Había contratado criadas nuevas. Parecía uno de esos hombres que no se rinden nunca, con nada. Daniela apretó los aros de la silla hasta que sus nudillos palidecieron y, con una mueca, avanzó por el pasillo. Despacio. Mientras pensaba en una nueva forma de hacerlas renunciar.
Entonces, como aquella vez en el cuarto de lavandería, escuchó su nombre. Detuvo la silla en seco, mientras su expresión se enfriaba, y miró la puerta del cuarto de su padre.
Eran voces de mujer. Eran dos o tres criadas.
–¿La señorita? –susurró alguna de ellas.
Alguien asintió. Daniela acercó la silla, despacio, sin hacer ruido. Pensó que le darían una buena excusa para gritarles y hacer que se fueran; pero no escuchó lo que esperaba.
–¿Estás loca? No puedo decirle.
La voz sonaba vacilante, trémula. Si una voz puede tener forma y color, esa era una voz pálida y quebradiza.
–¿Crees que se enojará contigo? ¿Es tan insensible?
–No sé. Pero no puedo decirle. No quiero que se entere nadie.
–Pero no puedes no hacer nada –dijo una tercera voz, siempre en susurros.
–¿Y por qué no le dices al señor?
–¡No!
–¿Por qué no?
–Me da miedo –dijo, moviéndose hacia otro lado de la habitación mientras limpiaban–. Y ya les dije que no quiero que se entere nadie.
–Pero tal vez no hayas sido la única. ¿Y si hay más?
–¿Y si vuelve a hacerlo? –preguntó una de ellas, espantada.
Mientras las tres guardaban silencio, Daniela intentó comprender. Miró la puerta con un ceño fruncido, tentada a entrar. No se movió, sin embargo. No quería ver a su padre. Escuchar las máquinas. Oler ese olor a muerto en vida.
–Es algo grave –insistió alguien.
–No fue para tanto. Solo me tocó…
–¡Eso es grave!
Daniela sintió que todos sus músculos se tensaban. Miró el picaporte, insegura y furiosa al mismo tiempo.
–Tienes que contarlo para que lo despidan.
–Me culpará…
–¡Es él quien tiene la culpa!
–Yo… no quiero que nadie se entere…
Extendió una mano, incapaz de resistir un segundo más, y abrió la puerta; el sonido las sobresaltó y enmudeció de pronto. La miraron con terror, como si las hubiera atrapado haciendo algo que no debía.
Las observó, una por una, esforzándose por ignorar el cuerpo tendido en aquella cama enorme y oscura.
–Quiero que todos bajen al jardín en diez minutos –dijo, con un tono inexpresivo.
–¿T… todos? –preguntó una muchacha rubia, con ojos asustados. Reconoció su voz.
–Todos los criados. Hombres y mujeres. En el patio en diez minutos –dijo, y luego dudó por un instante–. Elena no. Y que Enzo no se entere de nada.
Apartó los ojos de ellas, sin demostrar nada, y se alejó hacia el ascensor. Las palabras que acababa de escuchar le trajeron recuerdos que no quería. Había empezado a olvidarlos. La impotencia, la b********d, las manos que…
Contuvo su rabia, la comprimió hasta convertirla en una furia fría que apenas se notaba en sus ojos. Descendió hacia el primer piso y se dirigió al jardín, sin prisas, mientras ellas reunían a todo el personal.
En menos de diez minutos, los empleados habían formado dos filas horizontales, largas, y clavaban los ojos en el piso. Esperaban algo malo. Daniela podía ver el miedo amargo en los rostros que se escondían de ella.
Había una sola persona que no miraba el piso. La muchacha rubia observaba una y otra vez, con miedo, a un hombre joven de ojos grandes. Así que eres tú, pensó, mientras lo estudiaba. Se acercó a él, despacio. Ni siquiera mereces mi tiempo.
–Este hombre –dijo, sin preámbulos, atrayendo la atención sobre el joven que levantó los ojos, sorprendido– intentó abusar de mí ayer por la noche.
Las tres criadas la observaron con la boca abierta y los ojos desencajados. Un murmullo de asombro y disgusto se alzó en el jardín, pero nadie se sorprendió más que el hombre acusado.
–No es verdad… –dijo, con un hilo de voz. Clavó los ojos en ella y, poco a poco, su sorpresa se convirtió en desesperación confundida–. ¡No es cierto!
–Tengo tres testigos –dijo, sin señalar a nadie.
–¿Quiénes?
–Eso se lo diré a la policía. –Miró a los demás–. Llámenlos. Y que este hombre no salga de aquí si no es en una patrulla.
