Tregua

2068 Words
Alzó la mano, rozó la madera con los nudillos y… No se atrevió a golpear. La mantuvo suspendida, mientras sus ojos miraban el suelo y los oídos se esforzaban por escuchar algún sonido.     Se sentía ansioso. Por más que luchara para convencerse de que la muerte de Elena no le importaba, que, si Daniela comía o no, no era problema suyo, algo lo oprimía por dentro. No morirá, gruñía una y otra vez la voz en su cabeza. Y si muere, no es problema tuyo.     Había llegado demasiado lejos. Aun no comprendía qué, pero sabía que necesitaba detenerlo antes de que arruinara todo. Eso que lo obligaba a preocuparse. No es tu hermana. Levantó los ojos hacia la madera, bajó la mano, miró con frialdad la puerta. Si no la odias tanto como lo odias a él, todo será mucho más difícil.     Dio un paso atrás, mientras cerraba la mano en un puño, pero entonces… se abrió la puerta. Desde la silla, la muchacha lo observó con un brillo de sorpresa que se extinguió enseguida. No parecía haber sitio en sus ojos para los sentimientos. Un vacío opaco llenaba toda su oscuridad. Como si estuviera muerta.     Incapaz de evitarlo, deslizó la mirada por la palidez de sus mejillas. Sus labios estaban secos, sus párpados estaban hinchados, su expresión estaba tan vacía como si toda su capacidad de sentir se hubiera ido con las lágrimas.     –Llevas dos días sin comer –dijo, sin pensar, confirmando sus sospechas.     Daniela bajó la mirada y se encogió de hombros con una indiferencia fría. Empujó las ruedas y giró la silla para darle la espalda. Se dirigió hacia el ascensor.     Enzo la observó, por un instante, conteniendo sus impulsos en el puño que mantenía cerrado. Pero antes de que ella alcanzara la mitad del corredor, su puño se destensó por sí solo y las piernas avanzaron sin permiso. Corrió hacia ella, se detuvo delante de la silla y se inclinó para sujetar las ruedas. La miró con seriedad.     –Vamos a comer.     La muchacha miró las manos que la retenían, pero no movió un solo músculo del rostro.     –Suéltame –dijo, con voz ronca. Probablemente llevaba dos días sin hablar con nadie.     –Tienes que comer –dijo, con una determinación de piedra.     Vio un cambio en su rostro, por fin. Los músculos alrededor de los ojos se tensaron, un brillo de vida despertó en el centro de sus pupilas negras.     –¿Qué te importa si como o si muero de hambre? –dijo, con un susurro seco y furioso.     Enzo ladeó una sonrisa amarga.     –Te dije que no puedes morir.     –Déjame en paz –dijo. Intentó tirar de las ruedas, pero él no la dejó retroceder.     –¿Crees que Elena habría querido que murieras de hambre? ¿Le sirve de algo? Si te mueres, ¿ella puede volver a la vida?     –¡Déjame en paz! –gritó, sus ojos vivos de rabia.     Se acercó más a ella, apoyándose en las ruedas de la silla. Se acercó hasta que sus respiraciones se enredaron. Daniela le sostuvo la mirada, mientras la tensión crecía entre ambos.     –Estás grande para comportarte como una niña caprichosa –susurró, a pocos centímetros de que el movimiento de su boca le rozara la piel. Deslizó los ojos por el puente de su nariz, sin pensar. Observó sus labios–. ¿No puedes crecer?     Intentó mover las ruedas una vez más, bruscamente, pero no pudo. Cuando Enzo alzó los ojos, vio lágrimas de frustración en su mirada oscura.     –Te odio –murmuró ella.     La sonrisa en sus labios se volvió más oscura, tensa, y, por un momento, sus ojos esquivaron los de la muchacha. Volvió a mirar sus labios, por instinto. Mejor. Ódiame todo lo que quieras. Luchó con todas sus fuerzas para ensanchar la sonrisa y tragarse la amargura que le envolvía la boca; solo cuando lo consiguió, alzó los ojos una vez más.     –Dilo de nuevo –susurró.     La rabia le tensó el rostro, pero su mirada… Había algo roto detrás de sus ojos oscuros. Un dolor que parecía descomponerla.     –Te odio.     El aliento de su voz le hizo cosquillas en la boca. Enzo elevó las comisuras de sus labios, mientras todas sus contradicciones se concentraban en esa sonrisa retorcida.     –Me encanta que me odies –dijo, acercándose sin pensar. Sus narices se rozaron–. Dilo de nuevo.     Daniela apretó los dientes, mientras sus mejillas recuperaban el color.     –Estás demente –dijo, con una voz ronca que parecía a punto de quebrarse. ¿De rabia? ¿De dolor?     Quería parar. Enzo quería detenerse allí, pero no podía. Su propia rabia, su dolor, el resentimiento de veinte años envolvía a todos los otros sentimientos como una nube oscura y podrida.     –Sí. Estoy demente. Así que hazme caso –dijo, mientras su sonrisa y su mirada hostil comenzaban a contradecirse–. Deja de pelear como una niña malcriada.     –¿Por qué me odias tanto? –preguntó, entornando los ojos, mientras sus manos temblaban de rabia–. ¡¿Qué diablos te hice?!     –Debería odiarte más –susurró, tensando el ceño, más para sí mismo que para ella. Miró las lágrimas que asomaban a sus ojos, se perdió por un instante en la oscuridad de sus pupilas–. Debería importarme una mierda si comes o te mueres de hambre…     La muchacha frunció el ceño, tan furiosa como confundida.     –Suéltame –dijo, tirando de las ruedas otra vez. Enzo inclinó ligeramente el rostro y se aferró a la silla con más fuerza–. ¡Suéltame!     La rabia, el dolor, todo lo que había estado conteniendo en un rincón mientras el vacío la tragaba… estalló en un instante. Daniela se puso de pie y lo empujó con todas sus fuerzas.     –¡Suéltame! –gritó, llorando, mientras sus manos en el pecho lo tomaban por sorpresa.     Se tambaleó un paso hacia atrás y empujó la silla sin querer. La muchacha intentó abalanzarse sobre él, pero las piernas no la sostuvieron. Se desplomó en medio del pasillo, frente a él, y el sonido del impacto resonó en el silencio.     La miró, sobresaltado. Pero si se había hecho daño, no lo demostró; sus mejillas enrojecieron, su rostro se tensó mientras intentaba contenerse, sus manos se cerraron en dos puños. Los ojos negros lo esquivaron. Y por unos segundos, pareció que el silencio se instalaría entre ambos.     Pero la humillación en su mirada creció hasta que la impotencia y la rabia y el dolor convirtieron su cuerpo en una piedra temblorosa. Y entonces… se rompió.     Se echó a llorar mientras toda su fuerza parecía abandonarla. Los puños se destensaron y las manos buscaron su pecho, desesperada, como si el dolor se hubiera vuelto insoportable. Sus sollozos destrozaron el silencio. Hicieron eco en toda la casa.     Enzo se limitó a mirar, sin saber qué hacer, sobrepasado por la intensidad de la escena. La muchacha se dio un puñetazo en las piernas, acompañado con un gruñido roto, y luego se inclinó hacia delante como si no pudiera respirar. Volvió a golpearse. Con tanta fuerza como si se odiara el doble de lo que la odiaba él, se golpeó las piernas mientras su rostro se contraía por el dolor y sus ojos no dejaban de llorar.     Entornó los ojos, incómodo, y se agachó frente a ella. Sujetó sus muñecas para que dejara de hacerse daño. La muchacha retorció los brazos para que la soltara. Había una desesperación asfixiante en cada uno de sus movimientos. Enzo la observó, sorprendido, paralizado. No la soltó.     Ella no lo miró a los ojos. Abrió la boca para gritarle, probablemente, y decirle que la dejara en paz, pero de su boca solo salió un silbido roto. Como el que había exhalado Elena antes de morir, mientras se sujetaba el pecho. El sonido del aire arañando los pulmones.     Soltó sus muñecas, asustado. Llevó unas manos inseguras hacia su rostro, le rozó las mejillas y la observó de hito en hito sin saber qué hacer. Ella sujetó la camisa a la altura de sus hombros, forcejeó para que se alejara, soltó un grito desgarrado.     