1. Prólogo
ESTO NO ES VELOCIDAD…ES DESTINO
Dicen que las batallas más peligrosas no son las que elegimos… sino aquellas que nos sorprenden en silencio, cuando creemos que estamos a salvo.
Yo había edificado mi vida sobre el hierro del control: mi empresa, mi familia, mis decisiones. Todo se regía por mis reglas.
O al menos, esa era la mentira en la que vivía.
Así irrumpió Isabella Harrison en mi mundo: como una tormenta de verano, sin aviso, sin permiso… arrasándolo todo a su paso.
Nuestras familias, unidas por lazos inquebrantables de amistad, nos hicieron crecer juntos. Isabella, siempre tempestuosa y libre, imposible de domar, se marchó años atrás a Italia para continuar sus estudios. Pero al regresar, ya no era la niña desafiante que guardaba en mi memoria. Se había convertido en una mujer que ocultaba dolor tras la sonrisa y ardor en la mirada, un enigma que nadie supo descifrar.
Nadie… excepto yo.
El mes que compartimos en la preparación de la boda de mi hermana bastó para descubrir que su risa era un veneno dulce, que su tristeza me calaba más hondo de lo que estaba dispuesto a admitir, y que el simple roce de su voz podía derribar las murallas que había tardado años en levantar.
Un día en el que transcurría con mi rutina habitual, pero un presentimiento inusual flotaba en el aire, anunciando que algo estaba a punto de cambiar. La puerta de mi oficina se abrió y, antes de que pudiera girarme, su presencia lo llenó todo.
Charles Harrison, su padre —quien también era mi padrino—, cruzó el umbral con la serenidad y simpatía que inspiraban confianza.
—Buenos días, padrino —dije, intentando mantener la compostura
—Asher, deja las formalidades —respondió con una sonrisa cálida—. Llámame Charles.
Se sentó frente a mi escritorio y su mirada, firme pero tranquila, ya revelaba que lo que venía no era un favor cualquiera.
—Sé que estás ocupado —comenzó, con voz medida—, pero necesito pedirte algo muy importante.
Un estremecimiento recorrió mi interior.
—Dime, Charles. Haré lo que pueda.
—Te pido que permitas que Isabella realice sus prácticas a tu lado. No hay mejor lugar ni guía para que pueda completar su carrera.
—Claro que sí, le buscaré el lugar adecuado.
—Asher, ¿sería mucho pedirte que Isabella sea tu asistente? Necesito que seas directo, estricto y que le enseñes todo lo que requiere.
Era, en apariencia, un favor sencillo: darle la oportunidad de ser mi asistente.
Pero lo que Charles no sabía, lo que yo mismo me negaba a aceptar, era que en ese instante acepte mi condena.
Porque Isabella no venía para seguir mis enseñanzas… sino para desordenar silenciosamente todo lo que pensaba firme en mi vida.
Nunca imaginé que el amor llegaría disfrazado de tormenta… ni que mi salvación sería, al mismo tiempo, mi perdición, dejándome con una sola opción: gritarle al viento, al destino, a ella misma: “Niña rebelde, me perteneces”
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Isabella siempre lograba sacarme de quicio. Por eso, al enterarme de que mi hermana había salido con ella y Gabriella, decidí distraerme invitando a Evan y a Jacob a tomar una copa. Nos encontrábamos en mi sala privada, dentro de un bar del cual era socio, cuando el teléfono de Evan sonó. Una llamada de Aria.
Al principio no le di importancia… hasta que escuché el nombre de Isabella en medio de la conversación. Ese simple detalle encendió todas mis alarmas. Traté de mantener la calma, pero mis manos ya se habían cerrado en puños, crispadas sobre la mesa.
—¿Sucede algo? —preguntó Jacob, alzando una ceja, distraído.
Evan dejó escapar un suspiro antes de responder:
—Es Aria. Me acaba de llamar… Isa está teniendo problemas con un tipo.
Sentí la furia subir como pólvora encendida. Bebí de golpe el whisky, tratando de apagar la rabia que me consumía.
—¿Qué? ¿Dónde están? —espeté, intentando disimular la tensión en mi voz.
