CAPÍTULO 1. EMPEZAR DE NUEVO-2

2059 Words
―¿Qué tipo de regalos? ―pregunté resignado viendo que si no accedía me quedaría sin poder cumplir con mi trabajo. ―Son niños que viven con la naturaleza, de nada les va a servir que les lleves cualquiera de los juegos que pueden usar tus hijos o sobrinos ―me contestó con una sonrisa. ―No tengo hijos, no ha sido una prioridad en mi vida, te agradecería que fueses algo más concreto ―dije algo molesto. ―Puedes llevar bufandas, gorros y guantes, además de navajas. ―¿Cómo navajas?, ¿no has dicho que era para niños? ―pregunté sorprendido. ―Sí, así es, pero como te he dicho viven en la naturaleza y para ellos es un elemento muy socorrido, pues lo pueden usar para múltiples tareas desde tallar una rama para darle forma hasta curtir una piel. ―Pero se trata de tareas de un adulto ―le dije extrañado ante sus palabras, sin ver cómo aquello pudiese ser divertido para un niño. ―Nuestros niños se ven en la necesidad de colaborar en las distintas tareas de la comunidad, somos pocos por lo que cualquier ayuda es bienvenida ―dijo señalando a una foto colgada en la pared donde se veían una veintena de personas, colocadas alrededor de un fuego. ―¿Y al jefe de la comunidad?, ¿puedo regalarle algo? ―le pregunté con algo de ironía. ―A él no, estaría mal visto, sería como intentarle comprar. Si quieres que él reciba algo, dáselo indirectamente, regálaselo a su mujer en señal de respeto, y si él ve que a ella le gusta te estará agradecido ―respondió con una sonrisa. ―¿Y que puede necesitar una mujer de tu pueblo? ―pregunté sabiendo que no sería un regalo al uso, como bolsos, zapatos, ni siquiera colonias o una gargantilla. ―Llévale alguna olla ―respondió escuetamente y casi sin pensar. ―¿Utensilios de cocina? ―pregunté sorprendido por la ocurrencia de aquel hombre. ―Así es, son muy útiles, pero se estropean con cierta facilidad, sobre todo cuando se ha de alimentar a tantos ―respondió haciendo un gesto de no entender mi sorpresa. ―¿Qué tipo de ollas?, ¿unas a presión? ―pregunté sin saber muy bien sobre utensilios de cocina. ―No, ollas normales, puedes llevar varias, cuantas más, más contenta estará la mujer del jefe ―me dijo el hombre guiñándome un ojo. Aquello ya me estaba empezando a sonar casi a una tomadura de pelo. Es cierto que quería cubrir la noticia y ganar dinero con ello, pero tenía que comprar tantas cosas para aquella tribu me supondría más dinero del que me iban a pagar. Le agradecí la información al hombre y salí de aquel lugar de mal humor. no sabía lo que iba a hacer, estuve andando dando vueltas por la calle hasta que al final me decidí, accedería a todo lo que me habían pedido, no tanto por el dinero que ganaría sino por mantener mi palabra, había aceptado el trabajo e iba a hacerlo. Una vez adoptada la decisión tenía que ponerme en marcha para lo cual volví a mi piso para recoger preparar algunas pertenencias que quería llevar conmigo, así busqué la ropa más parecida a lo que me habían pedido, una vez la tuve preparada en una silla revisé los cajones para localizar la grabadora y la cámara de fotos, pero enseguida me di cuenta que aquellas antiguallas no me iban a dar todo el juego que necesitaba. Con el avance tecnológico tan importante que había sufrido el mundo durante estos dos años de inactividad profesional, aquellos aparatos parecían ahora casi prehistóricos. Ya tenía localizado todo lo que tenía de lo que necesitaba para empezar el viaje, estando en el salón miré a mi alrededor para buscar la mochila donde llevar mis cosas y me di cuenta que la casa estaba hecha un desastre, botellas por todos lados, junto con desperdicio de pizzas. Cuando trabajaba estaba acostumbrado a comer fuera, en restaurantes eso me ahorraba mucho tiempo de forma que no tenía que volver a casa para prepararme de comer, pero desde que me quedé sin trabajo ya no tenía motivo para salir a comer afuera por lo que me acostumbré a comer las pizzas que traía el repartidor, me las conocía todas, desde las más exóticas como las pizzas hawaianas hasta