Víctimas

856 Words
Alzó los ojos por encima del libro cuando escuchó los pasos. Reconocía esos pasos porque seguían siendo los mismos. Le recordaban el olor a moho del ático. El hambre, la ansiedad, la expectativa. Cerró el libro, se acomodó en el sofá.     Elena se detuvo al verlo, agachó la cabeza a modo de saludo y se dispuso a alejarse lo más rápido posible.     –¿Me evitas porque te sientes culpable? –preguntó–. ¿O porque me tienes miedo?     El ama de llaves se giró hacia él una vez más, pero no lo miró a los ojos. No parecía asustada; su piel tenía un color extraño, casi amarillento, y había ojeras pronunciadas debajo de sus ojos. Se veía cansada. Aplastada por la edad.     –No lo evito, señor.     Enzo dudó; podía continuar la discusión, podía descargarse, podía echarle en cara muchas cosas. Pero se limitó a soltar un suspiro.     –¿Cómo está ella?     El ama de llaves alzó los ojos por primera vez y lo miró con emociones encontradas; había frialdad en su rostro, había confusión y también pena.     –Si se preocupa por la señorita, ¿por qué hace todo esto? –preguntó, con una voz débil.     Enzo frunció el ceño, esbozó una expresión de disgusto y se cruzó de brazos. Ladeó una sonrisa.     –¿Me preocupo? –preguntó, escondiendo la incomodidad que lo tensaba por dentro–. Tengo curiosidad. Y un mínimo de consciencia. Eso es todo.     –No la lastime.     Su sonrisa se endureció, se volvió amarga.     –¿Qué…?     –Sé que está aquí para vengarse del señor. No le queda vida suficiente para pagarte por lo que ha hecho. A mí tampoco. Pero ella… Ella no tiene nada que ver, y ya ha sufrido demasiado.     La sonrisa se marchitó en su boca, dejó un regusto a podrido.     –¿Crees que esa muchacha sabe lo que es sufrir? –preguntó, entre dientes.     –Usted es el que no lo entiende –dijo, con una mirada afligida que lo ponía nervioso–. No tuvo la vida que cree. Si el señor fue una mala persona con usted, fue un pésimo padre con ella.     –Al menos tiene un padre –masculló, descruzando los brazos, sin darse cuenta de que estaba dejándose llevar por la rabia y el dolor que le quemaban el pecho–. Creció con una familia, con una casa, con dinero…     –Sin familia –corrigió–. Sin amigos. Y encerrada en esta mansión en donde no la quiere nadie. Lo único que tenía era el ballet, y lo perdió. Si usted descarga su odio con ella, no será diferente de…     –No quiero ser diferente –dijo, con una sonrisa crispada–. Quiero ser exactamente igual que él. Esa es la diferencia entre la justicia y la venganza. No quiero justicia. Quiero destruir todo lo que lo rodea.     –Te han convertido en un monstruo –murmuró, tan triste que Enzo se sintió asqueado.     –¿Por qué hablas en tercera persona? –preguntó, irritado–. Tú estabas ahí. Y no hiciste nada.     La tristeza en su rostro aumentó, la expresión se contrajo, el color e la piel se volvió casi gris.     –Yo…     –Me encerrabas cuando él lo pedía. Te quedabas mirando cuando me golpeaba. Te quedabas mirando cuando golpeaba a su esposa. Me escuchabas pedir ayuda y nunca hiciste nada.     Se llevó una mano al pecho, como si le doliera.     –No había nada que yo…     –No hay nada que puedas hacer ahora, tampoco –dijo, sabiendo que sus palabras eran retorcidas, sabiendo que le estaba haciendo daño–. No puedes ayudarla. Crear un monstruo tiene consecuencias.     –Por favor… –dijo, apretándose el pecho, suplicando con ojos tristes–. Déjala en paz.     –Parece importante para ti.     –Es importante para mí –dijo, con un hilo de voz–. Y también me da mucha lástima.     –¿Yo no te di lástima? –preguntó, debatiéndose entre el dolor y el resentimiento–. Un niño de 6 años golpeado y encerrado ¿no te dio lástima?     –Que lo hayan lastimado no justifica que dañe a los demás –dijo, inclinándose ligeramente como si la respiración se le escapara–. O en todo caso, debería hacernos daño a nosotros.     –Ya te lo dije. No quiero justicia, sino destruirlo todo.     Elena abrió la boca para responder, pero de entre sus labios solo escapó un silbido. El silbido del aire arañando sus vías respiratorias para entrar. La mano se cerró sobre su pecho como si el corazón se estuviera cayendo a pedazos, las rodillas se flexionaron y tocaron el suelo.     Enzo corrió hacia ella, sorprendido, sin pensar. La sostuvo antes de que se desplomara, la observó con los ojos muy abiertos y confundidos.     –Son… dos víctimas –dijo, luchando por hablar aun si no tenía aire en los pulmones. Enzo quería que se callara, que dejara de asfixiarse, que se pusiera de pie, pero no pudo hacer nada; su cuerpo se había paralizado–. No la lastimes más… Ayúdense.
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