Evan me sostuvo la mirada.
—Isabella las llevó a unas carreras clandestinas… y ahora se metieron en problemas.
—Maldita sea —murmuré, apretando los dientes ¡Mocosa imprudente! Comenté a mis adentros.
Pero lo que realmente me encendió la sangre fue la actitud indolente de Jacob. Apenas arqueó los labios en una sonrisa irónica.
—¿Isabella en problemas? Vaya sorpresa —dijo con un sarcasmo que me dio ganas de romperle la cara. Por no preocuparse por su hermana.
—No es un chiste, Jacob —lo corté en seco, mi voz retumbando en la sala—. No solo Isa: también Aria y Gabriella están en peligro.
Solo entonces vi cómo el gesto de Jacob cambiaba. Su semblante, antes frío, se contrajo al escuchar el nombre de Gabriella. Se tensó de inmediato, inquieto.
¿Por qué demonios reaccionaba por Gabriella y no por su propia hermana? Esa contradicción me taladró el pecho.
—Tenemos que ir ya —dije levantándome, incapaz de quedarme sentado ni un segundo más.
Evan asintió, decidido.
—Asher tiene razón. Vamos.
Jacob, aunque algo contrariado, acabó poniéndose en pie.
Cuando Aria envió la ubicación, supe exactamente dónde era. Conocía ese sitio demasiado bien: lo había frecuentado en otras épocas, cuando la noche y la velocidad eran mis únicos vicios.
No me gustaba lo que recordaba… y me gustaba aún menos imaginar a Isa, a Aria—mi hermana— allí, en medio de ese infierno de humo, motores y apuestas.
Esa mezcla de furia, miedo y adrenalina nos empujó hacia la oscuridad de Londres, rumbo a esas carreras clandestinas donde nada terminaba bien.
Llegamos y la buscamos entre la multitud, pero habíamos llegado tarde. Isabella ya estaba en la pista, comprometida en una carrera.
Mi corazón se aceleró. Conocía ese mundo: allí no hay intermedios —o sales victorioso, o problemas hasta el fondo—. Jacob, Evan y yo avanzamos entre el humo y las risas nerviosas, empujando cuerpos hasta llegar al borde de la pista.
Isa tenía en los ojos una llama peligrosa, la misma que yo había llevado años atrás: altivez y osadía entrelazadas. Jacob dio un paso adelante, la voz le salió quebrada por la furia.
—¿Qué locura estás haciendo, Isabella? ¿Quieres que mi padre te mate? —le gritó en la cara, sin medir. Quise golpearlo por la brusquedad con la que la sacudió.
Ella lo miró con una calma afilada.
—Jacob, ¿confías en mí? —preguntó, su seguridad era cortante, heló el aire que nos rodeaba.
No pude controlarlo más. Di un paso al frente.
—¿Contra quién vas a competir? —dije, tratando de templar la voz pero sonando autoritario—. Les pago la apuesta y nos vamos.
Isa me cortó, la insolencia en su tono me quemó la piel.
—Tú no te metas, Asher. Son mis asuntos. —Su desafiante “no te metas” me hizo querer dar media vuelta y dejar que aprendiera a golpes.
En ese momento se oyó una voz que conocía demasiado bien: Finn Maddox. Apareció como si la noche le perteneciera.
—Fox… Asher Fox —dijo con esa sonrisa fría que siempre tenía—. ¿Qué te trae a este inframundo que abandonaste para convertirte en un inpecable CEO?
—Finn, eso no es asunto tuyo. —Respondí en un hilo, la sangre hirviendo en las venas.
—Vaya, conoces a esta preciosa joya —dijo señalando a Isabella con delectación.
Mis músculos se tensaron. Él hablaba de ella con propiedad, pretendiendo comprarla con palabras.
—Es parte de la familia, Finn. Una niña indisciplinada que no tiene nada que ofrecerte.
—Te equivocas, Fox —replicó Finn con desprecio—. Esa no es una niña; es una mujer, y esta noche la venceré para proclamarla mía.