las más tradicionales como las pizzas margarita. Tal es así, que me había puesto un horario, los lunes, miércoles y viernes, pedía pizzas condimentadas con pescado, anchoas, atún o gambas. Los martes, jueves y sábados, pedía pizzas rellenas de carne, salchichas, salchichón o chorizo. Y los domingos, pedía pizzas margarita y una ensalada. Con eso compensaba mi dieta, comiendo un poco de todo. Y luego estaba lo de la limpieza, donde no me había esmerado demasiado, al principio cuando tenía para pagarla venía una asistenta para limpiar el piso y todo estaba reluciente, pero luego cuando ya no venía y con el paso del tiempo este dejó de ser un lugar acogedor, ahora podía encontrar botellines a cada esquina y cajas de pizzas amontonadas por doquier. “Me vendrá bien un cambio de aires” pensé para mí, dándome ánimos por la decisión adoptada. Abrí la ventana, la cual daba a la pared del edificio de enfrente, a una distancia no superior a dos metros y salí a la calle para comprar todos los que me faltaba. Lo primero que hice fue acercarme a una tienda especializada en venta de artículos tecnológicos, y compré una grabadora de última generación y una nueva máquina de fotos, esta vez digital, con un montón de funciones que no llegaba a comprender del todo. Luego fui a unos grandes almacenes para comprar el resto de utensilios y salí de allí bien cargado con las ollas y cuchillos. Al día siguiente, ya con todo preparado cogí la grabadora y la cámara y las metí en una mochila. Y todo lo que había comprado para regalo, y lo llevé al coche, el cual era un jeep. En el asiento del copiloto llevaba puse la mochila, en el que además llevaba un viejo portátil y mi inseparable cuaderno de anotaciones. En la parte de atrás, en el compartimiento de carga, había colocado las bolsas con ollas y una veintena de navajas y ropa para niños. No sabía qué pasaría si me parase la policía en el trayecto ¿cómo justificar toda esa cantidad de navajas? Nadie se iba creer que las iba a regalar a unos niños. La verdad que no estaba muy a gusto por la situación, no sólo por lo que iba a trasportar sino también porque me sentía todo un campesino con aquellas ropas, parecía que hubiese retrocedido veinte o treinta años en mi forma de vestir. Cazadora amarilla, blusa y pantalones vaqueros, botas de campo y gorra roja. Pero lo que más me preocupaba es que hacía tiempo que no conducía puede para protegerme a mí o a los peatones. Empezaba así mi viaje, aunque todavía no me había despejado del todo de la resaca que tenía casi permanentemente, pero como aquello era trabajo tenía que hacer algo, paré en la primera gasolinera que vi y me compré dos cafés bien cargados y una caja de dulces parar irlos tomando por el camino y que me fuese despejando. Para poder tomar la foto que me devolvería al mercado laboral del periodismo tenía que desplazarme desde Montreal a la reserva. Era la primera vez que iba a salir de la ciudad en más de dos años, aquella gran urbe situada sobre una isla en la confluencia de los ríos San Lorenzo y Ottawa, que me había acogido tan bien cuando me trasladé ya hace cinco años, se había convertido en mi hogar, en ella podía encontrar todo lo que buscaba, cobijo, cultura, espectáculo, comercio y diversión. Alguno de mis antiguos compañeros no entendió el motivo de mi traslado de New York a Montreal, personalmente consideraba que en parte eso era debido a su gran desconocimiento de ésta gran ciudad cosmopolita, donde predomina el bilingüismo, empleándose en la vida cotidiana tanto el francés como el inglés, que tiene la consideración de la segunda ciudad francófona más grande del mundo. Además de ello goza de grandes espacios abiertos, entre los que se encuentran el Parc du Mont-Royal, el único monte de la zona que contrasta con lo llano de la ciudad producto de una erupción volcánica y los Parc des Iles, dos islas artificiales construidas para la Exposición Universal del 1967 sobre el río San Lorenzo, y que hoy albergan varios lugares de diversión como el parque de atracciones y el famoso