3. ¿Y tú qué sabes del amor, Asher?

1518 Words
POV Asher Fox Hoy fue el día en que mi hermana Aria unió su vida a la de Evan Olsen, mi gran amigo.. En honor a ellos, la familia entera y unos pocos elegidos viajamos hasta la isla privada de los Olsen: un santuario de arenas tan blancas como el alba y un mar turquesa que parecía contener todos los secretos del paraíso. Fui padrino junto a Isabella, Jacob y Gabriella. Aun así, nada en el mundo pudo distraerme de ella: Isabella, envuelta en un vestido lavanda que se dejaba mecer por la brisa marina, parecía un espejismo, una visión demasiado perfecta para pertenecer a la realidad. Cada movimiento suyo era un diálogo silencioso con la luz del sol. Y, sin embargo, había algo más en su mirada… Un resabio de tristeza, una nostalgia que se escondía tras el fulgor de la fiesta. Esa sombra en sus ojos no solo contradecía la alegría del día, sino que también presagiaba el inicio de una historia que aún no sabíamos que nos pertenecía. Mientras todos reían y celebraban la dicha de los novios, noté que Isabella se alejaba poco a poco del bullicio. Caminaba sola por la orilla, con los zapatos en la mano, dejando huellas lentas y pausadas sobre la arena húmeda. No pude resistirme a seguirla. Me quité los zapatos y avancé tras ella, descalzo, atraído por ese magnetismo inexplicable que ejercía sobre mí. La encontré de pie frente al horizonte, contemplando el atardecer con un aire melancólico, con la mente extraviada entre los tonos dorados del cielo. —Que estés aquí solo puede deberse a dos cosas —dije con una media sonrisa al acercarme—: o tanto romanticismo te empalagó y necesitaste oxígeno, o es un corazón roto que se pregunte cuándo le tocará vivir algo parecido a lo que ahora disfrutan Aria y Evan. Isabella giró la cabeza y me lanzó una mirada entre divertida y desafiante. —Qué observador… aunque te faltó una tercera opción: vine hasta aquí porque necesitaba huir de tus comentarios ridículamente filosóficos. —Vaya, tan venenosa como siempre. —Reí mientras me acomodaba a su lado—. Pero no lo niegues, Isa… todo esto te remueve más de lo que quieres mostrar. Ella arqueó una ceja, con ese gesto que usaba cuando estaba lista para disparar. —¿Y qué quieres? ¿Que me ponga a llorar en la arena? No pienso darle ese espectáculo gratuito al océano. Bastante público tengo contigo. —Tienes razón, el mar podría deprimirse —respondí con ironía—. Pero sabes, detrás de esa lengua afilada, tu mirada grita lo que tu boca calla. —Oh, por favor… —bufó, clavando los ojos en el horizonte—. ¿Ahora también lees miradas? ¿Qué sigue? ¿Me leerás la mano? —Si quieres, pero ya sé lo que diría tu destino: que eres insoportable y encantadora a la vez. Una mezcla extraña lo sé pero interesante. Ella sonrió, apenas, y negó con la cabeza. —Si lo que intentas es animarme, lo estás haciendo fatal. —Dime, Isabella… ¿de verdad ese motivo que te consume tiene el peso suficiente para arrastrarte a esta pena? —pregunté, con la intención de descifrar la raíz de su tormento. Ella bajó la mirada, acariciando distraídamente un puñado de arena entre sus dedos. —Quizá la persona no lo valga… pero mi dignidad, sí. Me incliné hacia ella, con una calma que pretendía aliviar su rebeldía. —Entonces no les des el privilegio de verte rota. Aprende a sonreír, incluso cuando el mundo intente quebrarte. Esa sonrisa puede ser tu victoria. Sus ojos brillaron, desafiantes pero vulnerables al mismo tiempo. —¿Y tú qué sabes del amor, Asher? Para atreverte a dar consejos, dime al menos… ¿alguna vez has amado de verdad? La pregunta atravesó mis defensas, pero no quise esconderme. Había en su voz una súplica oculta, una necesidad de escuchar una verdad distinta a la suya. —Lo hice… sí —respondí, con un suspiro que dejé perder en el viento. Ella apartó la vista hacia el horizonte teñido de colores vibrantes. —Entonces sabrás lo que duele… Me permití un instante de silencio antes de contestar, como si las palabras debieran llegar desde un lugar más allá de mí. —Isabella… el amor, cuando es genuino, no debería doler. Pero también sé que a veces amar significa aceptar que el destino nos pide soltar. No siempre perdemos… a veces simplemente cumplimos el papel que nos correspondía en la historia de alguien. Y en esa despedida, también hay dignidad. Ella permaneció callada, y