Algo en mí estalló. No lo pensé: le lancé un puñetazo que le abrió el labio. Finn se limpió la sangre con la manga, sorprendido por la fuerza de mi reacción.
—Vaya, vaya… la niña sí te importa —dijo con una risa cortada mientras se recomponía.
—Ella es parte de mi familia, Maddox; si te metes con ella te metes con el “diablo Fox”, créeme no querrás pagar las consecuencias,
Jacob, por primera vez sin sarcasmo, preguntó con angustia:
—Isabella, ¿qué mierda apostaste?
Isa alzó la barbilla, sin una pizca de miedo.
—Hermano, aposté un auto. Si gano, el auto es mío. Si pierdo… paso una noche con él.
La rabia me quemó por dentro, algo en mí se rompió. La agarré de los brazos con fuerza, sin medir la violencia de mi gesto.
—Isabella, ¿no entiendes que jugar a ser rebelde puede costarte muy caro? —le dije, la voz rota por la mezcla de ira y miedo.
Ella me clavó la mirada, y por un segundo vi a la niña y a la mujer al mismo tiempo: valiente, orgullosa, peligrosamente decidida.
—Asher —susurró—, yo sé lo que hago. Confíen en mí, por favor.
Era imposible no sentirse partido: su valentía me enorgullecía, pero su temeridad me aterraba. Aquella noche, entre motores y apuestas, la lealtad se mezclaba con la furia y la devoción a una chiquilla se disfrazaba de amor fraternal.
—Asher, sabes mejor que nadie que una carrera pactada no se revierte. Aquí no hay marcha atrás, los resultados se respetan —la voz de Finn retumbó con esa seguridad arrogante que me hervía la sangre.
Lo sabía, y aun así asentí. Mi instinto gritaba que era una locura, pero no podía dar un paso atrás.
—Quiero ver el auto que le diste.
Finn sonrió, complacido, como un depredador que disfruta del juego. Nos llevó hasta el coche y lo inspeccioné con minuciosidad: neumáticos, motor, frenos. No iba a permitir ni la más mínima trampa. Cuando terminé, la decisión ya estaba tomada.
—Correré con ella. Seré su copiloto.
El silencio cayó como un balde de agua helada. Todos los presentes —incluida Isabella— reaccionaron al unísono:
—¿Qué?
Aria fue la primera en romper la tensión.
—¿Estás seguro, Asher?
La miré con firmeza, sin titubeos.
—Lo estoy.
Jacob intervino, con un atisbo de alivio en la voz.
—Asher… gracias por lo que haces por mi hermana.
—Somos familia, ¿no? Eso nos enseñaron nuestros padres. — repiqué. Pero más que un deber, es la única forma en la que podría vivir conmigo mismo.
—No necesito un copiloto —interrumpió Isabella, altiva, con esa mezcla de orgullo y fuego que podía ser su perdición.
—Eso no está en discusión, Isabella —respondió Jacob con dureza—. Él te acompañará, quieras o no.
Yo no añadí nada más. Solo me acerqué al auto, con el corazón latiendo al ritmo de los motores que rugían a nuestro alrededor, sabiendo que esa noche no solo se corría por apuestas… también por algo mucho más grande, Isabella.
La carrera estaba a punto de comenzar. Una vez dentro del auto, ella ajustó el cinturón de seguridad con una serenidad que contrastaba con el rugido de los motores en el exterior.
Era la primera vez que nos encontrábamos a solas después de tanto tiempo… desde aquella noche en la que coincidimos en Dinamarca, cuando Nigel se casó. Fue entonces cuando Isabella me tomó desprevenido: me besó con una audacia que aún me quema la memoria, para después destrozarme con una sola palabra, reduciéndolo todo a que eso fue “NADA”
Aquella palabra, bastó para empujarme lejos. Y yo, con el orgullo destrozado, solo atiné a lanzarle una herida disfrazada de burla diciéndole : que no era más que una niña que no sabía besar.
Han pasado cuatro años desde entonces, y aún no logro descifrar qué demonios significa Isabella Harrison en mi vida… ni por qué, precisamente esta noche, me encuentro sentado a su lado, convertido en su copiloto en medio del infierno.