2. Renacer en la pista

1709 Words
Isabella Harrison La noche huele a gasolina y a desafío. Luces de neón parpadean sobre el asfalto húmedo, reflejando destellos rojos y azules que se mezclan con el humo. Me atrae la velocidad, me hechiza su peligro y, en el fondo, deseo que este vértigo repare las grietas de mi corazón roto. Tal vez me engaño, tal vez todo sea solo un pretexto; no importa. Lo único cierto es que mi alma está herida y prefiero quemar mi dolor en el asfalto antes que dejarlo consumirme en silencio. Por eso esta noche, estoy aquí, con Aria y Gabriella a mi lado, aceptando un reto que parece escrito para alguien más, pero que he decidido convertir en mío. Nunca antes corrí en una calle clandestina, y aun así sé que voy a ganar. En este instante el miedo y la adrenalina se entrelazan en mi sangre, y el rugido de cada motor, cada grito, cada golpe de música, me devuelven poco a poco la vida. Cuando todo está casi listo, veo como de manera abrupta llegan ellos: Jacob, mi hermano; Evan, el prometido de Aria; y Asher Fox, su hermano. Crecimos juntos, nuestras familias son inseparables, pero entre Asher y yo siempre ha existido una guerra silenciosa, tan antigua como inevitable. Pero todo se tornó más intenso años atrás, cuando yo apenas tenía dieciocho años. En aquel tiempo me vi obligada a besarlo—mi primer beso—para distraerlo y proteger a Aria de meterse en problemas. Sin embargo, él, con una frialdad implacable, se limitó a pronunciar: “No sabes besar.” Jamás podré arrancar de mi memoria aquellas palabras crueles, que se incrustaron en mi alma como un filo invisible, dejando una cicatriz que ni los años ni la distancia han logrado atenuar. Desde aquel instante lo sentencié como mi enemigo ; aunque el tiempo haya pasado, siento que esa herida aún arde en lo más profundo de mi orgullo. Pero aquí estaba, metido en asuntos que no le correspondían, aunque no puedo negar que resultó fascinante descubrir que el intachable CEO Asher Fox también tenía un pasado oscuro, conocido entre algunos como “el diablo Fox”. Entre discusiones y miradas desafiantes, Asher insistió en ser mi copiloto. Yo quería demostrar que podía hacerlo sola, pero al final no tuve más opción que ceder. La noche ardía entre adrenalina y expectativa mientras nos acomodábamos en el auto. Ajusté el cinturón y encendí el auto; el rugido del motor se fundía con el latido acelerado de mi corazón. Asher giró el rostro hacia mí, y su voz grave me atravesó como un rayo: —Isabella, si quieres ganar esta carrera, tienes que hacer exactamente lo que yo diga. Aquí no juegas con adrenalina, aquí juegas con tu vida. —No me subestimes —le respondí, con la voz afilada por la determinación—. No soy una novata; Enzo me enseñó algunos trucos.— odie recordar y mencionar a mi “novio traidor” Detestaba admitirlo, pero era la verdad: compartíamos la misma obsesión por la velocidad. Nuestra relación había sido seria, conocida y aceptada por mis padres, un vínculo que ahora estaba roto. Asher inclinó apenas la cabeza y dibujó una sonrisa cargada de desdén, helándome hasta los huesos. —Un piloto de Fórmula 1 puede volar en pistas limpias, pero en las calles rige otra ley. Escúchame con atención si quieres llegar primero a la meta… Lo odié en ese instante por su tono autoritario, pero también supe que tenía razón. La mujer en el centro de la calle, alzó la mano y, con un gesto preciso, dio inicio a la carrera. Hundí el pie en el acelerador y el rugido del motor se desató como una bestia liberada. La ciudad se convirtió en un torbellino de luces y asfalto que devorábamos a toda velocidad. Asher daba indicaciones rápidas, precisas, con la voz firme de alguien que había vivido muchas noches así: —Cambia ahora… —corta la curva… —mantén los frenos… ¡ahora acelera! Yo ejecutaba, y cada instrucción se fusionaba con mi instinto. Mis manos dominaban el volante con la precisión de una cirujana, y mis reflejos volaban más rápido que el miedo. La carrera era un incendio de motores y egos, pero el nuestro ardía más fuerte. El último tramo fue nuestro. Corté la curva cerrada, me sentí dueña absoluta de la calle, y el rugido del motor nos catapultó hacia la línea final. ¡Ganamos.! La multitud estalló en gritos, pero yo apenas escuchaba. El corazón me golpeaba el pecho cuando solté el volante. Sin pensarlo, me lancé hacia Asher, mis brazos rodearon su cuello, y mis piernas su cintura, la adrenalina aún viva en mi piel. Acerqué mis labios a su oído y le susurré, temblando: —Tenías razón… Gracias Él me sostuvo con firmeza, sus manos sosteniéndome . Su voz grave, apenas un murmullo cargado de fuego, me atravesó: —Isabella, entiende esto de una vez… aquí no se juega. Esta será la primera y la última vez que corres así. Al escucharlo, me aparté de sus brazos y la realidad volvió de golpe. Era un imbécil, que no podía comprender la fascinación que acababa de sentir. Aunque me había ayudado y había aprendido algo de él, eso no le daba derecho a intentar controlar mi vida. Finn se acercó a mí con una sonrisa demasiado coqueta para mi gusto, que de inmediato me resultó molesta. —Ten, ganaste, princesa.