El señor Dupin dejó tres sobres encima de la mesa y se aclaró la garganta. El abogado de la familia estaba pálido e incómodo, como si a él tampoco le gustara lo que había ido a informar. Daniela no tenía nada contra él, siempre lo había odiado en la misma medida en que odiaba a todo el mundo; ni más, ni menos. Pero, en ese instante, lo miró a los ojos con todo el odio que podía existir en la tierra.
–¿Qué? –dijo, incitándolo a repetir sus palabras.
El abogado desvió la mirada, inquieto, sin saber cómo decir las cosas para que aquella muchacha no lo asesinara en su sala de estar.
–Legalmente, es tu hermano. Lo adoptaron cuando era pequeño y luego… El asunto es que tu padre nunca renunció a esa adopción, y él continúa siendo el heredero legítimo de todo…
–¿Y yo? –preguntó ella, apretando los dientes en algo que nadie habría confundido con una sonrisa–. Soy la hija. Su hija de verdad.
El abogado volvió a desviar los ojos, incómodo.
–Hace años, poco después de que tuvieras el accidente…, tu padre pidió que se te declarara… incapacitada legalmente y…
–¿Pidió qué?
Daniela se aferró a los aros de su silla para no estallar de rabia, mientras el ama de llaves le ponía una mano cariñosa sobre en antebrazo. “No explotes ahora”, decían sus dedos tranquilos.
–De esa forma sería más fácil cuidarte cuando cumplieras la mayoría de edad. Ahora tienes veinte años, él no podría haber sido tu tutor legal si no…
–¡Tengo veinte años! ¡No necesito un tutor! –gritó, inclinándose hacia delante como si pudiera ponerse en pie de un momento a otro. La mano en su antebrazo apretó ligeramente, el abogado se removió con incomodidad.
–Señorita…
Fulminó con los ojos al ama de llaves, furiosa. Luego volvió a clavar aquellas llamas oscuras en el hombre.
–¿Y eso que tiene que ver con la herencia? Si papá se muere, ya no será mi tutor.
El abogado entrelazó las manos y miró fijamente el suelo, como si juntara fuerzas. Luego extendió hacia ella, despacio, uno de los sobres que había puesto sobre la mesa.
–Tu padre ya no es tu tutor legal –dijo, en un susurro tímido. Ella frunció el ceño y tomó el sobre para abrirlo con brusquedad y leer los documentos. Su rostro palideció, comenzó a descomponerse mientras su furia se convertía en otra cosa–. El señor D’Angello…
–¡No lo llames así! –chilló, sin desclavar la mirada incrédula de los papeles. Elena se inclinó y leyó con ella mientras una expresión preocupada se dibujaba en su rostro.
–Tu hermano… –Daniela dejó los documentos sobre la mesa con un golpe estruendoso y miró al abogado con una rabia infinita–…, quiero decir…, el asunto es que la justicia lo ha nombrado tu tutor y lo más probable es que, si tu padre, Dios no quiera, fallece…, pida el derecho de administrar tus bienes…
–Quiero apelar –dijo, interrumpiéndolo. En sus ojos ardía la determinación y la furia.
–Aunque apeles, es tu única familia…, legalmente hablando. El juez no aceptará otro tutor…
–¡No quiero un tutor!
El señor Dupin se aclaró la garganta, aturdido por la ira que oscurecía la casa y que parecía dirigida por completo hacia él. No contestó, pero la muchacha no necesitaba su respuesta. Sabía lo que significaba el silencio, para ese tipo de personas. “No hay nada que hacer”.
Sujetó el sobre con los documentos legales, les dio la espalda y empujó las ruedas hacia el elevador.
–Señorita –volvió a censurar Elena, pero ella no la escuchó.
Estaba tan furiosa que se sentía asfixiada. ¿O estaba furiosa porque se sentía asfixiada? Su vida no solo dependía de otras personas, sino que ahora un extraño (un imbécil) tenía el control total sobre ella. El Estado se lo permitía. La entregaba, mediante unos papeles, como si fuera una cosa.
No necesito un tutor legal. Abrió las puertas cuando el ascensor llegó al primer piso, movió la silla a toda velocidad por los corredores empapelados. Antes de convertirme en una cosa sin voluntad, te mataré. Me mataré.
Se detuvo frente a la habitación en la que habían entrado todas aquellas cajas. No golpeó. No tenía por qué golpear puertas que le pertenecían. Giró el picaporte con brusquedad y abrió, furiosa.
Desnudo de la cintura para arriba, con la percha en una mano, se giró lentamente. Su mirada era cínica y oscura; el brillo divertido en sus ojos verdes era, en realidad, una sombra fría. Algo estaba mal con ese hombre. ¿Cuál era su rostro verdadero? ¿La sonrisa retorcida o la frialdad oscura?
¿Quién diablos eres tú?
–Deberías tocar antes de entrar –dijo, dándole la espalda mientras colgaba su camisa. Había un tono irónico en su voz–. Aunque seamos hermanos, no puedes entrar así a la habitación de un hombre. Es peligroso.
