Heridas

1385 Words
Se había acercado demasiado. Se había acercado innecesariamente. Quería apartarse y, al mismo tiempo, quería acercarse un poco más. El sonido de su respiración le repugnaba, pero era tan adictivo que quería escucharlo toda la noche. Su piel parecía venenosa y cálida, peligrosa y suave. Y el rubor que bajaba por sus mejillas e iluminaba su cuello…     No tenía espacio en su cabeza para las contradicciones, ni era el momento de sentirse asqueado consigo mismo. Estaba furioso. Asustado. Y la línea roja en su garganta le ponía los pelos de punta.     Conteniendo una mueca de dolor (¿por qué sentía dolor si ella era la que estaba herida?) limpió la sangre. Sujetó la gasa entre el índice y el pulgar y, con los otros dedos, rozó su garganta sin querer. Sintió la tensión de sus músculos. Escuchó, si la piel podía escuchar, el ritmo acelerado de sus venas.     ¿Estás asustada? Quería preguntárselo, pero no se atrevió a romper el silencio. Desinfectó la herida, con el viento rozando la ventana como único sonido de fondo. Fue ella la primera en hablar.     –¿Es…? ¿Es profunda? –preguntó.     Enzo se detuvo por un instante cuando la vibración de sus cuerdas vocales le estremeció los dedos. Apoyó los nudillos en su piel, un poco a propósito, y sintió cómo sus músculos se tensaban un poco más. Los deslizó hacia abajo, sin pensar, en una caricia de la que ni siquiera él fue consciente.     –No lo sé –dijo, con un tono preocupado–. ¿Debería llamar al médico para que te la cosa?     Una mano instintiva se aferró a su muñeca mientras ella se apartaba hacia atrás. Sus ojos se encontraron. El orgullo intentaba esconder el miedo detrás de las pupilas que reflejaban la luz; Enzo esbozó una sonrisa divertida antes de darse cuenta.     Su rostro se relajó cuando se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo, pero enseguida sus músculos volvieron a tensarse y sus ojos se oscurecieron otra vez. Sujetó su muñeca con más fuerza, apretó los dientes como siempre hacía.     –Idiota –masculló.     Mantuvo la sonrisa por unos segundos, mientras la observaba, y luego la dejó morir. No quería ser amable con ella. No quería hacerle chistes. Pero por esa noche, solo por esa noche, tampoco quería pelear. Quería que olvidara lo que acababa de pasarle. Y que no lo recordara nunca.     No se permitió preguntarse por qué; no tenía espacio para contradicciones.     –¿Te duele? –preguntó, mientras ella todavía se aferraba a su muñeca.     –No –dijo, enseguida, de mal humor.     Parecía la misma de siempre si la miraba de prisa. Pero había un brillo asustado en el fondo de sus ojos. Había demasiada tensión en la mano que se sujetaba a él como si luchara por no temblar.     Enzo miró los dedos que se aferraban a él, sin decir nada, hasta que la muchacha se sobresaltó y lo soltó de prisa. Cuando sus ojos volvieron a encontrarse, el silencio resonó con más fuerza entre los dos.     Antes de que las contradicciones estallaran, se puso de pie. Pensaba retroceder cuando ella se aferró a su pantalón, de pronto. Tiró de ellos y la sorpresa lo obligó a dejarse llevar; se sentó en la cama.     La muchacha buscó un lugar de donde asirse y hundió una mano en su pierna, sin mirar. Sus dedos tantearon antes de aferrarse a él, tan dentro de su cuerpo que Enzo se paralizó y se atragantó por un instante. La temperatura de su cuerpo aumentó en menos de un segundo. La sangre cosquilleó como una descarga eléctrica.     Daniela apretó sus músculos para impulsarse hacia arriba y, ni bien estuvo sentada a su lado, él apartó la pierna.     –Cuidado a dónde tocas –dijo. Su voz, un hilo ronco.     –Quítate la camisa –murmuró.     Giró el rostro hacia ella, despacio, con una sonrisa confundida e irónica. Era cien por ciento improbable que aquella muchacha quisiera acostarse con él. Entonces, ¿qué le pasaba? ¿Era tonta?     –Somos hermanos –dijo, despacio, con un tono burlón.     