4. ¿Trabajar con Asher?

1773 Words
POV Isabella Harrison Al regresar de la boda de mi gran amiga, no tuve escapatoria. Apenas cruzamos la puerta de casa, papá me pidió que lo acompañara a su estudio… aquel lugar donde solía componer su música, donde cada rincón parecía guardar fragmentos de su alma. El aire allí dentro, papá se mantuvo de pie unos segundos, con los brazos cruzados y la mirada fija en mí. Su expresión era tan seria que me recorrió un escalofrío por la espalda. —Isa —dijo al fin, con esa voz grave que rara vez usaba—, es momento de hablar. Aquel tono… no era de enojo, sino de algo más profundo. De decepción, de preocupación, de un amor que no sabía por dónde empezar a remendar lo roto. —Está bien, papá —susurré, y me senté en el sofá que estaba frente a él. El silencio se estiró entre nosotros, tan denso que podía oír el tic-tac del reloj en la pared. Él respiró hondo, se pasó una mano por el cabello —ese gesto que hacía siempre antes de abordar un tema difícil— y al fin habló: —Quiero que seas sincera conmigo, Isa. Dime, ¿qué fue exactamente lo que te hizo regresar a Londres? —Su mirada me sostuvo, firme, sin dejar espacio para evasivas—. Y también quiero saber, ¿por qué Enzo no ha estado contigo durante todo este tiempo? Sus preguntas me atravesaron el pecho. Sentí cómo algo dentro de mí se quebraba lentamente. La imagen de Enzo se agolpó en mi mente: su sonrisa, su voz, y el instante en que todo se desplomó. Tragué saliva. Mis dedos jugaron con el anillo que aún llevaba, un reflejo inconsciente de lo que me negaba a soltar. Mi padre no apartaba la vista de mí. Sabía que no bastaría con un “no pasó nada”. Él siempre supo leerme, incluso cuando yo intentaba fingir entereza. Respiré hondo, tratando de encontrar el valor que no tenía. Era momento de hablar, sí… pero también de enfrentar la verdad que tanto había evitado. —Papá… —mi voz se quebró apenas pronuncié la palabra—, necesito que me escuches, sin interrumpirme, ¿sí? Él asintió con un leve gesto, relajando sus músculos faciales. Su expresión ahora era serena, pero sus ojos… sus ojos tenían ese brillo de quien presiente que algo está a punto de doler. —Él me pidió matrimonio —logré decir al fin, con una sonrisa amarga que se deshizo antes de nacer—. Estaba tan ilusionada, tan convencida de que era el inicio de algo hermoso…—dije mientras apretaba el anillo símbolo de aquel fracaso. Tragué saliva, intentando contener el nudo en la garganta—. Pero dos días después… lo encontré en la cama con su publicista. El silencio que siguió fue tan espeso que hasta el sonido del reloj pareció detenerse. Mis palabras se quebraron, y las lágrimas comenzaron a correr sin permiso. Papá se levantó lentamente, se acercó y me tomó la mano. Sus dedos, cálidos y firmes, envolvieron los míos con esa ternura que solo él conocía. Besó mis nudillos y me atrajo hacia su pecho. Allí, en el refugio de sus brazos, rompí por completo. Lloré todo lo que había contenido, todo lo que había fingido no doler. —Mi pequeña niña —murmuró contra mi cabello—. Cuánto lamento que hayas tenido que pasar por eso… por ese imbécil. Su voz, grave y pausada, tenía un temblor de rabia reprimida. —Pero debemos dar gracias de que eso haya pasado ahora, y no cuando ya estuvieras casada. No todo en la vida es blanco o n***o, hija. Hay una escala infinita de colores, y está en ti decidir con cuál mirar lo que viene. —Papá… —logré decir entre sollozos—. Duele… duele tanto… Él me apretó un poco más fuerte, acariciándome el cabello. —Lo sé, mi bebé. Pero eres fuerte. Y aunque ahora no lo veas, ese dolor te hará crecer. Recuerda que después de la tormenta viene la calma. Nos quedamos así largo rato, en un silencio que hablaba más que cualquier palabra. Hasta que, poco a poco, el llanto cedió y mi respiración volvió a encontrar su ritmo. —Gracias, papá —susurré—. Gracias por escucharme, por no juzgarme. —Siempre voy a estar aquí para ti, Isa —respondió con firmeza—. Pero también tienes que volver a tu vida. Terminar tus prácticas, graduarte, seguir adelante. —Lo sé, papá… —respondí con cautela. Él me observó en silencio antes de volver a sentarse en el sofá. Yo lo imité, tomando asiento a su lado, él con los codos apoyados sobre las rodillas y los dedos entrelazados. Aquella postura suya siempre me inquietaba: era el preludio de una conversación de la que no habría escapatoria. —Quería contarte que he pensado en ello y lo mejor…— quise continuar contándole que que he estado considerando irme a Estados Unidos, a la empresa de Nigel. Crecí junto a él, lo considero un primo. Pero no me dejó terminar. Su voz me interrumpió con una determinación que no recordaba haberle escuchado en años. —Sí, hija. Justamente por eso he estado pensando que hagas tus prácticas en la mejor empresa