Casino de Montreal. El Mont-Royal y el río San Lorenzo constituyen los dos grandes elementos naturales del paisaje urbano de Montreal, además es el mayor puerto interior del mundo. Mi pequeño apartamento está situado en Le Vieux-Montreal, un lugar privilegiado lleno de encanto donde se encuentran los edificios más antiguos y emblemáticos de la ciudad. Iba tranquilamente conduciendo por la autopista camino a la reserva con lo que pude apreciar cómo iba cambiando el paisaje, de extensiones de bajos matorrales a los frondosos bosques de arces y abetos que cubrían el sol. Ahora estaba seguro que me estaba acercando, pues esos árboles eran ya señal de estar en la reserva. Iba conduciendo despacio, buscando una desviación que me indicase el camino a seguir hacia el interior de ese espeso bosque, pero no la encontraba, era una carretera recta de apenas unos diez kilómetros en donde debía de haber una entrada, un claro entre los árboles por el que avanzar hasta la reserva. Lo recorrí, una y otra vez y no ninguna desviación hasta que vi cómo otro coche venía en sentido contrario, paré, dejé el vehículo en el borde de la calzada y andando hacia él le hice señales. El conductor del coche viéndome allí se paró y me preguntó, ―¿Está usted bien?, ¿ha tenido alguna avería su vehículo? ―No nada de eso, sólo es que estoy algo desconcertado, estoy buscando la entrada a la reserva, y no consigo dar con ella ―respondí con tono tranquilizador. ―Mejor será que deje el coche donde está y avance andando a partir de aquel árbol de color ocre pardo ―me dijo señalándome con su mano a unos árboles. ―¿Cuál color ocre?, todos los árboles se parecen ―le contesté mirando hacia donde me indicaba. ―Mire allá ¿ve ese árbol que tiene las hojas de otro color?, pues debe de avanzar por allí. ―¿Y no puedo ir con el coche? ―pregunté apurado. ―Antes había un camino, pero hace tiempo que se dejó y la maleza lo ha borrado, la única forma es a pie por donde le he indicado ―me explicó pacientemente. Le agradecí la información mientras se marchaba, me pequé algo descontento con lo que acababa de oír. Era una tarde fría y húmeda, parecía que había llovido hace poco, pues todavía se podía apreciar el olor a mojado de los árboles. Estos eran de una gran vistosidad, con gran variedad de colorido, desde un verde intenso hasta un rojo fuego. Propios de la temporada de otoño en que estábamos, dentro de poco llegarían las primeras nevadas, eso era lo que peor que llevaba de mi ciudad, el invierno y sus bajas temperaturas siempre por debajo de cero, lo cual hacía que en ocasiones fuese intransitable la vida por la superficie, teniendo que recurrir a esa segunda ciudad que se extiende por el subsuelo. Me tuve que armar de valor y de coraje, aunque por aquel entonces este no me sobraba, por lo que cogí una botella que llevaba en la guantera y la vacié antes de abandonar mi coche aparcando a la orilla de la carretera en dirección a la reserva, con la esperanza de que aquella visita no me supusiese demasiado tiempo. Cargué sobre la espalda todas aquellas bolsas de regalos e inicié mi caminata, a cada paso que daba se producía un gran ruido de cacharos chocando entre sí por lo que no podía ser demasiado sigiloso, llegué hasta donde estaba ese árbol de color diferente y miré hacia adelante, un pequeño sendero entre los árboles se abría ante mí sin que se pudiese ver su fin, sólo árboles por todas partes. Empecé a avanzar a partir de ese árbol en dirección perpendicular a la carretera, adentrándome en la espesura del bloque, hasta que llegué a un claro, para entonces ya me flaqueaban las fuerzas, no debía de haber andado demasiado pero aquella tierra tan blanda y llena de vegetación me dificultaba mucho el avance, además parecía que me faltaba el aire, se me hacía pesado respirar y el frío del lugar estaba empezando a hacer mella en mí, cada vez que respiraba absorbía el frío que se extendía desde mis pulmones a todo el organismo, llegando hasta el tuétano de mis huesos.
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