–¡Es mentira! –gritó, sin comprender. Intentó dar un paso hacia ella, pero un criado lo sujetó y los demás comenzaron a rodearlo. Una joven corrió a buscar el teléfono–. ¡Es mentira, yo no…! ¡Lo que dice es mentira!
Daniela retrocedió, sin interés, y guio su silla hacia la mansión. Los odiaba. Odiaba a los hombres que tocaban a otras personas sin permiso, como si los cuerpos fueran cosas.
Con todos los criados discutiendo en el jardín, el vestíbulo estaba en silencio. Pero no estaba vacío. Enzo la observó, sentado en uno de los sillones y sosteniendo un libro al que no parecía prestar atención. Entornó los ojos e intentó mirar detrás de ella.
–¿Qué está pasando afuera? –preguntó, con curiosidad recelosa.
–Nada que te importe –dijo, y comenzó a avanzar hacia el ascensor.
Se detuvo enseguida, sin embargo, cuando el ama de llaves apareció frente a ellos e inclinó la cabeza para hablarle a él.
–Alguien vino –anunció, y ambos fruncieron el ceño. Elena hizo un gesto para señalarla–. Una visita para ella.
–¿Una visita? –Enzo la observó–. ¿Quién?
Daniela comprendió antes de que el ama de llaves pudiera contestar. Apretó los dientes y desvió los ojos, mientras Elena la observaba y dudaba en silencio.
–El señor Guzmán…
–¿Y ese quién es? –preguntó, comenzando a impacientarse, mientras cerraba el libro.
–Creí que lo sabías todo –murmuró ella, con un dejo de amargura en la voz. Miró al ama de llaves–. Dile que no estoy.
–¿Quién es? –preguntó con un tono que ya no admitía silencios y una mirada fría.
Daniela fulminó al ama de llaves con los ojos, pero no sirvió de nada. Él daba más miedo que ella, él tenía más poder.
–El prometido de la señorita –dijo, con un hilo de voz y agachando la cabeza.
Enzo pareció congelarse por un momento. Su rostro no expresó nada, sus ojos se perdieron más allá de la habitación como si estuvieran vacíos. Luego alzó las cejas, despacio, y la observó. La muchacha sintió que su mirada escondía cosas. Como si quisiera esconderlas mejor, esbozó una de sus sonrisas ladeadas.
–Hazlo pasar –dijo, hablándole al ama de llaves, pero mirándola a ella.
–No. Dile que no estoy –repitió entre dientes.
–Voy yo –dijo, y su sonrisa se llenó de malicia mientras se ponía de pie y se dirigía hacia la puerta.
Daniela avanzó de prisa y lo sujetó de la manga, mirándolo con irritación. Enzo se giró hacia ella, sin prisas.
–No tengo ganas de hablar con él.
–Hablaré yo –dijo, con un brillo divertido en la mirada–. Soy tu hermano. Quiero conocerlo.
–No –dijo, frustrada, mientras en sus ojos la impotencia peleaba con la ira–. No. Quiero. Que. Entre.
Enzo alzó las cejas y entornó los ojos, sin abandonar aquella sonrisa que la muchacha empezaba a detestar. Soltó su manga, como si estar en contacto con su ropa pudiera hacerle daño. Era odioso. Insoportable. Un imbécil.
–¿No te gusta? –adivinó.
–No es de tu incumbencia.
–Es mi cuñado –protestó, con ironía.
–¡No es tu cuñado!
Sintió que su rabia se salía de control mientras él ensanchaba la sonrisa. Qué día espantoso. Desde que él había aparecido, en realidad, todos los días eran espantosos.
Mentirosa; resonó una voz en su cabeza. Tu vida ha sido espantosa siempre.
–Si gritas así… –dijo, sus ojos verdes iluminados como si molestarla le pareciera realmente divertido–, será difícil decirle que no estás en casa.
–¿No puedes dejarme en paz?
–Creo que ya hemos tenido esta conversación.
–Eres un idiota –masculló, mientras giraba la silla y le daba la espalda–. Haz lo que quieras. Déjalo entrar y cásate tú con él.
–Le diré que se quede a almorzar –dijo. Daniela se limitó a apretar los dientes y empujó las ruedas con más fuerza hasta el ascensor.
–¡Haz lo que quieras! –gritó, y le pareció escuchar que se reía.
Supo, mucho después, que nadie se quedó a almorzar. Su prometido ni siquiera pisó la casa. Bajo las órdenes de Enzo, el ama de llaves le dijo que Daniela se sentía descompuesta y que, por un tiempo, no podría recibirlo.