Observó las paredes de ladrillo, las enredaderas oscuras y desordenadas, el halo sombrío de la mansión. ¿Cuánto tiempo había pasado sin poner un pie en aquella casa? ¿Casi veinte años? Clavó los ojos en la ventana del ático y sus recuerdos amenazaron con volver. Pero una mano empujó su pecho. Los dedos que lo tocaban con torpeza lo obligaron a regresar, acallaron los murmullos de su memoria.
Bajó los ojos hacia ella. Su mirada se había endurecido y detrás de la oscuridad con la que lo observaba había una rabia permanente. Un desprecio constante hacia el mundo. Es igual a él, pensó, tensando la mandíbula. Igual a su padre. El mismo odio en los ojos oscuros, la misma determinación, la arrogancia y el desdén.
–No puedes entrar a la casa de alguien más, así como…
Ajustó sus manos, la acomodó contra su pecho para recordarle que podía dejarla caer y consiguió que se callara. Atravesó el portón abierto y el camino que llevaba hacia la entrada principal, mientras ella se aferraba una vez más a su camisa.
El contacto de sus dedos en el pecho lo ponía nervioso. Le producía rechazo, un malestar que nacía en la boca de su estómago y subía como una raíz hacia su garganta.
Atravesó la puerta de entrada y los sirvientes que estaban trabajando alrededor se detuvieron para mirar la escena. Pasó el vestíbulo en penumbras y se detuvo un instante en la sala de estar.
En ese tipo de mansiones, el tiempo parece detenido. No había cambiado nada, absolutamente nada, en los últimos veinte años. El aire, tal vez. Parecía un poco más viciado, más viejo. Pero las paredes aun estaban revestidas en caoba, el suelo de mármol recubierto por una alfombra marrón, los mismos sofás frente a la misma chimenea, los escalones anchos que subían al primer piso.
No, había algo nuevo. Un ascensor. Contuvo una mueca irónica y se acercó al sofá; la sentó con cuidado, ella tardó un instante en soltar su camisa. Enzo se giró ligeramente cuando unos pasos se acercaron por detrás.
–Señor, ¿quién…? –comenzó a interrogar un muchacho, tal vez el que limpiaba los pisos o encargado de lavar los platos.
–Envía a alguien para buscar la silla –ordenó, con tanta seguridad que el criado olvidó su propia pregunta–. Está a dos cuadras, en la esquina.
–S…sí –dijo, inclinando la cabeza antes de ponerse en marcha.
Enzo ignoró los ojos oscuros, casi negros, que se clavaban en él con incredulidad, y comenzó a caminar por la sala. Quería recordar las cosas, quería ver lo que pudiera haber cambiado, pero, sobre todo, quería demostrarle a esa princesa (y a sí mismo) que podía caminar por ese suelo como si fuera suyo.
Porque era suyo.
–¿No te vas? –preguntó. Aun si no estaba mirándola, podía sentir el odio de sus ojos clavado en la piel–. Antes de que llame a la policía.
Esbozó una sonrisa ladeada, irónica, y se giró para hacia ella. Dio un paso lento. La muchacha observó sus pies. Cuando dio otro paso, Daniela se inclinó inconscientemente hacia atrás.
¿Le tenía miedo? Enzo marcó un poco más su sonrisa y siguió acercándose. No le había hecho daño. Incluso le había salvado la vida. ¿Cómo sabía aquella muchacha que debía tenerle miedo? Eres suspicaz. Igual que tu padre.
–¿Cómo llamarás a la policía? –preguntó, deteniéndose frente a ella, tan cerca que sus piernas se tocaron.
Se inclinó lentamente hacia delante y, mientras ella se movía hacia atrás, apoyó las dos manos en el respaldo del sofá, una a cada lado de su cabeza. Lo miró a los ojos, atrapada entre sus brazos. Había miedo en las pupilas que se clavaban en él, pero el desprecio era más fuerte. Su mirada estaba llena de determinación, como si quisiera desafiarlo. Una princesita orgullosa, pensó, con desdén. No se parecen en eso.
–¿Quieres probarme? –murmuró, con un tono helado.
–Te has convertido en una mujer valiente –dijo, con un hilo de voz, mientras acercaba el dorso de una mano a su mejilla. La muchacha giró el rostro para evadir el contacto, pero Enzo acercó un poco más los dedos hasta que rozó su piel–. Y muy hermosa.
Dijo sus palabras son desprecio y la tocó con una caricia amenazante. Era realmente hermosa. Como una flor de hielo, frágil, llena de espinas, tan fría que podía congelar. Enzo odiaba esa belleza. Sentía deseos de tocar la flor, apretarla y romperla en trozos pequeños.
–¿Quién es usted? –preguntó una voz indignada desde las escaleras. Alejó su mano de la joven, soltó un suspiro y alzó el rostro hacia la mujer que bajaba de prisa–. Si no se va ya mismo, llamaré a la…
Enzo se irguió, despacio, y ella se detuvo en seco antes de alcanzarlos. El ama de llaves se llevó las dos manos a la boca, de pronto, y palideció. No dijo nada más.
–Todavía me reconoce –dijo él, con una sonrisa amarga.
–¿Quién es? –preguntó la muchacha, con un tono frío y enfadado, desviando los ojos hacia Elena–. ¿Quién diablos es para meterse así en mi casa?
–El… El señor… –balbuceó la mujer, atragantada por la sorpresa.
Enzo paseó los ojos por las paredes, todavía sonriendo.
–No creo que esta sea tu casa –dijo, y sintió el pinchazo de la mirada que lo atravesaba con odio.
–¡¿Quién diablos eres tú?!
