Cuando el médico habló, Daniela dejó de escuchar. Más bien, todos los sonidos a su alrededor se convirtieron en un mismo estruendo sin sentido. Las camillas moviéndose en el hospital, las voces, los llantos, las risas, los susurros, las puertas, los pasos… Por encima de todo eso, se escuchó a sí misma: “Quiero estar sola. Vete”. Eran las últimas palabras que le había dicho. Le había dicho tantas cosas horribles, en realidad, que su mente también se llenó de voces y de ruido.
Miró la puerta que separaba el pasillo de cirugías de la sala de espera. Mientras el médico hablaba, como si supiera algo, las imágenes empezaron a difuminarse. ¿Qué sabía el médico de Elena? ¿Qué sabía sobre todos los años que habían vivido juntas, sobre todo lo que le debía, sobre lo mal que le había pagado a aquella mujer que prácticamente había reemplazado a su madre? No sabía nada. No tenía ni idea de lo horrible que era ella ni de lo mucho que arruinaba las vidas de quienes estaban a su alrededor.
¿Cuántas veces le había dicho “no eres mi madre”? No podía contarlas. No sabía cuántas veces le había gritado, ni cuánto tiempo llevaba descargando su ira y frustración con ella. Porque era fácil. Porque no se enfadaba. Porque nunca se iba de su lado.
Nunca se le había ocurrido pensar que sí podía irse.
Sin avisar. Sin que pudiera despedirse. Sin que pudiera arreglar lo que había hecho y corregir lo que había dicho. La única persona que la quería, la única familia real que había tenido nunca, acababa de dejarla.
La idea de que ya no podría disculparse… La idea de que ya no podía ser buena con ella… Todo lo que ya no podía decirle… ¿Por qué no le había dicho todo eso mucho antes? ¿Por qué… ya no podía…?
No tenía sentido. Nada de lo que decía el médico, nada de lo que circulaba por su mente tenía sentido. Se aferró a la silla de ruedas y usó todas las fuerzas que tenía para empujarse y ponerse en pie.
En el gimnasio solo había alcanzado a dar cinco pasos sin caerse, pero esa vez ya no los contó. Sus piernas temblaron, pero no la dejaron caer.
–Daniela –llamó Enzo, pero su voz llegó como un eco nublado, como una voz que la alcanzaba desde la cima de un pozo.
Necesitaba verla. Necesitaba hablar con ella una última vez.
Una mano la sujetó del hombro y, cuando intentó librarse, sus piernas perdieron el equilibrio. Apenas sintió el golpe. Se sentó para mirar lo cerca que estaba la puerta que llevaba a las cirugías. Al cuerpo que debía permanecer aún allí.
–No puedes entrar –dijo él, pero no lo escuchó. Apenas podía reconocerlo.
Intentó incorporarse y Enzo volvió a tirar de ella hacia atrás. Se resistió, se sacudió para que la soltara, gritó sin darse cuenta. Lágrimas. Las imágenes se habían nublado por las lágrimas.
Consiguió escabullirse y se arrastró, como un animal desesperado. Gritó otra vez cuando él le sujetó los hombros. No sabía lo que estaba gritando; tal vez pedía que la soltara, tal vez emitía algún chillido incomprensible. El dolor no le permitía escuchar. El dolor la desgarraba con tanta fuerza que el grito era en realidad una manera de no volverse loca.
Intentó arrastrarse una vez más, mientras se sacudía, y él la rodeó con los brazos desde atrás. Sentado a sus espaldas, la encadenó con músculos de los que no podía librarse. Y pegó el rostro a su cabello.
–No puedes entrar –repitió, en un susurro y con la voz tan ronca que la muchacha dejó de resistirse.
Sus brazos no la encerraban, la estaban abrazando. Su voz estaba tan rota como si él también contuviera lágrimas y arrepentimientos. Sus hombros temblaban.
La envolvió con más suavidad, se sujetó a ella como si la necesitara para no hundirse. Se quedó quieta, por un instante, en silencio. La calidez de su cuerpo fue como la llave que abrió la puerta del dolor. Fue demasiado consciente de su corazón rompiéndose. Dolía demasiado. ¿Por qué dolía demasiado? ¿Cómo podía una persona soportar algo así?
Se dejó llevar por esa calidez, olvidó que había gente mirando y dejó que el dolor se escapara como una onda expansiva. Lloró. Desconsoladamente. A los gritos.
Él hundió el rostro en su cabello, entre el cuello y el hombro. Sus mejillas estaban húmedas. Su boca le rozó la piel. Sus brazos la envolvieron con más fuerza.
Se quedaron así durante un rato, mientras el hospital continuaba con su rutina. La gente era dada de alta, los c*******s salían en dirección a la morgue, vida y muerte convivían sin que el mundo dejara de girar.
Porque el mundo no paraba. Aunque Elena ya no estuviera en él, aunque ella ya no pudiera decirle lo que quería decirle, aunque doliera tanto… el mundo no paraba. Se habría sentido asfixiada por el mundo que se movía a su alrededor si Enzo no hubiera parado con ella. Si no la hubiera abrazado. Si hubiera estado sola, como siempre.
Se aferró a su mano. Lloró.