POV Isabella Harrison
He pasado toda la semana repartiendo hojas de vida, intentando conseguir un puesto de pasante. Ninguna empresa —ni la más insignificante— se dignó a contactarme. No entendía lo que estaba fallando en el proceso.
La frustración se había apoderado de mí, sobre todo porque mi padre me había dado un ultimátum: si al llegar el viernes no había conseguido una sola plaza para mis prácticas, tendría que ir a Maverick Motors, me guste o no.
Juro que había puesto todo mi empeño, pero nada funcionaba. La ansiedad me estaba consumiendo, y sentí que necesitaba escapar, aunque solo fuera por un instante.
Al no encontrar otra forma de canalizar todo lo que sentía, esa noche decidí regresar al lugar de las carreras clandestinas.
Subí al auto que había ganado, impecablemente afinado y listo para devorar el asfalto, dispuesto a desatar la adrenalina que me hacía sentir viva. Esta vez correria sola, sin compañía, y la soledad no me inquietaba; era parte del riesgo que buscaba y necesitaba.
Al llegar, la música retumbaba, los motores rugían y el aire estaba impregnado de combustible y emoción. Cada paso que daba hacía latir mi corazón con fuerza. La chispa de la competición me recorrió la columna vertebral. Entonces apareció él: Finn, el chico al que le había ganado antes.
—Vaya, vaya… ¿a quién tenemos aquí? La hermosa princesita del diablo Fox —dijo con una sonrisa burlona.
Su comentario me irritó. Más aún al insinuar que yo le pertenecía a Asher.
—No me vengas con ridiculeces —respondí sin titubear—. No le pertenezco a nadie, y mucho menos a él.
Finn arqueó una ceja, divertido.
—Entonces, ¿qué haces aquí sola? ¿Sin tu guardaespaldas vigilando cada movimiento?— refiriéndose a Asher.
—No necesito un guardaespaldas —contesté con voz firme—. Ya soy lo suficientemente mayor para ir a donde quiera.
—Vaya, vaya… entonces, ¿te atreves a arriesgarte en una carrera más esta noche? Podríamos ganar algo de dinero… en esta ocasión no correrías contra mí, pero yo apostaría por ti —dijo, con un tono cargado de desafío
Sus palabras no me intimidaban; me encendían. Sentí cómo la sangre me hervía y cada vena parecía latir más rápido.
—Si no te da miedo que gane… pues claro que sí —respondí, con una sonrisa desafiante, segura de mi misma.
En los labios de Finn se formó una sonrisa.
—Me encanta tu actitud. Pero antes de nada, quiero aclarar que no te obligo a nada. No quiero problemas con el diablo Fox.
—No tendrás problemas —respondí con firmeza—. Él no significa nada para mí.
—Está bien —dijo, esbozando una sonrisa—. Ven, te presentaré al resto del grupo.
Allí, entre el humo de los tubos de escape y el bullicio del lugar, todos bebían y reían. Yo permanecía al margen, observando. Entre carcajadas y murmullos, varias mujeres hablaban de la leyenda clandestina: “el Diablo Fox”. Susurraban sobre su aura imponente, sus rasgos viriles, esa combinación peligrosa de atractivo y dominio que hacía que los hombres lo temieran y las mujeres lo desearan. Un escalofrío recorrió mi espalda al escucharlo. Me pregunté, con cierta intriga y miedo: ¿Sería realmente así, Asher Fox?
Entonces llegó mi momento. La primera carrera estalló con un rugido atronador de motores que hizo vibrar el suelo bajo mis pies. Cada curva, cada acelerón, se sentía como una extensión de mi propio cuerpo; el auto y yo nos movíamos en perfecta sincronía, fusionados en un solo latido de velocidad y adrenalina. Al cruzar la meta, una euforia salvaje me recorrió, electrizando cada fibra de mi ser. Gané la primera carrera. Finn me observó, boquiabierto, con una mezcla de incredulidad y respeto en la mirada.
La segunda carrera fue aún más intensa. El viento azotaba mi rostro mientras cada cambio de marcha me inyectaba una descarga de adrenalina pura. Una vez más, crucé la meta antes que cualquier otro, con la sensación de poder recorriéndome de pies a cabeza. La victoria era mía, pero no solo eso: Finn había apostado a mi favor, y su sonrisa delataba que también él se beneficiaría enormemente si ganaba. Su frustración inicial se transformó en tensión mezclada con anticipación, consciente de que cada segundo y cada curva ahora jugaban en favor de ambos.