Le acarició el rostro, en un intento por calmarla, incapaz de hilar un solo pensamiento. Se ahogó el también cuando ella lo miró a los ojos. El dolor desesperado que le impedía hablar lo envolvió como una red helada. Su desesperación, su ansiedad, los pedazos filosos que solo podían quedar en una mirada después de que alguien se rompa muchas veces.     “Ya ha sufrido demasiado”. Las palabras de Elena resonaron y lo mordieron por dentro.     Esa mirada lo alejaba, le rogaba que la dejara en paz…, pero también le pedía ayuda. Las manos que se aferraban a su camisa y le rasguñaban la piel, desesperados, lo empujaban tanto como lo retenían.     Perdido en sus ojos, frunció el ceño sin darse cuenta. No podía seguir mirándola. No podía seguir viéndola llorar, o su dolor lo tragaría. La rodeó y la atrajo hacia sí, con brazos temblorosos. Apoyó el mentón en su cabeza, por un instante, desorientado. Ella lo golpeó para que se apartara, sin dejar de llorar, pero con la otra mano se aferró a su camisa para que no se fuera.     Enzo suspiró. Cerró los ojos un momento para calmarse a sí mismo, pero los sollozos continuaban resonando en el pasillo y le apretaban la garganta. Rodeó sus piernas y se incorporó con ella en brazos. La llevó hacia la habitación, cerró la puerta y se deshizo con suavidad de la mano que se aferraba a su camisa.     La apoyó en la cama, mientras la desesperación en sus sollozos disminuía. Extendió sus piernas con cuidado, las cubrió con una manta y no la miró a los ojos hasta que sus manos eliminaron todas las arrugas de la tela.     –¿Qué quieres comer? –preguntó, sin una pizca de malicia en su voz.     Ella le devolvió la mirada, pero no respondió ni dejó de llorar. Enzo llevó una mano a su mejilla, despacio, dándole tiempo para que lo evitara. No lo hizo. Los dedos rozaron su piel y su llanto comenzó a disminuir.     Con un suspiro, usó el pulgar para limpiar sus lágrimas.     –Por favor –susurró, con voz ronca–. Déjame en paz. No puedo… Tengo muchas ganas de morirme. No me quedan fuerzas para pelear contigo. Por favor…     Enzo limpió la lágrima que se había detenido en la comisura de su boca. Luego le acarició la mejilla, incapaz de mirarla a los ojos. No se parecía a su padre. Se había engañado todo el tiempo, se había convencido de que el odio del viejo y la desesperación de esa muchacha eran lo mismo.     Alzó los ojos, despacio, y la observó. La sinceridad de la que era capaz, el sufrimiento que soportaba con el mentón en alto, la madurez que podía imprimir en sus palabras… La tristeza en el fondo de sus ojos… Se parecía a su madre.     Bajó los ojos.     –Lo siento –susurró–. Me equivoqué. Yo me equivoqué, así que por favor… come algo.     –No tengo hambre –dijo, bajando los ojos.     –No importa. Si sigues sin comer, enfermarás –dijo, con un hilo de voz, retirando su mano lentamente–. Puedes morir.     –A nadie le importa si me muero –dijo. No había victimización en su tono, sino una tristeza honesta–. Elena… La única persona que… Ella…     –A mí me importa.     Alzó los ojos, con el ceño ligeramente fruncido, y lo observó. Por un rato, se miraron en silencio.     –¿Porque no puedes vengarte si me muero?     Enzo bajó los ojos, negó con la cabeza.     –Porque soy… No. –Volvió a mirarla–. Seré tu hermano. De verdad. Me preocuparé por ti. Me importará si te mueres. A partir de hoy, seré tu familia.     Los ojos oscuros se abrieron, confundidos, paralizados. Enzo extendió el brazo otra vez y limpió las lágrimas que continuaban brotando por reflejo. Ya no escuchaba la voz de su mente, ya no quería escucharla. Había sido un idiota consumido por un odio que no deseaba volver a sentir. No hacia ella. No por una muchacha que ya estaba demasiado rota.     –Así que dime qué quieres comer. 
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