—dijo mientras me entregaba la llave de su auto.— Tienes talento, y si esto te gusta… búscame, yo puedo… —sus palabras fueron interrumpidas por Asher. —Tú no puedes nada, Finn. Aléjate de ella… te lo digo amablemente. Su voz llevaba una amenaza apenas perceptible, pero lo suficientemente clara. Tomé la llave de mi nuevo auto y, feliz, me acerqué a Jacob ignorando a Asher y Finn. —Te lo dije, hermano, todo estaría bien. —Isa, por favor, no vuelvas a cometer otra locura así. Me aterra pensar que lo hagas sola, sin nadie que te proteja. —Solo si tú te llevas el auto a casa y le dices a papá que es tuyo —le respondí con dulzura, una técnica que siempre me ayudaba a salirme con la mía. Él aceptó sin protestar. Hoy me quedaría a dormir en casa de Aria, mi amiga, mi hermana, ese regalo que la vida me dio. Mientras íbamos hacia su casa, vinieron a mi mente los verdaderos motivos por los que había regresado a Londres. Flashback «Principessa, perdóname… hoy no podré ir a recogerte a la universidad. Me siento fatal, algo me ha afectado el estómago y no quiero salir de casa», decía el mensaje de Enzo, mi ahora prometido. Llevábamos una relación de ocho meses y, aunque muchos podrían considerarlo precipitado, él me había pedido matrimonio hacía apenas un par días, de la manera más romántica posible, justo después de ganar una carrera de Fórmula 1. Fue un momento íntimo, secreto, y aunque nadie aún lo sabía porque estábamos esperando que terminara mis exámenes para viajar a Londres y anunciarles a mis padres que nos casaríamos. Para mí, Enzo representaba la perfección: piloto de Fórmula 1, exitoso, deslumbrante y sorprendentemente amable. Al leer su mensaje, decidí llevarle medicinas y algo de comida saludable. Tenía una llave que él mismo me había confiado. Al llegar, unos sonidos inesperados desde su habitación captaron mi atención. Por un instante, reí nerviosamente, pensando que quizá se trataba de alguna película para adultos. Abrí la puerta y lo que encontré desmoronó mi mundo: Enzo, desnudo, en la cama con su publicista, Chiara. La misma mujer que siempre lo acompañaba en los viajes y compartía la mayor parte de su tiempo con él. Mi corazón se hizo trizas y de mi garganta emergió un grito: —¡Enzo! Su mirada se perdió en un instante de culpa y sorpresa. Se separó de ella y me observó intentando encontrar palabras que explicaran lo inexplicable. Pero yo, incapaz de articular mi dolor, di media vuelta y me alejé sin permitir que una sola lágrima mancharan mis ojos. Caminé por las calles de Milán, desorientada y con el pecho encogido, preguntándome cómo alguien a quien amaba podía traicionarme así. Cada paso resonaba con un vacío ensordecedor. Al llegar a mi departamento, el aire se volvió denso, casi tangible, y mi pena se derramó en un mar de lágrimas silenciosas. Agradecí vivir sola, para no tener que justificar mi desconsuelo ante nadie. Salí finalmente y me refugié en un hotel. Sabía que Enzo intentaría buscarme, pero para entonces ya era demasiado tarde. Lloré, no por él, sino por mí misma: por mi ingenuidad, por haber confiado en quien no merecía mi amor. Mañana rendiría mis últimos exámenes y regresaría a Londres. No quería permanecer en Milán; necesitaba borrar cada recuerdo de Enzo Pirelli de mi vida. Fin del flashback Suspiré al evocar aquel recuerdo. Pensé que la distancia cerraría mis heridas cuando dejé Italia y regresé a Londres. Sin embargo, pronto descubrí que el dolor no se diluye con un cambio de ciudad. Mi padre, mi eterno confidente, aún ignora lo sucedido; no encuentro la valentía para mirarlo a los ojos y confesarle la traición que me desgarró por dentro. He aprendido a convivir con el resentimiento, a llevarlo como una cicatriz invisible que recuerda constantemente en quién no volver a confiar. No detesto a los hombres; lo que aborrezco con vehemencia es la máscara que algunos visten, la hipocresía que disfrazan de amor y la traición que se oculta bajo la apariencia de ternura. Quizá mi dolor no surgió del desamor, sino de mi ingenuidad. Ahora soy una mujer con el corazón quebrado, pero no derrotada. Mi espíritu arde con una determinación indomable, dispuesto a desafiar todas las reglas que se interpongan en mi camino. Esta noche lo comprobé, en medio de esas carreras clandestinas. Solo la adrenalina corriendo por mis venas logró arrancarme, aunque por un instante, de la sombra que un mal amor había dejado. Soy dolor y resistencia a la vez: una fuerza que no se rinde, que se niega a ser prisionera de la traición, que se alza con el rugido del motor para: Renacer en la pista.
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