Su rostro se frunció imperceptiblemente, como si sus palabras le hubieran dado asco. Enzo sonrió; una sonrisa divertida pero tensa, porque un regusto agrio le invadía la boca.     –No me gusta deberle nada a nadie, así que quítate la camisa –dijo, sin siquiera responder a sus provocaciones.     El miedo continuaba escondido detrás de su mirada, detrás de una frialdad fingida. Pero no tenía miedo de él. ¿Por qué no? Si desde el principio la había amenazado, si era obvio que quería lastimarla, ¿por qué no le tenía miedo?     La observó mientras ella se inclinaba para levantar el botiquín y luego, sin saber por qué, comenzó a desabotonarse la camisa. No dijo nada. Su expresión permaneció tensa, en blanco, mientras se desvestía. Dejó la tela a un costado, la observó.     Sin siquiera mirarlo, sin impresionarse por la cercanía de su torso desnudo, Daniela se arrimó directamente a la herida que le atravesaba el final del esternón. Su expresión resuelta, imperturbable, lo confundió. ¿Fingía? ¿O realmente no sentía nada mientras lo rozaba con los dedos?     Limpió la sangre con una mano y, cuando se inclinó para ver mejor, apoyó la otra mano en sus costillas para sostenerse. Enzo se sobresaltó. Como si la calidez de sus dedos hubiera llegado a los pulmones, contuvo la respiración por un instante.     No le gustaba. La situación le producía algo parecido al miedo; no era su tacto lo que le ponía los pelos de punta, sino las reacciones de su propio cuerpo. Los pensamientos. Las imágenes que cruzaban su cabeza una y otra vez sin que él pudiera ahogarlas.     –Para –dijo, pero su voz fue un susurro ronco y tan bajo que ella no lo comprendió.     –¿Qué?     Los dedos sobre sus costillas se movieron, la cabeza se inclinó más hacia él, el silencio se volvió insoportable. Miró su cabello y se imaginó entrelazando los dedos allí, sujetando su nuca, acercándola a su cuerpo. La imaginó besando las líneas entre sus abdominales. La imaginó tendiéndose en la cama y…     –Que pares –dijo, sujetando su mano y tirando de ella.     La muchacha alzó el rostro, sorprendida, y lo encontró demasiado cerca.     La miró con una intensidad que la forzaba a devolverle la mirada, que la envolvía y encerraba como una advertencia. Como una amenaza. No había palabras para lo que decían sus ojos, eran el espejo de un instinto animal. El cristal roto de todas sus contradicciones.     Ella se perdió por un momento en esa mirada y, probablemente comprendiendo, intentó apartarse hacia atrás. Pero Enzo no la soltó. El temor volvió a brillar en sus pupilas, comenzó a retorcer el brazo para escabullirse.     Ahí está, pensó. Ahora sí me tiene miedo. Pero no sentía bien. No le gustaba nada ver ese brillo en sus ojos, ni la ansiedad con la que se esforzaba por soltarse.     La dejó ir, confundido, incapaz de entender sus propios sentimientos.     –Vete –dijo ella, escondiendo las manos detrás de la espalda, probablemente porque había vuelto a temblar.     –Te daré un consejo, Dani, porque somos hermanos –dijo, con un tono de voz que oscureció el cuarto. Se forzó a ladear una sonrisa, aunque no quería–. Mantente alejada de mí. Todo lo que puedas.     –Vete –repitió, bajando el rostro, frotándolo con una mano como si estuviera confundida. Su mano temblaba.     Enzo la observó por un momento antes de ponerse en pie. Porque una parte de su mente deseaba quedarse. Una parte de él quería ser una persona que la consolara en lugar de hacerle daño.     No eres esa persona. Ese no es tu papel. Se incorporó, sin decir nada más, y salió de la habitación si mirar atrás. Temía arrepentirse. Tenía mucho miedo de los deseos que habían luchado en su cabeza. Por eso los enterró. Fingió que no existían y caminó por el pasillo hacia su cuarto como si todo fuera como antes.     Pero pasó de largo; antes de irse a dormir, buscó a Elena. Porque si él no podía ser esa persona, alguien tenía que llenar ese papel para que la muchacha no estuviera sola y temblando el resto de la noche. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD