Alzó el rostro y dejó que el agua de la ducha corriera por sus párpados cerrados. No quería pensar en nada. No quería sentir nada. Pero los mismos pensamientos y los mismos sentimientos (las mismas imágenes que brotaban de su memoria) continuaban girando en su cabeza como un perro que se perseguía la cola.
Luchaba contra sus recuerdos cuando el agua, de pronto, se enfrió. La diferencia de temperatura lo dejó sin aire. Dio un paso atrás, sobresaltado, y colocó un brazo bajo el chorro de agua. Helada. Como si alguien hubiera congelado las cañerías de agua. Como si alguien hubiera… apagado la caldera. ¿Qué diablos…?
Apretó los dientes, tiritando de frío, y cerró el agua. Tomó la toalla y se secó antes de que sus brazos comenzaran a temblar. Se vistió con el calzoncillo y los pantalones y salió del baño, sin importarle que su cabello aun goteara sobre su torso desnudo, ni que sus pies dejaran huellas de agua.
Un muchacho que pasaba por el corredor se detuvo para observarlo con ojos sorprendidos.
–El agua caliente se ha cortado –dijo, conteniendo su irritación para no descargarse con él.
El criado abrió la boca y balbuceó algo incomprensible antes de emitir palabras claras.
–No puede ser, señor… La caldera está encendida las 24 horas…
Enzo apretó los dientes y se giró antes de que el muchacho pudiera terminar de hablar. Dio pasos rápidos hacia las escaleras y bajó hasta el sótano. El silencio frente a la puerta cerrada era absoluto. Tiró del picaporte para abrir, pero la cerradura crujió y le negó el paso.
–No comprendo… –murmuró el criado, que al parecer lo había seguido–. ¿Por qué alguien cerraría la puerta…?
¿Por qué alguien apagaría la caldera y cerraría la puerta con llave mientras me estoy bañando? Qué infantil. Era una jugada estúpida, una venganza inofensiva e infantil, pero Enzo aún sintió que le hervía la sangre. ¿Por qué?
No era la ducha interrumpida ni el agua helada. Lo irritaba ella. El hecho de que continuara peleando. Que le pusiera las cosas más difíciles, que lo desafiara, que lo hiciera dudar. Que no se pareciera lo suficiente a la princesa privilegiada que él había esperado encontrar.
El muchacho bajó los últimos escalones, sin saber qué hacer, e intentó abrir la puerta.
–Olvídalo –dijo, intentando no ser grosero a pesar de su mal humor–. Gracias.
Volvió a subir, sin esperar una respuesta, y se detuvo en el primer piso. Caminó hacia por los pasillos en penumbra, ignoró el empapelado que lo ponía nervioso, evitó los recuerdos que intentaban tragarlo. Se detuvo frente a la puerta de su habitación, alzó la mano para golpear, la suspendió en el aire antes de emitir sonido.
Recordaba esa habitación. Las paredes de color lila, el olor a flores, la cuna recién comprada. Y la luz que entraba a raudales por la ventana abierta. Recordaba todo eso. Recordaba el llanto insoportable de un bebé.
Golpeó, con rabia contenida, y los recuerdos se diluyeron en el aire como humo. Lo único que respondió a sus golpes, sin embargo, fue un silencio pesado. Golpeó otra vez, esperó una respuesta que no llegaba.
–Daniela –llamó.
No estaba allí. El silencio absoluto solo podía escucharse en la soledad de un cuarto vacío. Enzo sintió que su rabia comenzaba a hervir; golpeó la pared, ignoró tanto el estruendo como el dolor en los nudillos y se dirigió una vez más hacia el baño.
Terminó de vestirse, con una ira más calmada, mientras pensaba en qué hacer. Le tocaba devolver el golpe. Si ella quería hacerle frente, si quería luchar aquella guerra estúpida, lucharían los dos. Enzo no tenía nada que perder, ni tampoco tenía prisas. Cuanto más lo intentes, tonta, más te dolerá si no lo consigues.
Se convenció de que era mejor así. Se recordó que parte del plan era lastimarla. Y salió del baño, molesto, antes de que aparecieran las dudas.
Recorrió la casa, ignoró las miradas curiosas de los pocos criados que aún trabajaban allí; la buscó durante varios minutos, cada vez más molesto. Aunque no quisiera admitirlo, cada vez más ansioso. No le gustaba que la gente desapareciera. Se sentía otra vez aquel niño que escuchaba gritos y no sabía en cuál de aquellas habitaciones buscar a su madre.
No era tu madre. Nada, en esta casa, fue tuyo.
Se detuvo frente a las escaleras, a punto de rendirse. Ya no estaba enfadado. La rabia había quedado desperdigada entre los escalones y pasillos. Entonces, ¿por qué continuaba buscándola? ¿Qué le importaba si se la había tragado la tierra o si había salido a comprar pan?
Se forzó a dar un paso atrás, y comenzaba a girarse cuando recordó el gimnasio que estaba más allá del jardín. Sin pensar en lo que hacía, bajó con pasos rápidos y salió al jardín. Atravesó árboles y flores sin prestar atención a nada, bañado por la luz anaranjada del crespúsculo y estremecido por la brisa que removía su cabello mojado. Distinguió el edificio y caminó hacia él.
Se detuvo frente a la ventana y movió las enredaderas para asomarse a mirar. Estaba allí. Se sujetaba de las barras e intentaba moverse. Todo su cuerpo temblaba, sus piernas no dejaban de doblarse como ramas que se quiebran, pero aún así… La vio dar un paso.
Tensó sus músculos y fue incapaz de moverse, o de pensar, mientras miraba. Tal vez, simplemente, no quería. No quería moverse ni pensar. Odiaba su determinación, pero también la admiraba. Y no tenía ni idea de qué hacer con eso.
Odiaba la amargura que oscurecía sus ojos, pero el dolor que brillaba detrás le provocaba dudas. Tampoco tenía ni idea de qué hacer con eso.
Quería que se cayera, se lastimara y dejara de intentarlo. Pero también, aun si no lo comprendía, deseaba que diera un paso más. Quería verla caminando.
La única respuesta que podía dar a sus propias dudas era más odio. Lo demás no tenía importancia; solo el odio podía permitirle destruirlo todo. Podía expulsar la culpa. Podía ayudarlo a lastimarla. Si no se aferraba al odio, sus planes se desmoronarían; y la venganza era la única cosa que lo mantenía de pie.
Sin ese odio, él también se rompería en pedazos.
Soltó la enredadera y dio un paso hacia atrás, inquieto. La posibilidad de que ese odio se le escurriera de las manos lo aturdió. Con una ansiedad que no comprendía, miró la silueta que aún se vislumbraba entre las sombras.
Deseó que el edificio se destruyera.
Deseó que aquella muchacha se esfumara del mundo.