Me levanté muy temprano, aún con el cuerpo cansado por tantas noches sin dormir. Apenas entró la luz por el ventanal cuando la puerta se abrió sin aviso. La señora Amelia, la tía del Sultán, hizo su entrada como una ráfaga de perfume fuerte y voz firme. —Levántate, Alessia —dijo sin rodeos—. Este sábado habrá una celebración importante en palacio. Necesitas prepararte. Me incorporé lentamente, con el cabello aún suelto y los ojos hinchados. —No quiero ir —murmuré. Amelia me observó con una mezcla de paciencia y severidad. —No se trata de lo que quieras, muchacha. Eres la Sultana. El pueblo y los Pashas deben verte como tal. —No soy un adorno —repliqué. —Precisamente por eso debes comportarte como si lo fueras —me cortó ella con elegancia, acercándose hasta quedar frente a mí—. Escuc

