¿Qué estás haciendo, idiota?
Había una voz en su mente que continuaba llamándolo, tirando de él para que diera media vuelta y se alejara de ese sitio. Pero el cuerpo se había apoyado en la pared y los ojos no dejaban de mirar a través del vidrio, entre las enredaderas. No tenía intención de irse. No podía irse. ¿Por qué? ¿Por qué miraba con tanta atención sus esfuerzos estúpidos?
La muchacha se sujetaba de las barras con demasiada fuerza, como si temiera apoyar los pies. Ejercitaba los brazos en lugar de caminar. Cada tanto, en un arranque de valentía, luchaba por dar dos o tres pasos con piernas temblorosas que, de una u otra forma, terminaban dejándola caer.
Habían pasado pocos días desde el incidente con los vidrios, sus heridas no habían sanado. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué lo intentaba con tanta desesperación?
¿Qué haces tú aquí?, susurró la voz en su mente. Enzo la ignoró mientras observaba.
Sabía que, años atrás, había sido una bailarina. Sabía muchas cosas de ella; algunas se las había contado Félix, otras las había visto por sí mismo. Incluso la había visto bailar, alguna vez, desde el otro lado de las rejas del portón. Algunas vueltas en el jardín, como la princesa de un cuento estúpido; luego había corrido hacia los brazos de un padre que sonreía.
El accidente le había arruinado la vida. ¿Qué más podía destruir él, si esa muchacha había dejado de querer vivir hacía mucho tiempo?
¿Cómo puedes sentir lástima por ella? Intentó convencerse de que no era lástima, pero se sintió un idiota mientas peleaba consigo mismo. La voz tenía razón, después de todo. ¿Quién era él para sentir lástima? La compasión era un sentimiento para privilegiados; lo que vivía ella no era nada comparado con lo que había vivido él, gracias a su familia. Gracias a su padre.
Extendió una mano para remover las enredaderas, inconscientemente. La vio caerse por cuarta o quinta vez. Observó la tensión de su espalda mientras luchaba por ponerse en pie, la curva de su cintura, los tobillos que asomaban por debajo de la falda negra. El cabello que oscilaba con cada movimiento como un manto de oscuridad. Las manos que se aferraban al metal, con una determinación insoportable. El sudor a un costado de su nuca cuando ella apartaba su cabello. El vestido que parecía temblar por ella mientras se levantaba.
Podrían haber sido hermanos. Intentaba evitar ese pensamiento porque despertaba imágenes en su memoria y emociones que odiaba sentir. Pero realmente podrían haber sido hermanos. Podrían haber crecido juntos, aunque no tuvieran la misma sangre, si las cosas hubieran sido diferentes. Si su madre no hubiera muerto, si ese hombre hubiera muerto en su lugar, Enzo podría haberla visto crecer sin necesidad de odiarla. Incluso, podría haberla… querido.
Sus pensamientos se detuvieron en seco cuando ella luchó por girarse y miró a su alrededor. Como si sintiera sus ojos en la piel. Enzo se apartó de prisa, pegó la espalda a la pared. ¿Por qué te escondes? La voz en su cabeza provocó un brote de ansiedad en el centro de su pecho. ¿Por qué se escondía? ¿Qué diablos estaba haciendo allí?
Pero antes de que pudiera tomar la decisión de irse, algo se movió frente a sus ojos. En la oscuridad del jardín, una sombra más oscura se alejó de él como si fuera consciente de que la había visto.
Enzo frunció el ceño. Pensó en los vidrios (¿era esa la razón por la que él mismo estaba allí?) y dudó por un instante. Luego despegó la espalda de la pared y comenzó a seguir la sombra. Aquel cuerpo indistinguible aumentó la velocidad de sus pasos y comenzó a perderse, difuminado, entre los troncos de los árboles.
Enzo corrió, antes de que desapareciera, pero se encontró solo con el paredón que separaba el jardín de la propiedad de los vecinos. Escrutó la oscuridad, alerta a cualquier movimiento, pero no vio nada. Solo sombras. Sombras quietas, troncos y arbustos, y, a lo lejos, la luz de la mansión como un faro siniestro.
Tal vez las cosas fueran más complicadas de lo que parecían. Tal vez él no fuera la persona más peligrosa en aquella mansión.