Un juego

2798 Words
Se dejó caer sobre la colchoneta, exhausta. La luz del sol se había extinguido por completo y, aunque Daniela habría podido encender las lámparas, había preferido la oscuridad. No quería que supieran que estaba allí. No quería que las ventanas del quincho brillaran con una luz delatora en el jardín oscuro.     Las sombras siempre le habían gustado más; si se confundía con las sombras, entonces nadie la observaba. No llamaba la atención. No le tenían lástima, no la controlaban, no clavaban en ella esas miradas que le quitaban el aire.     ¿Cuántas horas había pasado sudando en esa colchoneta? Había perdido la noción del tiempo y todos sus músculos le suplicaban descansar, pero… se sentía extraña. Un poco más fuerte. Menos asfixiada y más en paz con su propio cuerpo. Había dado cuatro pasos sin caerse, ayudada por las barras, y sentía una euforia que no le permitía parar. Quería dar cinco pasos. Quería caminar por sí misma lo más pronto posible.     No es tan fácil, tonta. Lo sabía, pero aun así quería continuar intentándolo, porque se sentía más viva que nunca. Por eso descansó un rato sobre la colchoneta y luego trepó las barras con los brazos para ponerse en pie. Por eso… no escuchó cuando se abrió la puerta.     La oscuridad era tan absoluta como si las sombras se hubieran tragado la luna y las estrellas. Daniela se guiaba por el tacto, acostumbrada a moverse de un lado al otro de la colchoneta. No necesitaba ver. O eso pensaba, hasta que escuchó los ruidos.     Se quedó quieta, sostenida por la fuerza de sus brazos, y absorbió el silencio. ¿Había escuchado mal? ¿Había sido ella misma? Intentó mirar alrededor, pero las sombras le devolvieron un manto n***o sin relieves.     Entonces los sonidos se repitieron y la sobresaltaron.     –¿Quién…? –preguntó, alerta–. ¿Eres tú?     La idea de que fuera él la asustaba, pero la posibilidad de que fuera otra persona la asustaba el doble. Fuese quien fuese, no respondió. Daniela escuchó los pasos que se acercaban demasiado y luego otra vez ese sonido que no sabía distinguir. Como algo cayéndose y quebrándose a su alrededor.     –¿Qué es eso? –preguntó, mostrando su irritación para esconder su miedo.     El silencio que le respondió le provocó un escalofrío, como un rayo de temor que le congelaba la columna. Los brazos que luchaban por sostenerla se endurecieron tanto que podían quebrarse. Dejó de sentir las piernas.     Aquella persona, ni siquiera una sombra en la oscuridad absoluta, continuaba moviéndose a su alrededor. El sonido tintineante la ponía nerviosa.     –¿Enzo?     ¿Por qué deseaba que fuera él? ¿Por qué prefería estar en aquella oscuridad con un hombre que la odiaba y no con un completo desconocido? Respóndeme, masculló para sí misma. Los pasos se acercaron, el tintineo la sorprendió justo frente a ella.     Intentó retroceder por instinto, apoyó los pies en la colchoneta y pisó algo frío que crujió bajo su peso. Sintió cómo su piel se desgarraba y el dolor la obligó a apartarse. Pero cuando intentó avanzar, aquello que crujía volvió a clavarse en la planta de su pie y le arrancó un gemido de sorpresa.     Intentó ver, agitada por el miedo, pero solo veía oscuridad.     –¿Qué haces? –preguntó, sin saber a quién.     Pero los pasos comenzaron a alejarse, sin prisas, y la puerta gruñó mientras se cerraba. La muchacha no dejó de sentir miedo. Al contrario, la soledad empezó a asfixiarla. Sus brazos temblaban por el esfuerzo y sus pies ardían. Goteaban.     Gimió otra vez, tanteó el suelo con los dedos del pie izquierdo y se estremeció al escuchar más crujidos. ¿Vidrio? ¿Alguien había arrojado trozos de vidrio a su alrededor? Esbozó una mueca que se parecía a una sonrisa, intentó pensar. Pero, en lugar de pensar en una forma de salir de allí, su mente continuaba preguntándose quién y por qué.     Tiene que ser él. Y, sin embargo, una parte de ella quería creer que no. Pero ¿quién más la despreciaba tanto?     