automotriz —dijo, recargando cada palabra con una gravedad que me hizo enderezarme en el sofá—: Mavericks Motors. Un leve alivio me recorrió. Por un instante, creí que hablábamos del mismo lugar. Nigel era el CEO de la sucursal en Estados Unidos; todo tenía sentido. —¡Justo eso pensaba, papá! —exclamé, intentando contener la emoción—. Irme a Estados Unidos y hacerlas junto a Nigel. ¿Quién mejor que él? Pero el gesto de su rostro cambió al instante. Sus ojos se endurecieron, y el alivio que había sentido se desvaneció por completo. —No, Isabella. —Su voz se volvió tajante, casi cortante—. No te irás de Londres. Ya pasaste demasiados años sola, y no pienso permitir que te marches a otro continente. No esta vez. Te quedarás aquí. Mi corazón empezó a latir con fuerza, presintiendo lo que venía. Si no era con Nigel… entonces solo había un nombre posible. —¿Aquí? —pregunté con cautela, la voz apenas un susurro—. ¿Con quién, entonces? Él sostuvo mi mirada con serenidad, pero con esa autoridad implacable que pocas veces usaba conmigo. —Lo harás junto a Asher. Sentí que el suelo se me hundía bajo los pies. —¿Qué? —alcancé a decir, incrédula—. ¿Estás… estás loco, papá? ¡Con ese amargado! —Isabella —su tono cambió, más severo—, te exijo respeto. Asher es mi ahijado, lo vi crecer. Es un ingeniero brillante, además de un diseñador excepcional. No hay mejor mentor que él para ti. Y, por si fuera poco, estarás en casa, bajo nuestro techo, donde tu madre y yo podamos verte cada noche. —Pero papá, yo… —intenté protestar, la voz temblándome—, no quiero trabajar con él. No me niego a seguir mis prácticas, pero con Asher no. Papá se incorporó, cruzó los brazos y me miró con una expresión que no admitía discusión. —Isabella Harrison Clark —dijo con una calma que resultaba más amenazante que un grito—, no te lo estoy preguntando. Es una decisión tomada. Empiezas el lunes. —Papá, por favor… —intenté suplicar, sintiendo que el nudo en mi garganta se hacía insoportable. —Te dije que no —replicó, seco—. Y punto. —Papá, solo escúchame, yo… —¡Basta! —Su voz retumbó en el estudio—. Es eso, Isabella, o atente a las consecuencias. No creas que porque eres mi princesa no puedo imponerte límites. No me hagas enojar, te lo advierto. Era la primera vez que me hablaba así. Su mirada, habitualmente cálida, estaba endurecida por una mezcla de preocupación y autoridad. Me quedé muda, sintiendo que mi respiración se entrecortaba. El silencio que siguió fue devastador. Él desvió la mirada, pasó una mano por el rostro y suspiró. Cuando volvió a hablar, su tono había perdido toda dureza. —Isa… —dijo suavemente—, es por ti. Por cómo estás. No quiero ver que te apagues de a poco. Necesitas estabilidad, cariño. Quiero que sigas adelante, pero no sola. No ahora. No cuando tienes una madre y un padre que te adoran. Bajé la cabeza. Comprendía su razón, pero eso no lo hacía más fácil de aceptar. ¿Trabajar con Asher? No. No después de todo lo que había sucedido entre nosotros, aquel beso torpe y equivocado años atrás, la tensión latente que jamás desapareció. Él no me soporta… y yo, sinceramente, tampoco. No después de la última vez que lo vi, ni del modo en que logró desarmarme con su sola presencia, con esa extraña serenidad que emanaba mientras contemplaba el mar. Ahora sé que lo llaman el “Diablo Fox”, y juro que algo en mí se resiste a descubrir la verdadera razón detrás de ese apodo. Mis alarmas interiores no quieren averiguarlo… aunque una parte de mí, esa rebelde que se siente desafiada por descubrirlo. Tragué saliva, intentando recuperar la calma. —Papá, hay más empresas —dije con voz firme, secándome las lágrimas con el dorso de la mano—. No tengo por qué trabajar con él. Enviaré mis solicitudes a otras compañías. Alguna me aceptará. —Hija —suspiró—, no seas necia. Es la mejor oportunidad que puedes tener. Date una oportunidad de estar con los mejores. —La decisión también es mía, papá —respondí, alzando el mentón con orgullo—. Yo también soy buena en lo que hago, y sé que puedo lograrlo por mi cuenta. Me levanté antes de que pudiera responder. El aire en la habitación pesaba tanto que dolía respirarlo. Caminé hasta la puerta, con el corazón latiendo con furia y los ojos empañados. Justo antes de salir, lo escuché decir en voz baja, casi para sí mismo: —Solo quiero que estés bien, Isa… eso es todo lo que quiero. No respondí. Cerré la puerta tras de mí y me apoyé contra ella, conteniendo el temblor de mis manos. En ese momento supe que no iba a rendirme. No podía hacerlo, ni ahora ni nunca. Esa misma noche, con los ojos aún enrojecidos, abrí mi computadora y comencé a enviar currículums. Alguna empresa tenía que aceptar a Isabella Harrison Clark. Cualquiera, menos la de Asher.
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