El color del cielo comenzaba a oscurecerse. Ya no había rastros del sol y las primeras estrellas guiñaban los ojos. La muchacha apoyó los brazos en el alféizar, sin darse cuenta, y miró el jardín que empezaba a llenarse de sombras.
En realidad, lo miró a él. ¿Qué estaba haciendo? Daniela estaba acostumbrada a ver cuerpos yendo y viniendo por el jardín, desde su ventana. Esta vez, sin embargo, algo en la silueta que cruzaba el parque le había llamado la atención.
Enzo se había detenido, dándole la espalda, con las manos en los bolsillos. Miró por un rato un rincón del parque que ella no alcanzaba a ver. ¿El quincho? Se miró los pies, distraído. Y luego alzó los ojos hacia el cielo.
Acercó la frente al vidrio, reprimiendo un impulso extraño. Algo en la postal intentaba arrancarle una sonrisa divertida. ¿Qué haces allí?, pensó, ladeando el rostro. Pero su diversión se marchitó enseguida. Ella misma la obligó a marchitarse; intentó forzarse a dejar la ventana, pero su cuerpo no se movió. Por algún motivo, quería seguir mirando.
El color pálido del cielo, iluminado por la luz de un sol que ya había muerto, lo pintaba todo con una magia extraña. A él también. Se veía menos oscuro, paradójicamente, entre las sombras. Pensativo. Cansado.
Daniela habría pagado por saber en qué pensaba. No sabía nada sobre él. ¿Por qué lo habían adoptado sus padres? ¿Y a dónde había ido después? ¿Por qué ella no lo había visto en toda su vida? ¿Por qué la odiaba tanto?
Colocó una mano sobre el vidrio, sin pensar. Tocó su espalda con el dedo índice mientras todo su cuerpo comenzaba a sentirse extraño. Bajó su mano, lentamente. Apoyó la frente en la ventana.
No pienses. No quiero pensar, se dijo a sí misma. Durante un rato, se limitó a mirar mientras él continuaba mirando alrededor, mientras el viento le removía el cabello.
Entonces él se giró, despacio. Daniela alcanzó a apartar la frente de la ventana, sorprendida, pero no pudo apartarse a tiempo. Sus ojos se encontraron, el viento hizo vibrar el vidrio.
Al principio, él no pareció inmutarse. La observó con tanta intensidad que la distancia pareció anularse y el vidrio comenzó a desaparecer. La brisa del anochecer continuaba despeinándolo. Había curiosidad en su mirada. Cansancio. Contradicciones.
Alguien golpeó la puerta, tímidamente. Sobresaltada, aprovechó la oportunidad para apartarse de la ventana y dar vuelta la silla. Se quedó quieta por un instante, en un punto de la habitación donde él ya no la veía. Respiró hondo varias veces y se tocó las mejillas para que se enfriaran. ¿Qué te pasa últimamente?
Los golpes en la puerta resonaron otra vez. Aprovechó la oportunidad para enfadarse y una mueca irritada escondió cualquier otra cosa que pudiera haber en su rostro. Fue hacia la puerta, abrió y abrió la boca para quejarse, pero la cerró enseguida. La muchacha rubia, de ojos tímidos, estaba frente a ella.
–¿Qué pasa? –preguntó, con un tono más paciente, asomándose para mirar a ambos lados del pasillo. No había nadie–. ¿Sucedió algo?
Ella negó con la cabeza y se atrevió a mirarla a los ojos por primera vez. Daniela estaba acostumbrada a ver miedo y odio en sus criados. Pero en ese rostro había algo más. Algo distinto.
–Quería… darle las gracias –dijo, con un hilo de voz.
No estaba acostumbrada a que le agradecieran. La miró, sorprendida, sin saber qué hacer. Buscó palabras que no encontró. Se encogió de hombros, como respuesta torpe.
–¿Está preso? –preguntó, después de algunos segundos incómodos.
–Ha pasado una semana desde que declaramos…, así que supongo que sí. –Daniela asintió, clavando los ojos en el piso, y luego hizo un gesto con la mano para que se alejara. Retrocedió la silla–. ¡De verdad quería darle las gracias!
La vehemencia de su voz la sobresaltó y la forzó a mirarla a los ojos.
–Es… está bien –respondió, sorprendida, sin saber qué más decir. ¿Aún no había terminado?
–No lo olvidaré –dijo, de nuevo en un susurro, como si fuera incapaz de mantener un volumen promedio–. Digan lo que digan los demás…, usted tampoco lo olvide. Que es una buena persona.