La miró y la frustración enfadada de su rostro lo hizo sonreír un poco más. Parecía lista para arrojarse sobre él y morderle el cuello. Y, sin embargo, no podía arrojarse sobre nadie. Eres solo una mirada amenazante y mucho ruido.
–Tu hermano –dijo, estudiando su expresión–. Legalmente, al menos.
Había imaginado muchas veces ese día. El día en que volvería a pisar aquella mansión, en que entraría orgullosamente por la puerta. El día en que volvería para destruirlo todo. Pero, aun así, se sentía extraño decirlo en voz alta por primera vez. Pronunciar las palabras que había planeado mucho tiempo.
Daniela sonrió y su sonrisa, rápidamente, se convirtió en una risa irónica. Lejos de iluminarse, su rostro se oscureció aún más.
–¿Tengo un hermano? Un hermano desconocido y misterioso que llega para reclamar la herencia cuando papá se está muriendo… Suena bien. Como el principio de una novela.
Enzo correspondió a su sonrisa y la miró fijamente, sin decir nada. El silencio se extendió entre ellos por un rato, mientras parecían desafiarse con los ojos. Fue el primero en apartar la mirada. Observó al ama de llaves, que seguía tiesa como quien ha visto hablar a un muerto.
–Ponla al día –le dijo, con frialdad. Aquel rostro le traía recuerdos desagradables–. ¿Dónde está el viejo?
–En su habitación…
La muchacha miró con incredulidad rabiosa a su sirvienta, pero Enzo no se quedó a escuchar la discusión. Subió las escaleras. Con cada escalón, los sonidos se diluían un poco más en su mente y su rostro se cargaba con sombras más oscuras.
Atravesó el pasillo sin mirar el empapelado de las paredes, sin mirar las puertas ni el piso de mármol. Todo eso también estaba igual. Se detuvo frente la habitación que le importaba y, por un instante, dudó. Alzó la mano para tocar la puerta, la mantuvo suspendida en el aire durante un momento, y luego comenzó a bajarla sin haber hecho un solo ruido.
Giró el picaporte con brusquedad, sin aviso. Entró en la habitación. Allí tampoco había cambiado el empapelado de las paredes, ni la penumbra asfixiante, ni siquiera las sábanas verdes que recordaba de su infancia. Pero había dos cosas distintas. El respirador, un aparato enorme junto a la cabecera de la cama. Y el hombre, apenas reconocible.
Se acercó despacio al cuerpo dormido, no muy consciente de lo que estaba haciendo. Aquello también lo había imaginado muchas veces; se volverían a encontrar y él ya no sería un niño, sino un hombre. Imaginó que dos hombres se encontraban y que habría un equilibrio de poder, una guerra justa, incluso si sabía que él estaba enfermo. Pero no había imaginado que ya no fuera un hombre. El cuerpo que estaba frente a él era el cuerpo gastado y esquelético de un anciano consumido por la enfermedad.
Su odio, lejos de disminuir, aumentó hasta quemarle la garganta. Se acercó a la cabecera, clavó los ojos en él como si así pudiera despertarlo.
–No puedes morirte todavía –dijo, entre dientes–. No hasta que yo termine de destruir todo lo que te queda.
Los ojos del hombre se movieron por debajo de los párpados.
–¿Te acuerdas de mí? –preguntó, aun sabiendo que probablemente el viejo no podía oírlo. Sonrió–. Tal vez no me reconozcas. Pero deberías acordarte. Yo me acuerdo. Todavía tengo marcas de las palizas que me diste.
Los globos oculares se movieron a mayor velocidad, los labios se separaron para inhalar mejor por detrás del aparato que le proporcionaba aire. Enzo lo observó con una mirada ansiosa. En sus ojos brillaba un anhelo oscuro, como el hambre de una bestia.
–Despiértate y mírame –dijo–. Tu casa, tu reputación, tu hija… Tienes que estar despierto para ver lo que hago con todas las cosas que quieres.
Esperó, en silencio. Esperó a que abriera los ojos, mientras el odio lo consumía por dentro y los recuerdos lo envolvían. Los gritos. Las humillaciones. Los golpes. Abre los ojos. Me he convertido en un hombre al que ya no puedes golpear. Mírame.
Pero el enfermo dejó de mover los globos oculares y, más tranquilo, continuó durmiendo. Enzo esperó uno o dos minutos más. Decepcionado, asfixiado por la marea de sentimientos oscuros que lo confundían, salió de la habitación y dio un portazo.
Atravesó el pasillo por el que había llegado. Cuando escuchó los ruidos, su rabia comenzó a distraerse. Se acercó a la barandilla de las escaleras, despacio, y miró hacia la planta baja. Las cajas habían comenzado a llegar.
Está bien, se dijo, mirando con frialdad cómo los trabajadores descargaban las cosas, cómo los sirvientes se quedaban tiesos sin saber qué hacer, cómo la muchacha hervía de impotencia. Todo está saliendo bien.
Soltó un suspiro, apoyó los brazos en la barandilla y se limitó a observar.
–¡¿Qué diablos es esto?! –gritó ella, sobresaltando a los hombres que entraban las cajas.
Enzo volvió a sonreír mientras la observaba.
–Mis cosas –dijo, desde la altura. Daniela alzó los ojos hacia él; todo el odio del mundo parecía caber en su mirada. Ladeó su sonrisa, con una diversión irónica–. Me estoy mudando. A partir de hoy, viviré contigo.
El odio en los ojos oscuros aumentó, los labios ladeados aumentaron la sonrisa, los dos se miraron en silencio mientras, alrededor, las personas continuaban moviéndose y las cosas seguían descargándose.