Las semanas habían pasado desde el juicio más polémico del año. El veredicto aún era un nudo en la garganta colectiva: Catalina Creel estaba en libertad. No por falta de pruebas ni por alguna maniobra jurídica transparente, sino por algo mucho más turbio: un diagnóstico psicológico que la declaraba como una mujer “no peligrosa, emocionalmente inestable, y en estado mental crónico”. El informe, avalado por una psiquiatra retirada, se filtró sutilmente a los medios. Pero quienes conocían su historia, sabían la verdad: Catalina no había cambiado. Solo había aprendido a moverse mejor. En una sala de reuniones privada dentro del cuerpo de inteligencia, el agente Martínez cerró una carpeta con gesto cansado. Frente a él, los rostros tensos de Mateo, Andrea, Gerardo, Biannca, Braulio, Jeannette