Daniela se quedó inmóvil, sin saber qué contestar, sintiendo un cosquilleo incómodo desde el pecho hasta las rodillas. Quería enfadarse y cerrar la puerta en su rostro, para que no volviera a decir semejante estupidez. Pero, en su lugar, sintió que sus mejillas se calentaban de nuevo.
–No digas tonterías y vete –masculló, antes de cerrar la puerta.
Y sin embargo, durante varios minutos se quedó quieta sin saber qué hacer. Ni qué pensar. No era una buena persona, nadie le había dicho nunca que era una buena persona, ni tampoco quería serlo. Deberías haberle dicho que no lo hiciste por ella. La voz en su mente estaba enfadada, como si la hubiesen puesto en una situación de vulnerabilidad.
Esa noche Enzo no la llamó para cenar. Elena llevó la comida a su cuarto, como antes, y no dio explicaciones. La muchacha tampoco preguntó. Se esforzó por parecer un poco más fría, un poco más desagradable, porque ese era su mecanismo de defensa.
–¿Quieres que me quede a comer contigo? –preguntó el ama de llaves, con esa paciencia que solía irritarla. Esa vez, sin embargo, tuvo que fingir un enfado que no sentía.
–No –dijo, sin mirarla–. Quiero estar sola. Vete.
Elena la observó por un rato, antes de irse, en silencio. Parecía querer hablar, pero no habló. Sin agregar una sola palabra, suspiró y salió del cuarto. Si la hubiera mirado un instante, quizás habría notado la palidez de su rostro. Quizás habría visto sus ojeras. Quizás… Pero no la miró.
La muchacha volvió a acercarse a la ventana, sin saber por qué, pero encontró el jardín oscuro y vacío. La luz se había esfumado, él también. Había una sombra distinta entre los arbustos, pero ella no la vio.
Cuando se acostó para dormir, una o dos horas después, dio vueltas durante un rato. Los pensamientos le apuñalaban la mente una y otra vez, mientras una ansiedad distinta tensaba todo su cuerpo. No era la ansiedad de antes. No sentía que se asfixiaba al respirar. La inquietud que no le permitía dormir se parecía demasiado a sentirse viva.
Cuando creyó que no podría dormirse, el sueño la venció. En algún momento dejó de pensar y sus ideas flotaron, sin sentido, mientras su consciencia permanecía apagada. No escuchó nada. No sintió nada.
Despertó solo cuando el cuchillo rozó su cuello.
Se sobresaltó, pero el arma presionó con más fuerza en su garganta mientras alguien respiraba con un aliento horrible delante de su rostro. No veía nada más que oscuridad. Un cuerpo extraño intentaba colocarse sobre ella.
Abrió la boca para gritar, pero una mano cubrió sus labios y apretó con fuerza sus mejillas.
–¿Por qué le dijo a la policía que abusé de usted? –preguntó, con un murmullo enfadado–. No es verdad.
Daniela intentó responderle, pero su mano ahogó las palabras y las convirtió en un balbuceo sin sentido. Intentó gritar, pero el hombre apretó con más fuerza y la obligó a tenderse sobre la almohada.
–Pero mintió mal, porque tenía una coartada para esa noche –dijo, susurrando cerca de su oído–. Así que la policía me liberó. Y a nadie se le ocurrió quitarme la llave de la casa…
Comenzó a retirar las sábanas mientras susurraba en la oscuridad; con la otra mano continuaba sosteniendo el cuchillo en su cuello.
–Te soltaré, si gritas tendré que rajarte la garganta.
La mano se retiró de su boca y el cuchillo presionó su garganta con más fuerza. Daniela sintió que su piel se abría ligeramente.
–¿Qué quieres? ¿Matarme? –preguntó, entre jadeos, mientras intentaba esquivar su cuerpo.
Lo escuchó reírse. Se estremeció de horror cuando una mano se metió debajo de su ropa.
–La ayudaré para que no se convierta en una mentirosa.
Daniela intentó mover las piernas, pero apenas podía sentirlas debajo del cuerpo que las aplastaba. Sujetó el brazo que le amenazaba la garganta, por instinto.
–Quédate quieta o me follaré tu c*****r –gruñó, acercándose más, manoseándola y rozando su rostro con los labios. Respiraba agitadamente–. Para mí es lo mismo.
Gimió, asustada, mientras él bajaba sus pantalones. Ya había estado en la misma situación, dos veces; estar paralítica la convertía en un blanco fácil. Y, aun si esta era la tercera, no sabía cómo actuar. No sabía qué debía hacer o decir para que ese hombre se le quitara de encima.
