Capítulo Una declaración inesperada El sol de la tarde caía con una tibieza engañosa sobre la calle principal del barrio, como si el mundo insistiera en aparentar calma cuando, por dentro, todo estaba a punto de desbordarse. Gabriel salió de la farmacia con Florencia en brazos. La niña jugueteaba distraída con las puntas de su cabello, ajena al torbellino que él llevaba en el pecho. Habían pasado seis días desde el último enfrentamiento con Rosa, y aunque él intentaba convencerse de que la situación estaba bajo control, la tensión seguía latente, como una herida que se niega a cerrar. Yo caminaba unos metros detrás, con Dylan apoyado contra mi cadera. Sentía un nudo persistente en el estómago. Mi cumpleaños era al día siguiente. Había organizado un fin de semana en casa con mis padre