–No somos hermanos –dijo, y arrojó el sobre a un lado de sus pies–. Deshaz esto.
Detuvo lo que estaba haciendo y a Daniela la pareció que los músculos de su espalda se tensaban ligeramente. Se giró despacio, miró los documentos que se habían desparramado por el piso. Las cortinas hacían bailar las luces y las sombras sobre su piel, mientras el resto de la habitación permanecía en penumbras. El sol apenas llegaba a deslizarse entre las cajas de la mudanza.
El hombre esbozó una sonrisa extraña. No se agachó para levantar los papeles; los pisó y pateó hacia ella, alzó los ojos para mirarla.
–No lo decidí yo –dijo, guardando las manos en los bolsillos–. Lo decidió un juez. Ve a quejarte en la corte.
Daniela apretó los dientes e intentó que su frustración no estallara en un montón de pedazos filosos.
–¿Quién eres? –preguntó, aferrándose con fuerza a los aros de la silla.
Ladeó una sonrisa inocente (irónica) como si no comprendiera la pregunta.
–¿Yo? Mi nombre es Enzo. Mucho gusto y espero que nos llevemos bien.
–¿Qué diablos quieres? –intentó no gritar, pero su voz estaba tan cargada de rabia que se expandió de prisa hasta llegar a todos los rincones de la habitación.
Por un instante, Enzo no respondió. Se limitó a mirarla con tanta intensidad (y con esa sonrisa leve y tensa) que la muchacha se sintió encerrada. El silencio que los envolvió sonaba como un silencio peligroso.
Después de unos segundos, él desvió los ojos. La tensión siguió flotando en el aire, pero un poco más tenue.
–¿Qué más? –preguntó, encogiéndose de hombros con un gesto falso–. Volver a casa. Ver a mi familia.
–¡No somos familia! –gritó, aferrándose a la silla–. Ni siquiera te conozco.
Volvió a mirarla, con un brillo divertido en los ojos verdes, y dio dos pasos hacia ella.
–Pero yo sí te conozco –dijo, con un susurro misterioso, inclinándose para mirarla–. Sé que naciste un día lluvioso, que esa mujer murió por darte a luz.
–Cállate.
–Sé que eras bailarina, y que tus funciones llenaban los teatros.
–¡Cállate! –gritó, pero su rabia solo conseguía que los ojos verdes brillaran un poco más. Había algo cruel en su mirada. Algo retorcido. Algo parecido al odio.
–Sé que tuviste un accidente, hace cuatro años. Quedaste encerrada en un coche dado vuelta, aplastado, y pediste ayuda… –su voz se hacía cada vez más grave y sus palabras se volvían más lentas. Daniela sintió que se clavaban en su mente y despertaban, uno por uno, todos los recuerdos. Quiso gritarle, pero no fue capaz de abrir la boca–. Nadie te escuchó hasta el día siguiente. Pasaste toda la noche con el cuerpo sin vida del chofer.
–¿Terminaste? –preguntó, con un hilo de voz ronca.
Podía verlo todo, frente a sus ojos; la sangre del hombre muerto, los asientos aplastados, la puerta que no podía alcanzar, los vidrios rotos. Pero no se dejó llevar por los recuerdos. Se aferró a la mirada intensa que se clavaba en sus ojos: desprecio. Lo que había detrás del brillo divertido era desprecio.
–¿Quieres que siga? –preguntó, manteniendo su sonrisa.
La muchacha, por primera vez en su vida, se contuvo. Dejó que su odio y su rabia se enfriaran y flotaran en el aire, dejó que aparecieran en sus ojos, pero no estalló en gritos ni cambió su expresión tranquila.
–No sé por qué estás haciendo esto…
–Ya te lo dije.
–…pero no me importa–. Enzo ladeó el rostro, con una sonrisa sorprendida y los ojos entornados–. Haré que te vayas.
–Esta mansión es mía –dijo, encogiéndose de hombros–. El abogado debe habértelo dicho.
–Es de mi padre –dijo, entre dientes, con palabras lentas–. Pero, sea de quien sea, haré que salgas por donde viniste.
Ensanchó la sonrisa, mirándola otra vez con una intensidad que elevó la tensión hasta asfixiarla. El silencio se estiró, como una goma endurecida.
–Haz lo que quieras –dijo él, sacando las manos de los bolsillos y retomando lo que estaba haciendo antes. Sacó una camisa del armario, comenzó a vestirse–. Pero, ya que me estás contando tu plan, ¿quieres escuchar el mío?
Daniela apretó los dientes y pensó en irse. Podía retroceder la silla mientras él se abotonaba la ropa, podía ignorarlo. Pero quería escuchar sus palabras. Por eso se quedó quieta y en silencio. Él terminó de colocarse la camisa y volvió a sonreírle.
–Tú… aunque quieras salir, no podrás ir a ningún lado.