–Si te vas ahora… no te denunciaré –dijo, mientras sentía la mano que le acariciaba las piernas–. Lo prometo.
Solo te mataré con mis propias manos… Pero él no la escuchó, porque la muchacha usaba todas sus fuerzas para mantener las piernas cerradas. No eran muchas, pero suficientes para que el abusador tuviera que alejar el cuchillo y usar las dos manos.
Daniela se incorporó y arrojó un puñetazo que acertó de casualidad y provocó un gruñido. Rodó de prisa hacia un costado, cayó de la cama con un estruendo sordo. Cuando él se arrojó sobre ella e intentó sujetarla, gritó. No podía caminar, así que rehuyó sus manos lo más rápido que pudo y se arrastró hasta meterse debajo de la cama.
–Te mataré, perra estúpida –masculló mientras arrojaba puñaladas a ciegas.
Se apartó del borde, guiándose por la brisa que provocaba el cuchillo al arañar el aire.
–¡Vete antes de que se despierte toda la mansión!
–No me iré sin matarte primero.
–Idiota…
–Los mataré a todos. A esas tres perras también. Y al ama de llaves. Y a ese imbécil que… –se interrumpió, jadeando por el esfuerzo mientras intentaba meter su brazo un poco más– se las da de señor… En realidad no es nadie.
–¿Lo conoces? –preguntó, pegando la espalda a la pared, forzándose para ver algo en la oscuridad que parecía absoluta.
¿Te parece el momento para preguntar?
–Mejor que tú –gruñó–. Sal de ahí y te cuento un par de cosas. Ha estado en la comisaría más veces que yo, ¿te dijo eso? ¿Quieres que lo mate por ti?
–¡Quiero que te vayas! –chilló, con lágrimas de miedo y rabia en los ojos que solo captaban oscuridad.
–Ya te dije que no me iré hasta…
Pero el sonido de la puerta interrumpió sus palabras. La luz se encendió de pronto, sobresaltándolos a los dos. Daniela solo vio el brazo que desaparecía como si alguien lo arrastrara, y luego dos pares de piernas. Y escuchó sonidos. Intuyó la pelea, vio la sangre goteando sobre el suelo.
Siguió los pies y los sonidos, paralizada por la sorpresa y el pánico. Alguien cayó sobre el mueble y lo volteó; el estruendo despertó voces en otras partes de la casa.
–Baja eso –gruñó una voz que Daniela reconoció enseguida.
Los pies de Enzo retrocedieron unos pasos, de prisa, y resonó entre ambos un sonido fugaz y peligroso; el cuchillo arañando el aire. Cerró los ojos, asustada. Más asustada que antes. No te mueras, pensó. No te atrevas a morirte en mi habitación, idiota.
No pudo evitar abrir los ojos otra vez, justo cuando Enzo se arrojaba sobre el otro joven y los dos caían al suelo. Vio el rostro del criado, enrojecido por los golpes. Los puñetazos lo aturdieron enseguida. Soltó el cuchillo; Daniela se arrastró y estiró el brazo de prisa. Lo sujetó, con una mano temblorosa, y salió de su escondite. Se sentó a un costado, intentando recuperar la respiración, mirando cómo Enzo continuaba golpeándolo y la puerta se llenaba de espectadores.
–¿Está muerto? –preguntó alguien.
Solo entonces los puños se suspendieron en el aire. La muchacha observó, tan aturdida como si la hubieran golpeado a ella, su expresión turbada y descompuesta. Los ojos verdes que brillaban con una oscuridad asesina. El puño ensangrentado que temblaba.
Había sangre en su camisa. A pesar del miedo, Daniela no pudo moverse. Miró el cuchillo al que se aferraban sus manos y la sorprendió lo mucho que temblaba la hoja. Sus brazos. Su mente no estaba paralizada; podía pensar. Y sin embargo su cuerpo parecía ahogado por la situación, anclado por el miedo, aturdido.
–Enzo… –susurró, sin saber por qué.
¿Quería saber si estaba herido? ¿Que dejara de golpear a aquel hombre que ya estaba inconsciente? ¿Que la ayudara a levantarse? No sabía. Simplemente, tal vez, quería decir su nombre.
Se giró hacia ella y, por un instante, su mirada no cambió; sus ojos parecían perdidos, turbados, tapados por un instinto que provenía de la rabia más pura. Luego de unos segundos, pareció despertar. Abrió sus puños, se bajó del cuerpo inerte y caminó (o se arrastró, más bien, con una torpeza aturdida) hacia ella.
