¿Quién eres tú?
1962. Marzo.
–Es una princesa malcriada.
–¡No hables tan fuerte, te oirá alguien!
–¿Quién? A esta hora de la mañana.
–En esta mansión, todas las paredes tienen oídos.
Daniela esbozó una sonrisa irónica y amarga, acercó la silla de ruedas lentamente para no hacer ruido. Se detuvo antes de llegar a la puerta que estaba mal cerrada. Escuchó el murmullo de las sirvientas con una mirada oscura que, al mismo tiempo, parecía arder.
–El otro día amenazó con despedirme porque estaba tarareando una canción.
–¿Por qué odia tanto la música?
–¿No lo sabes? Era bailarina.
–¿La señorita? –preguntó una voz incrédula. La muchacha que escuchaba a escondidas se mordió los labios y no movió un solo músculo. Sus ojos parecían capaces de incendiar la puerta.
–No siempre estuvo paralítica. Tuvo un accidente, hace unos años.
–Oh.
Un silencio pensativo se instaló en el cuarto. Daniela no podía verlas, pero escuchaba el murmullo de las telas mojadas y el gruñido apenas perceptible de los lavarropas. Se aferró a los aros metálicos de la silla de ruedas con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron grises.
–Me daría lástima si no fuera tan amargada y exigente.
–¿Qué quieres? Su padre está a punto de…
–¡No digas eso!
–…morirse, no tiene más familia y no puede valerse por sí misma porque sus piernas no funcionan. ¿Cómo no estar amargada?
–Pero tiene una fortuna. Si el señor se muere, ella…
–¿Qué quieres que haga con esa fortuna? Está sola en el mundo.
–De todas formas no me da lástima. Se desquita con nosotros. No estaría tan sola si no fuera una princesita malcriada…
La muchacha empujó la puerta y las voces se detuvieron como si las hubieran cortado con cuchillo. Observó con satisfacción cómo las tres mujeres se sobresaltaban y buscaban algo que decir, sin saber qué hacer. Sus rostros estaban pálidos y en sus ojos había miedo.
–Señorita…
–¿Quién dijo que soy una princesa malcriada? –preguntó, avanzando lentamente hacia ellas.
Las tres empalidecieron un poco más y dos de ellas miraron al piso para no delatar a nadie. La tercera escondió una mueca de angustia.
–¿Fuiste tú? –preguntó Daniela, mirándola sin interés, con una tranquilidad que estaba llena de odio, pero no de ira. La joven asintió, despacio, con los ojos húmedos–. Dilo de nuevo.
Miró a su jefa, abrió la boca con una expresión desesperada y solo consiguió emitir un balbuceo torpe.
–Perdóneme… Dije una tontería… Lo siento mucho, de verdad…
–¿Te pedí que te disculpes? –preguntó, con un tono firme y palabras rápidas. Su voz las congeló a las tres, enfrió el aire del lavadero, hizo que el silencio se profundizara–. Te pedí que lo dijeras una vez más.
–Yo… –dijo, al borde del llanto.
–¡Mírame a los ojos y repítelo a menos que quieras que te despida! –gritó, sobresaltándolas a las tres, haciendo vibrar las paredes y despertando a toda la mansión.
–Dije… –comenzó, con la voz quebrada y las manos temblorosas. Se detuvo, incapaz de sostener los ojos oscuros que se clavaban en ella–. Dije…
–¡Mírame!
Obedeció, con los dientes apretados y el rostro contraído en una mueca de angustia y rabia.
–Dije que es una princesa malcriada –repitió, tan de prisa como si temiera arrepentirse, mientras intentaba no llorar.
Daniela esbozó una sonrisa irónica, tan fría que la joven desvió los ojos otra vez, y luego asintió con la cabeza.
–Tienes que insultar a las personas mientras te están escuchando. De otra forma, no es un insulto. Es un balbuceo cobarde –dijo, y solo dejó de sonreír cuando clavó los ojos en las otras dos mujeres–. ¿Y cuál de ustedes dijo que estoy sola?
Una de ellas alzó el rostro, sorprendida.
–Lo siento, solo intentaba defenderla…
–Vete –dijo, con frialdad desinteresada, mientras comenzaba a girar la silla de ruedas–. Te haré llegar una indemnización.