Intentó concentrarse, volvió a deslizar el pie por el suelo e intentó apartar los vidrios. No obstante, incluso ese movimiento requería una fuerza que no tenía en las piernas. Volvió a cortarse, siseó y soltó un gruñido de rabia.     Había perdido el sentido de la orientación y ya no se atrevía a apoyar los pies; parecía haber vidrios en todas partes. Tenía que retroceder. Tenía que ir hacia el final de las barras y encontrar su silla, pero, aun si se resignaba a pisar los vidrios, las piernas no la sostendrían. Incluso sus brazos comenzaban a cansarse. Si se dejaba caer, se clavaría aquellos pedazos en todo el cuerpo.     Murmuró una maldición, frustrada. Tenía que pedir ayuda. Pero probablemente sus gritos no atravesarían las paredes y el jardín, y aunque lo hicieran… Pedir ayuda la haría sentir patética. Una inútil que no podía moverse por sí sola. Un parásito que necesitaba de los demás.     Apretó los dientes, cerró los ojos y se decidió de prisa. No quería gritar, no quería la ayuda de nadie. Comenzó a soltar las barras, con el rostro contraído por el miedo. Pensaba hacerlo despacio. Pensaba deslizarse hasta que su cuerpo tocara suavemente el piso. Pero la puerta volvió a abrirse.     Sobresaltada, se dejó caer sin darse cuenta y cayó de rodillas sobre el vidrio. No quería gritar, pero gritó. Se ahogó en el dolor mientras unos pasos corrían hacia ella. Los vidrios crujieron bajo el peso de alguien que no se inmutó.     –¿Qué es… todo esto? –susurró, y Daniela se arrastró hacia atrás a pesar del dolor porque lo reconocía, porque de pronto le tenía más miedo.     Apoyó las manos para arrastrarse y sintió cómo se abrían los cortes en su piel. Lágrimas de dolor le pincharon los ojos, pero no dejó que brotaran. Se sentía suficientemente vulnerable mientras dejaba rastros de sangre en el suelo, no quería enseñar también sus lágrimas.     –No te muevas –dijo, con un tono tan serio que la ella obedeció.     Se agachó, intentó tocarla pero la muchacha rehuyó sus manos con un escalofrío. ¿Había sido él? ¿Estaba jugando algún juego retorcido en el que fingía salvarla? No estaba segura. Y el hecho de no saber la inquietaba más que la posibilidad de estar en peligro.     –Te lastimarás –advirtió, con una voz fría que no parecía regocijarse.     –¿Fuiste tú? –preguntó, intentando verlo del otro lado de las sombras.     Un silencio extraño siguió a sus palabras. Podía estar enfadado, podía estar riéndose, podía estar pensando en una forma de cortarle el cuello con los vidrios. No tenía manera de saberlo porque la oscuridad los envolvía a los dos.     –¿Parezco capaz de hacer algo así? –preguntó, despacio, con una curiosidad helada y sincera.     –Sí –dijo.     Otro silencio tensó el aire que los rodeaba. Sin saber por qué, Daniela lo imaginó sonriendo. Pero no era una sonrisa divertida y cruel sino amarga y triste.     –Supongo que lo soy –dijo, con un susurro enigmático que la estremeció y electrificó el aire.     –Estás demente –dijo, intentando retroceder, resbalando con su propia sangre–. Fuiste demasiado lejos…     –No me caes bien, Dani –dijo, atrapando con suavidad las manos que intentaban arrastrarse, tirando lentamente de ellas–. Quizás te odie lo suficiente como para hacerte daño. Pero, esta vez, no fui yo. No importa si no me crees.     –¿Y qué haces aquí? –preguntó, debatiéndose entre dejarse alzar y resistirse.     Pero antes de que pudiera apartarlo, Enzo la rodeó con los brazos y se levantó con ella. Como aquella vez en la calle, en un impulso provocado por el vértigo, la muchacha se sujetó de su camisa.     –Hace horas que estás aquí. Vine a decirte que regresaras.     –¿Y cómo sabes que estoy aquí hace horas? –preguntó, con un susurro, mientras él pasaba por encima del vidrio y los crujidos interrumpían el silencio.     –Porque alguien apagó la caldera –dijo, tan calmado que la muchacha tuvo la sensación de que, entre ellos, se había abierto la g****a de una tregua frágil–, así que busqué a esa persona en todos los rincones de la casa.     