en ese silencio noté que la dureza de su voz empezaba a suavizarse. Nos sentamos sobre la arena húmeda, dejando que la brisa marina nos envolviera. Por primera vez, parecía que entre ambos existía una tregua, una pausa donde ni ella necesitaba desafiar ni yo protegerme. El sol descendía lentamente, tiñendo el cielo de fuego y nostalgia. Ninguno dijo una palabra más; no hacía falta. El silencio se convirtió en un lenguaje propio, y en ese mutismo compartido descubrimos cierta paz. Cuando la última luz del atardecer se apagó en el horizonte, nos pusimos de pie y emprendimos el regreso hacia la fiesta, como dos cómplices que habían librado una batalla invisible y, al menos por esa noche, hallaban un respiro. El viento sopló con ímpetu, agitando su vestido con un aire indomable. En sus labios se dibujó una sonrisa audaz, y aquella chispa en sus ojos me reveló que, pese al dolor, aún ardía intacta la mujer de fuego que siempre había sido. Ella se adelantó y fue la primera en entrar; yo me quedé afuera, apoyado contra la baranda, fumando un cigarrillo que ni siquiera terminé de disfrutar. Las brasas del tabaco marcaban el ritmo de mis pensamientos: las palabras de Isabella resonaban una y otra vez, y no podía dejar de preguntarme si en verdad amaba a Enzo, o si aquel amor era apenas un incendio que ya se consumía en cenizas. Mientras me perdía en esa maraña, sentí pasos detrás mío. Charles se acercó con la calma retadora de quien ha vivido mucho y aun así conserva una vitalidad inquietante. —Asher, hijo… —dijo con suavidad—. Me sobresalté y di un pequeño salto. —¡Qué susto me diste, Charles! —Tranquilo, no quise perturbar tu paz…—hizo una pausa para continuar — no tendrás un cigarrillo para este viejo… —dijo en broma, aunque la risa se le apagó pronto. A pesar de los años, conservaba un porte atlético; había sido una estrella, un cantante de renombre, y el tiempo apenas había rozado su figura. Con un gesto elegante le tendí el cigarrillo y lo encendí para él. Charles aspiró con calma y, dejando atrás el tono ligero de antes, dejó caer la voz en una gravedad distinta: —Asher, no olvides el favor que te pedí. Cuando regresemos a Londres, le diré a Isabella que realizará sus prácticas contigo. Asentí, conteniendo algo más que cortesía. —No te preocupes, haré los preparativos para que ella sea mi nueva asistente. Pero… ¿has hablado con ella sobre el motivo que la trajo de vuelta? —pregunté, tratando de mantener la neutralidad. El semblante de Charles se endureció. —Sí, Asher. Nigel me ayudó a investigar y, lamentablemente, mi niña está sufriendo una ruptura. Enzo la engañó apenas unos días después de pedirle matrimonio. Mis manos se contrajeron de manera involuntaria hasta hacerse un puño; percibí la sangre pulsar con fuerza en mis sienes. Cada frase de Charles cargaba con la pesadez de la traición y la frustración de quien depositó su confianza y fue traicionado. Murmuró entre dientes palabras impregnadas de desconsuelo y furia reprimida. —Créeme, Asher: si llegara a cruzarme con ese individuo, no vacilaría en ajusticiarlo. Le abrimos las puertas de mi casa; le confiamos nuestro tesoro más preciado, y esta es la ingratitud con la que nos lo devuelve. La frase quedó pesada en el aire, empapada de dolor y desilusión: cada palabra llevaba el pesar de un padre que ve su confianza convertida en afrenta. Quise responder con sensatez. —Dale tiempo, Charles. Con tus años deberías saber que no siempre el primer amor funciona. —Hice un esfuerzo por sonar razonable, pensando que eso aliviaría la tensión. Charles inspiró lentamente, resignándose. —Tienes razón —dijo, apretando la mandíbula—. Ahora me dedicaré a protegerla y a impedir que esto la arrastre hacia algo peor. No permitiré que su impulsividad la condene; ya conoces a Isabella: es imprevisible, un huracán disfrazado de delicadeza, y a veces esa misma tormenta la lanza directo al peligro. En ese instante, una corriente fría me recorrió la espalda, un recordatorio de la chispa de adrenalina que vi en los ojos de Isabella cuando compitió en aquella carrera clandestina. Un escalofrío de culpa se instaló en mi pecho: ¿había sido yo quien le abrió la puerta a ese peligro? ¿O acaso su rebeldía ya la había empujado mucho más lejos de lo que imaginábamos?
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