El camino hacia la ciudad fue una tortura silenciosa. No solo por los autos negros que nos escoltaban como si fuéramos figuras políticas importantes, sino por la presencia inquietante de Luca sentado a mi lado. No dejaba de mirarme. No una, ni dos veces: toda la maldita carretera. Su silencio era tan afilado como un cuchillo; cada vez que sentía su mirada subirme por la mejilla, el cuello o la mano apoyada sobre mi regazo, mi estómago daba un vuelco involuntario. Solo dejó de inspeccionarme cuando el auto entró al estacionamiento subterráneo del centro comercial. Un lugar enorme, perfectamente iluminado, que parecía vacío… demasiado vacío. Como si el mundo entero hubiera sido desalojado solo para dejar su imperio jugar a vestirme como un maniquí. —¿Lo cerraste? —susurré. No sé por qué, p