La acomodó en sus brazos mientras salían y Daniela se sujetó de su hombro por instinto. Sus dedos aflojaron la presión enseguida, avergonzados, pero no se movieron de allí. Rozó la tela de la camisa, incómoda, sin saber de dónde sujetarse ni qué hacer.     –La silla de ruedas…     –Después –dijo, secamente.     –¿Esto… es una venganza por haber apagado la caldera?     –No me importa si me crees o no –dijo, con un suspiro que contradecía sus palabras–, pero no hagas que me repita. Yo no fui.     En realidad, le creía. La luna hacía brillar sus ojos con una luz pálida y sincera. Lo estudió, aprovechando que la distancia era corta y que él miraba hacia delante… No miraba hacia delante, sino sus heridas; tenía los ojos clavados en la sangre que asomaba debajo del vestido. Que goteaba y dejaba rastros oscuros en el jardín.     Ninguno de los dos habló mientras atravesaban la penumbra hacia el halo de luz que escapaba por los vidrios de la mansión. Se sintió extrañamente cansada. Como si la euforia hubiera desaparecido de sus músculos, dejándola a solas con el dolor y un cosquilleo de somnolencia.     Quería cerrar los ojos y dormirse en sus brazos. Quería que el dolor desapareciera.     –¿A dónde me estás llevando? –preguntó, con un murmullo ronco.     –¿Cuánto te cortaste? –dijo en lugar de responder, mirando de reojo las gotas de sangre que iban dejando por la sala.     Daniela comprendió por qué le resultaba tan fácil creerle. No había regocijo en sus ojos, sino algo similar al miedo. ¿Preocupación? Una inquietud oculta detrás de la frialdad hostil de siempre.     ¿No es lo que quieres creer? Estaba demasiado cansada para dudar; por primera vez en años, quería confiar en alguien, aunque fuera solo por esa noche.     –No lo sé –dijo–. ¿A dónde me llevas?     Enzo la acomodó en sus brazos y, sin querer, la muchacha rozó su mandíbula con la mejilla izquierda. Se sujetó de sus hombros, pero no se apartó. Sentía el impulso extraño y absurdo de aferrarse con más fuerza, de pegarse a él…     Era el cansancio. El sueño era como una nube que apenas le permitía sentir el dolor, menos aún pensar.     –¿A dónde crees? –dijo, comenzando a subir las escaleras.     –Quiero ir a mi habitación –pidió, con un susurro cansado.     –No soy un taxi.     –Por favor… –dijo, antes de pensar en lo que hacía–. Me duele. No tengo fuerzas para pelear contigo.     Enzo se detuvo después de subir las escaleras y la observó por un instante. El rostro, el cuerpo, las heridas. La sangre que continuaba goteando. Allí estaba de nuevo, el brillo de ansiedad que resultaba apenas perceptible. No era compasión; Daniela conocía muy bien el destello compasivo en las miradas que la hacían sentir patética. La lástima es algo que una persona puede evitar o permitirse; un privilegio. La preocupación…     No recordaba que alguien, alguna vez, la hubiese mirado con preocupación. No seas tonta. ¿Por qué se preocuparía por ti?     –Déjame ver eso primero –dijo, con un tono frío, avanzando por el corredor.     No había nadie en el primer piso. Los criados probablemente estaban amontonados en torno a la cocina. Enzo la llevó hacia el baño, abrió la puerta con el codo y encendió la luz. La dejó sobre el retrete con una suavidad extraña.     Daniela extendió las piernas mientras él se giraba para revisar el botiquín; se levantó el vestido y estudió las manchas de sangre. Tensó los músculos todo lo que pudo y líneas de un rojo más claro aparecieron dibujadas en su piel.     –No hagas eso –dijo, acercándose una vez más a ella.     Dejó las cosas a un costado y se agachó para mirar sus heridas. La obligó a separar las piernas y la muchacha sintió un escalofrío extraño mientras Enzo levantaba su vestido un poco más.     Cerró las piernas por instinto y, para su sorpresa, una mano tranquilizadora bajó por su pantorrilla en una caricia que intentaba tranquilizarla. No la miró a los ojos. No habló. Ese gesto extraño fue suficiente para que ella cediera y separara ligeramente las rodillas.     