Desperté con el molesto sonido de mi celular taladrándome el oído. No recordaba en qué momento me había dormido. Mis pensamientos habían sido un nudo de nervios, atrapándome entre recuerdos y temores… pero al final, el cansancio ganó. Y me derrumbé más rápido de lo que estaba dispuesta a admitir. Intenté alargar el brazo hacia la mesita, pero otra mano —grande, fría— ya había tomado mi teléfono. Fruncí el ceño y abrí un ojo con torpeza, aún atrapada en la pesadez del sueño. Lo primero que distinguí fue una silueta borrosa dándome la espalda. Cuando mis ojos por fin se acostumbraron a la tenue luz que se filtraba por la ventana, casi se me escapó el aliento. La espalda desnuda de Luca. Amplia. Marcada. Con gotas de agua resbalando por la piel mientras él sostenía una toalla pequeña sobr