–¿Yo? –preguntó, sin comprender, mientras sus ojos también se humedecían. Se dejó caer sobre sus rodillas y frotó las manos, suplicante–. Por favor, perdóneme esta vez…
–Vete antes de que decida echarte sin un peso –interrumpió, dándole la espalda y saliendo del lavadero.
Ni bien comenzaba a avanzar por el pasillo, el ama de llaves bloqueó el paso de la silla de ruedas y la observó con esa mirada que le dirigía siempre. Reproche, paciencia, compasión. Daniela no estaba de humor para ver esa mirada, así que apretó los dientes y desvió los ojos.
–¿Qué? –dijo, de mala gana.
–¿Es necesario despedirla? –preguntó Elena, como si intentara razonar y tener paciencia a una niña caprichosa.
Daniela la miró y sus ojos brillaron con odio. No soy estúpida. No soy una princesita mimada, ni una niña caprichosa. Y aquella mujer, que la observaba como si tuviera el derecho de reprocharle cosas, no era su madre.
–Si la despedí, es porque era necesario despedirla –dijo, entre dientes, e intentó esquivar al ama de llaves.
Pero la silla se atoró y la muchacha comenzó a pelearse con el aro para mover las ruedas. La frustración se convirtió en un haz de fuego en su estómago. Empujó el maldito aparato con tanta fuerza que toda la silla comenzó a sacudirse.
–Déjame ver…
Empujó la mano que intentaba ayudar, fulminó a la mujer con dos llamas oscuras de odio.
–¡No me toques! –chilló–. No pedí tu ayuda. ¡No quiero la lástima de nadie!
Consiguió mover la silla antes de que sus ojos se humedecieran y atravesó la mansión hacia la puerta principal. Ni siquiera se detuvo cuando el sol la recibió y la obligó a entornar los ojos; atravesó el camino asfaltado del jardín, le hizo una seña al jardinero para que abriera el portón enrejado y salió descargando toda su furia en las ruedas de la silla.
“Su padre está a punto de morirse”. “Era bailarina”. “Está sola en el mundo”. ¿Qué sabían ellas? Si nunca habían golpeado sus piernas hasta hacerse moretones, si nunca habían sentido tanta angustia como para asfixiarse y tanto dolor como para querer morirse. Si nunca habían experimentado la sensación de estar completamente encerrada en una casa, en un cuerpo, dependiendo siempre de alguien más.
Estaba tan frustrada que no se le ocurrió pensar que alguien podía estar siguiéndola. La gente la miraba y se apartaba de su camino mientras ella continuaba empujando la silla de ruedas a una velocidad peligrosa. Los odiaba. Las odiaba. Odiaba a cada organismo vivo del mundo, pero, más que a nadie, se odiaba a sí misma.
“Una princesita mimada”. ¿Ella? ¿Cuándo alguien le había hecho una caricia en la cabeza, cuándo la habían abrazado, cuándo le habían dicho que todo estaba bien? ¿No era eso lo que significaba “mimar”? A Daniela no la habían mimado nunca.
Se detuvo en una esquina, jadeando por el esfuerzo, y miró a su alrededor. No había mucha gente, porque el barrio estaba lejos de la ciudad, pero aun así pasaban personas. Conversaban y reían. Caminaban sobre sus dos piernas, tenían sueños, esperanzas, una familia o amigos. Paseaban.
La muchacha se concentró en los autos que, cada algunos segundos, pasaban frente a ella. En su mayoría negros, como carrozas fúnebres, y de la década anterior. Los autos nuevos tardaban en llegar al país. Daniela sabía mucho de coches. Después de todo, era un coche el que le había robado las piernas.
Debería haberme matado. Debería arrebatármelo todo de una sola vez. Los miró pasar, con los ojos oscuros entornados, vacíos.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había hecho el intento y se había levantado de la silla? Había dado dos pasos, tal vez tres, y se había dado de bruces con el suelo. Las palabras del doctor habían resonado en su cabeza (“no volverá a bailar”).
Podía intentarlo de nuevo. Una última vez. Si conseguía dar tres pasos hacia la calle y arrojarse delante de uno de esos autos viejos, ¿no sería una muerte poética? Caminaré por primera y última vez. Moriré como debería haber muerto en un principio.