No dejó de clavar los ojos oscuros en él, de pronto tan despierta que escuchaba incluso los latidos de su corazón. Daniela se había sentido vulnerable muchas veces después del accidente. Pero nunca había escuchado un silencio tan profundo. Nunca había sentido que el tacto de alguien más, aun si la obligaba a tensar las piernas, no era desagradable.     Enrojeció mientras él no la observaba, sin saber por qué, sin comprender qué le pasaba a su cuerpo. Se habría odiado, tal vez, si lo hubiese comprendido. Pero nunca la habían tocado de esa forma, en un silencio así, mientras el goteo de la bañera resonaba cada pocos segundos con un estruendo incómodo.     Enzo comenzó a limpiar sus heridas con alcohol y la muchacha tensó un poco más las piernas. Lo miró con los ojos muy abiertos cuando él se acercó a su piel y sopló, como sin pensar, sobre sus heridas. Daniela apartó las rodillas de su boca.     –Duele –mintió, ignorando el cosquilleo helado y caliente que corría en sus venas.     Por fin alzó el rostro y sus ojos verdes se clavaron en ella. Temió que notara la sangre en sus mejillas. Temió que viera su confusión detrás de la ira que estaba fingiendo. Pero Enzo parecía perdido en su propia tormenta; su expresión estaba a medio camino entre endurecerse y suavizarse. Y solo miraba sus ojos.     No hizo ni una cosa ni la otra, tampoco respondió. Volvió a sujetar sus piernas y cambió el algodón para terminar de limpiar la sangre. Daniela lo dejó hacer, mientras su nerviosismo se diluía. Pero el rubor en sus mejillas no desapareció.     –Dijiste que no te caigo bien –murmuró.     Él se detuvo por un instante, pero no la miró a los ojos. Se limitó a ladear una sonrisa agria y, por un rato, respetó la profundidad del silencio que los rodeaba. Resonó una gota de agua en la bañera. Los segundos se volvieron más lentos y más incómodos mientras él la obligaba a abrir un poco más las piernas. Resonó otra gota. Como si alguien diera un golpecito en la tensión del aire.     –No me caes bien –respondió, después de un minuto eterno.     Entonces…     –Entonces ¿por qué haces esto?     ¿Por qué la suavidad y la calidez de sus manos? Todavía podía ver el odio detrás de su mirada, pero ya no lo comprendía.     Enzo ladeó el rostro, sin responder, y tomó un rollo de vendas. Aisló sus heridas, despacio.     –Yo tampoco lo sé… –dijo, distraído–. ¿Humanidad?     Esbozó una sonrisa ladeada, mientras ataba las vendas. Pero se marchitó de prisa. Para cuando terminó y alzó los ojos hacia ella, su expresión era intensa y oscura.     –Hipocresías aparte –susurró, con una frialdad hostil que la devolvió a la realidad como una puñalada–, no me importa en lo más mínimo si te lastimas o te mueres.     Daniela apartó las piernas y esbozó una mueca que podía parecerse a una sonrisa.     –Ahora sí estás actuando como tú…     –Pero hay alguien en esta casa que te odia más que yo. La próxima vez, quizás no sean las piernas sino la garganta.     –¿No te importa si me muero? –dijo, despacio, con un brillo divertido en los ojos oscuros, de nuevo llenos de rabia–. Pareces preocupado por mí.     Sonrió y soltó un bufido al mismo tiempo, mientras apartaba una mirada inescrutable.     –No puedes morirte –dijo, con un hilo de voz. Se inclinó, sin avisar, la rodeó con los brazos y volvió a alzarla. Los ojos que se clavaron en ella volvían a estar llenos de desprecio, en contradicción con las manos que la sujetaban con suavidad–. Tienes un juego que perder antes de morir.     Esbozó una sonrisa filosa mientras ella tensaba el cuerpo y lo estudiaba. ¿Quién era realmente ese hombre? ¿Y por qué había una tormenta tan profunda en el fondo de sus ojos? Quería saber. Quería que desapareciera, que la dejara en paz, pero, por primera vez…, también quería saber de dónde venía el odio cristalizado con el que la observaba. 
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