Arrodillado, la estudió como si buscara una fisura en un jarrón muy caro. Frunció el ceño y llevó una mano hacia su rostro; Daniela dejó que sus dedos la rozaran, sorprendida, y levantó el mentón cuando él la forzó a hacerlo.
Su expresión cambió. Sus ojos se oscurecieron, sus manos se tensaron y su piel perdió color por un instante.
–¿Están heridos? –preguntó el ama de llaves desde la puerta de la habitación, con voz trémula.
Daniela no se atrevió a contestar; estaba segura de que su voz se quebraría.
–Trae el botiquín –pidió él, con un tono débil y ronco como si hubiera perdido todas sus fuerzas. La miró a los ojos, Daniela no supo hacer otra cosa más que devolverle la mirada–. Y que alguien llame a la policía.
Agregó algo por lo bajo, un susurro que solo ella alcanzó a oír: antes de que lo mate>>. La soltó, se puso en pie lentamente como si temiera tambalearse y miró al hombre inconsciente con una intensidad peligrosa. Cuando se acercó a él, Daniela pensó que realmente lo mataría; sujetó su pantalón con fuerza, sin pensar.
Enzo se giró para mirarla. Los demás permanecían en silencio y murmuraban con los ojos.
Liberó su pantalón, despacio, sin que su expresión cambiara en absoluto. Se agachó junto al cuerpo inconsciente, le revisó los bolsillos con brusquedad hasta que encontró un juego de llaves. Miró a la muchacha. Luego a los criados, como si buscara descargar el resto de su furia en alguien más. Pero no lo hizo. Bajó los ojos y se guardó el juego de llaves en el bolsillo.
Elena entró con el botiquín, de prisa, lo colocó sobre la cama y lo abrió. Enzo se puso de pie e hizo un gesto para que se alejara.
–Salgan –dijo, con un tono frío pero no hostil–. Todos.
Daniela supuso que ella no estaba incluida en ese >. Y, aunque lo estuviera, esa era su habitación. Y, aunque no lo fuera, no estaba segura de poder moverse. Su silla de ruedas había quedado lejos, en un rincón, empujada durante el disturbio.
–¿A él…? –preguntó un criado.
–Sáquenlo de mi vista –masculló con amargura.
Obedecieron y, antes de lo que la muchacha había previsto, se quedaron solos en esa habitación. Los murmullos del personal comenzaron a alejarse y pronto los envolvió el silencio. Ninguno se movió durante un rato. Como si no supieran qué hacer. Como si no quisieran mirarse.
Finalmente, él se acercó hacia el botiquín; lo sujetó, lo bajó al suelo y lo puso frente a ella.
–Límpiate eso –dijo, con una mueca de disgusto.
–¿Qué?
Hizo un gesto hacia su cuello, con una expresión contraída como si le doliera. Daniela se tocó la piel húmeda y caliente y sintió un pinchazo en la garganta. Siseó, mientras él la fulminaba con los ojos.
–No te toques así –masculló, agachándose frente a ella.
Intentó tocar su mentón con suavidad para que alzara el rostro, pero esta vez la muchacha esquivó su mano por instinto. No quiso hacerlo, pero su cuerpo se movió solo. Sus manos aún temblaban. Tenía la sensación asquerosa de que alguien continuaba tocando su cuerpo.
–No te haré daño –susurró, tan cerca que ella pudo ver el brillo de sinceridad en sus ojos verdes. Por primera vez, no la miraba con odio. Aquello tampoco era compasión, sino que parecía empatía–. ¿Puedo…? ¿Prefieres hacerlo tú?
Sin esperar una respuesta, mojó un trozo de algodón con desinfectante y se lo tendió. ¿Por qué…? ¿Por qué a veces era tan amable con ella? ¿Era parte del juego retorcido? ¿Esa mirada preocupada era parte de su plan?
A pesar de sus dudas, o debido a ellas, la muchacha no tomó el algodón. Era un impulso demasiado fuerte, que no comprendía. Quería que lo hiciera él.
Quería que la tocara.
Enzo la observó como si intentara leer detrás de sus ojos. ¿Podía hacerlo? Daniela esperaba que no. Porque ni siquiera ella sabía lo que podía encontrar detrás de sus ojos. Se limitó a alzar el mentón imperceptiblemente, sin decir nada, mientras el silencio se volvía más estruendoso. Y el aire, más denso.
La miró por un rato, sin hablar, buscando algo en sus ojos oscuros. Y entonces se acercó, despacio. Hundió el rostro en su cuello para ver la herida, tan cerca que ella pudo sentir su respiración en la piel.
Tan cerca que su boca podría haberla besado.