Esbozó una sonrisa amarga, triste, irónica. Deseó con todas sus fuerzas que hubiera alguien allí para decirle que no. Alguien que la abrazara, alguien que quisiera detener su muerte. No seas tonta, se dijo. No hay nadie.
Con un dolor muy hondo en la mitad del pecho, se sujetó a la silla y se impulsó para levantarse. Apenas sentía las piernas. Eran dos elementos torpes que cosquilleaban y no tenían fuerzas para sostener a nadie. Y, aun así, tal vez porque sabían que era la última vez, aguantaron. Temblaron como dos trozos de gelatina, sin equilibrio, pero no la arrojaron al suelo.
Daniela dio un paso hacia delante, viendo solo de reojo el coche que avanzaba a toda velocidad. Dio otro paso y estuvo a punto de caerse; se forzó a dar un paso más, esbozó una sonrisa triste y escuchó la bocina asustada que intentaba advertirle. El auto intentó frenar, pero iba demasiado rápido y ya era tarde.
Daniela luchó por sostenerse en pie un segundo más, cerró los ojos. Y esperó el impacto que quebrara su cadera, la arrojara al suelo y rompiera su cráneo en dos. Lo esperó con un anhelo asfixiante y una tristeza infinita.
Pero el golpe llegó desde atrás. Algo la arrastró con la potencia de una ola y la empujó hacia el otro lado de la calle.
El auto pasó con un susurro veloz y una bocina enfadada, pero ella apenas fue consciente de lo que sucedía. Su cuerpo rodó un par de veces antes de estabilizarse, y el dolor del impacto le arrancó una mueca. A su alrededor, la gente que había visto la escena comenzó a taparse la boca y murmurar.
El sol la cegaba. Escuchó los pasos que se acercaban a ella, pero no vio más que una sombra a contraluz. Y, aun así, sintió un escalofrío mientras aquel hombre la observaba. Una advertencia en todo el cuerpo. Una sensación de peligro, un frío hostil.
Se agachó junto a ella y, sin una palabra, pasó un brazo por debajo de sus piernas. Mientras el otro brazo rodeaba su espalda, Daniela abrió la boca para protestar. Pero cuando él la alzó, con la facilidad de un cuerpo fuerte, la combinación de dolor, imágenes y luces la mareó por un instante.
La altura le dio vértigo y se aferró, sin darse, cuenta a su camisa. El sol cambió de ángulo y pudo ver su rostro junto al halo de luz. Los músculos de la mandíbula en tensión, el hilo de sangre que descendía de su cabello oscuro y atravesaba su sien, los ojos que se clavaban en ella.
Sintió la calidez de un cuerpo firme detrás de la camisa a la que se aferraba y, sin saber por qué, se sintió inhibida. Sus ojos verdes eran como una selva oscura. Tormentosa. Helada.
–Bájame –dijo, después de unos segundos.
Detrás de ellos, los autos continuaban pasando y la silla de ruedas aguardaba, vacía, del otro lado de la calle. El hombre dejó de mirarla y Daniela sintió que los brazos la sujetaban con más fuerza, de una forma fría y hostil. No la dejó sobre la silla. Continuó caminando por la vereda mientras la gente perdía interés.
–¿Qué haces? –preguntó, fulminándolo con los ojos–. Bájame. ¡Bájame!
Intentó empujar su pecho, pero él dejó de caminar, sujetó su mano y volvió a mirarla a los ojos. Esbozó una sonrisa helada y Daniela dejó de moverse, mientras la recorría la sensación extraña de que estaba en peligro.
–Si haces un berrinche, te bajaré aquí –susurró–. Y tendrás que arrastrarte hacia la silla de ruedas.
Dejó que su sonrisa falsa se marchitara en su boca y la acomodó en sus brazos, sobresaltándola, antes de desviar los ojos y volver a caminar.
–¿Por qué haces esto? –preguntó, entre asustada y furiosa–. No te conozco.
–No me recuerdas –corrigió, sin mirarla.
–¿Quién eres?
Ladeó una sonrisa que no llegó a sus ojos y se detuvo cuando la mansión apareció frente a ellos. Observó el portón con una mirada extraña.
–Ya tendremos tiempo para ponernos al día –murmuró.
Y todo rastro de sonrisa desapareció de su expresión para dejar paso a una sombra helada.