Solo faltaba la tercera carrera. La más peligrosa, la que me definiría como la campeona de la noche. Sentí un cosquilleo de anticipación mientras ajustaba mi mirada en el camino. Pero justo cuando el motor rugió y me disponía a arrancar… se escucharon sirenas. Luces azules y rojas comenzaron a iluminar el lugar.
El pánico se apoderó de todos. Los corredores comenzaron a dispersarse; Finn desapareció entre la multitud. Yo intenté moverme, esquivar, escapar… pero en mi desesperación, no calculé bien la curva y choqué contra una barrera.
El corazón me latía a mil por hora. La policía llegó rápidamente y me rodeó. Intenté explicarme, pero la realidad me golpeó con fuerza: estaba atrapada. La adrenalina se convirtió en terror. Sabía que mi padre, al enterarse, no sería indulgente. Esta vez no se trataba de carreras ni apuestas… los problemas serían graves.
Me senté en el auto, con un pequeño gorpe en la frente, acorralada, mientras los oficiales me rodeaban. El eco de mis decisiones —la rebeldía, la necesidad de escapar, el desafío— me alcanzaba ahora con todo su peso.
Y por primera vez en toda mi vida, me sentí completamente sola y vulnerable.
Me llevaron a la comisaría. Intenté mantener la compostura, pero no pude; el miedo y la incertidumbre me dominaron. Me concedieron una llamada, y en medio del temblor que recorría mi cuerpo, un nombre cruzó mi mente: el único en quien podría confiar plenamente, el único que no podía fallarme… o al menos eso esperaba.
POV Asher Fox
Eran las tres de la mañana cuando mi celular comenzó a vibrar. No era de los que contestaba llamadas a esas horas, ni mucho menos dejaba el teléfono encendido, pero algo en mi interior me impulsó a atenderlo.
En la pantalla apareció un número desconocido. Lo tomé y contesté:
—Hola…
Del otro lado, la voz de Isabella, entre sollozos, me atravesó el pecho. Podría reconocerla a kilómetros de distancia, pero no lo negaba: sentí un escalofrío de preocupación. ¿Por qué me llamaba desde un número desconocido? ¿Y por qué lloraba? Traté de calmar mis nervios y pregunté, intentando mantener la voz firme:
—Isabella… ¿qué sucede? ¿Por qué me llamas a estas horas?
—Asher… ayúdame, por favor… estoy en la comisaría —susurró, con la voz quebrada.
La palabra “comisaría” hizo que mil ideas atravesaran mi mente en un instante. Solo una era la más probable: Isabella había desobedecido de nuevo, se había dejado llevar por la adrenalina de las carreras clandestinas. Lo había previsto; lo sabía. Los jóvenes inexpertos, impulsivos… así terminaban.
A pesar del miedo, escucharla con vida me dio un ligero alivio; no estaba en un hospital, ni herida de gravedad. Tomé aire, tratando de dominar la urgencia que me quemaba las venas:
—Dime… ¿en qué comisaría estás ahora? Voy para allá de inmediato.
Ella me contó sobre su accidente, y un escalofrío me recorrió. El reloj marcaba las tres y media de la madrugada cuando subí a mi auto, con el rostro tenso y la mandíbula apretada. El teléfono seguía caliente en mi mano, la llamada de Isabella resonando como un aviso urgente que no podía ignorar. Jamás podría hacerlo.
Mientras aceleraba por las calles desiertas, mis pensamientos giraban en un torbellino implacable:
«Otra vez… se dejó cegar por la velocidad, por la adrenalina… si no la detengo ahora, terminará perdiéndose a sí misma.»
La imagen de su auto chocando se grababa en mi mente, y apreté el volante con tal fuerza que los nudillos me dolieron. Podría haberle pasado algo grave.
¡No.! ¡Eso no podía ni imaginarlo.!
—Tranquila, Isabella… respira —susurré con voz grave, casi entre dientes—. Ojalá mis palabras pudieran llegar hasta ti, calmar tu miedo a través de mis pensamientos.
El motor rugía bajo mí, un recordatorio del peligro que nos rodeaba a ambos, mientras cada semáforo vacío se convertía en una carrera contra el tiempo. Mi deber era frenarla, protegerla, aunque eso significara enfrentar su rebeldía y su propia naturaleza impulsiva.
Llegué a la comisaría con una mezcla de furia contenida y preocupación latente. El oficial que me recibió mantuvo una postura impecable y profesional, pero ni su autoridad ni la espera pudieron aliviar el nudo que me comprimía el pecho.
—Señor Fox —dijo el oficial, esforzándose por mantener la compostura ante mí—, la señorita Harrison está a salvo, pero hubo un accidente. Intentó huir durante una redada en una carrera clandestina. Está detenida… y necesitará un abogado. Usted entiende lo delicado del asunto.
—Necesito verla —respondí, con la voz tan firme que no admitía réplica.
El oficial asintió y me condujo por el pasillo estrecho hasta su celda. No necesité más explicaciones. Crucé el lugar con paso decidido, ocultando la furia que nacía en mi, bajo la superficie de mi autocontrol. Cada mirada se apartaba a mi paso, reconocían el peso del apellido Fox, pero en ese momento no era el CEO, ni el hombre de poder… era alguien que llegaba con el corazón en un puño.
En una diminuta celda, fría y silenciosa, estaba ella: Isabella.
Sentada en el banco frío, con la ropa arrugada, los ojos enrojecidos y el rostro pálido. Tenía las manos entrelazadas, temblorosas, y una mezcla de miedo y vergüenza la envolvía. Por un instante, el tiempo se detuvo. Mi respiración se volvió pesada al verla tan vulnerable, tan rota… y aun así, con esa chispa indomable que la hacía ser ella.
—Isabella… —murmuré su nombre con voz grave, cargada de enojo ocultando el alivio que me generaba verla viva—. ¿Qué demonios hiciste?
—Asher… —susurró, y su voz temblaba—. Lo siento…
—Shh —la interrumpí, caminando hacia ella con calma tensa—. No digas nada. Solo respira. Estoy aquí. —Mi voz era firme, autoritaria, pero un hilo de vulnerabilidad la atravesaba.
Su mirada buscó la mía, confundida,atemorizada. La adrenalina todavía brillaba en sus ojos, y no pude evitar un pensamiento interno que me golpeó como un martillo: «Esto puede volverse un hábito… tengo que frenarla antes de que se destruya sola.»
—Isabella —dije, tomando su rostro entre mis manos, con la fuerza suficiente para que me mirara sin quebrarse—. No puedes seguir así. No solo estás arriesgando tu vida… también estás jugando con algo que te puede atrapar para siempre.
—Pero… —intentó protestar, la voz temblorosa—. Solo quería… sentir…
—Lo sé —la interrumpí, con un tono firme que apenas disimulaba la tensión contenida—. Lo sé, Isabella. Pero esa sensación que persigues, esa adrenalina que crees libertad… no vale nada si termina dejándote en un hospital, o peor, tras las rejas. —Hice una pausa, intentando dominar el impulso de alzar la voz—. A veces protegerte significa poner límites, incluso cuando los rechazas.
Solté un suspiro largo, el peso de mis propias palabras cayendo sobre mí. Luego añadí, con voz más serena, casi en un murmullo reflexivo:
—No quiero verte destruir lo que aún puedes salvar… ni permitir que la velocidad te robe lo que eres.
Ella bajó la mirada, mordiendo el labio inferior con un temblor casi imperceptible. En ese gesto había vergüenza, rebeldía y miedo. Sentí cómo mi corazón se encogía, pero no podía ceder; a veces tenía que ser cruel. Sabía que odiaría mis palabras, pero eran necesarias.
—Asher… ¿vas a ayudarme a salir de aquí sin que mis padres se enteren? —preguntó en un hilo de voz, cargado de súplica y orgullo mezclados.
La observé en silencio por unos segundos. Luego respondí con la frialdad de quien sabe exactamente lo que hace:
—Sí, Isabella. Te sacaré de aquí. Pagaré tu fianza… pero a cambio, firmarás un contrato. Uno en blanco. —Mis palabras fueron medidas, precisas—. Será mi garantía de que asumirás las consecuencias de esta noche.
Ella me miró con incredulidad, el brillo de la indignación cruzando sus ojos.
—¿Un contrato? ¿No crees que eso es un abuso? —replicó, intentando mantener la compostura.
Esbocé una media sonrisa, esa que más de un rival había aprendido a temer.
—No lo creo, Isabella. Es justicia. O prefieres que tu padre descubra lo que hace su pequeña princesa cuando cae la noche.
Su respiración se agitó, y por un instante, la vi debatirse entre la ira y la humillación.
—Por un momento pensé que de verdad querías ayudarme… sin esperar nada a cambio —murmuró, herida pero desafiante—. Pero está bien. Firmaré. Así no te deberé ningún favor.
Su ingenuidad me golpeó con una punzada amarga. Si tan solo supiera lo que realmente implicaba ese contrato… que en el fondo, estaba sellando un pacto con el mismísimo diablo. Con el Diablo Fox.