sebastián—. Te juro que te mato con mis propias manos, y ni tu Alfa podrá detenerme. —¡Kiral, por la Diosa! —exclamó Esmeray, poniéndose frente a él—. ¡No lo toques! —¡Entonces dime qué demonios pasa! Ella respiró hondo, sus ojos brillando con lágrimas contenidas. —Kiral… —susurró, con la voz entrecortada—. Estoy embarazada. El tiempo pareció detenerse. Las palabras de Esmeray flotaron en el aire como un eco imposible de procesar. Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. Mi pecho se llenó de una presión insoportable, y mi corazón martilleó con tanta fuerza que pensé que se me iba a salir del pecho. —¿Qué…? —Tengo un mes… —murmuró, con una sonrisa nerviosa y los ojos llenos de emoción—. Lo supe la semana pasada. Mi cuerpo estaba completamente paralizado. No podía respirar, no podía moverme. Mi mente intentaba asimilar la realidad. —Y… tendrás que acostumbrarte, porque son dos. Dos. La palabra explotó en mi cabeza como un trueno. Mis labios se separaron, pero ninguna palabra salió. Un nudo se formó en mi garganta, quemándome por dentro. Mis piernas se movieron antes de que pudiera pensar en ello. Corrí hacia Esmeray y la levanté en el aire, girando con ella mientras soltaba una carcajada llena de felicidad. —¡JODER, SERÉ TÍO! —grité, sintiendo cómo la emoción me consumía por completo—. ¡Voy a tener a los sobrinos más consentidos de todo el maldito mundo! Esmeray reía y lloraba al mismo tiempo, aferrándose a mí con fuerza. —Vas a ser el mejor tío, Kiral —susurró, con la voz cargada de amor. —¡Voy a comprarles de todo! ¡Les enseñaré a pelear, a cazar, a robar galletas sin que nadie los atrape! —¡Kiral, no les enseñes a robar galletas! —regañó entre risas. —¡Claro que sí! ¡Voy a ser el mejor maldito tío del universo! Raquel me miraba con una sonrisa llena de ternura, y yo no podía dejar de sonreír. Mi familia estaba creciendo. Y por primera vez en mucho tiempo, todo se sentía increíblemente bien.
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