A mi manera

2237 Words
“Lo siento, señorita, pero ya no puede despedir a nadie. El señor ha tomado el control completo de las cosas. Todo lo que suceda en la mansión…”. Las palabras de Elena, lejos de hacerla enfadar, le habían hecho gracia. Él había decidido usar a los sirvientes para que no le permitieran salir; lo único que debía hacer ella, entonces, era echarlos. No necesitaba despedirlos para hacer que se fueran. Siempre había tenido un talento especial para repeler a las personas. –¿No pueden hacer nada bien? –preguntó, con un tono calmado, a las dos criadas que miraban el piso. El corredor estaba tan silencioso que sus palabras hacían eco. Ninguna respondió. Sus ojos brillaban con un halo vidrioso, los rasgos estaban tensos y contraídos como si ambas quisieran echarse a llorar. Daniela apretó los dientes. –Les hice una pregunta –masculló, señalando la puerta del baño con un gesto de cabeza–. ¿A cuál de ustedes se le ocurrió que era una buena idea poner el champú en el estante? –Pero siempre ha estado… –¿Te bañas tú en esta casa? –preguntó. No le importaba realmente dónde estaba el champú, porque Elena solía ayudarla a bañarse. Pero tampoco necesitaba fingir una rabia que de verdad sentía; solo le estaba dando rienda suelta al odio que guardaba dentro. Odio hacia ellas, hacia la casa, hacia su padre, hacia Enzo, hacia cada ser humano que existía en el mundo. –No, pero… –¡¿Crees que no sé a dónde está el champú?! ¿Te parezco ciega? ¡Que no pueda caminar no me hace ciega ni estúpida! La joven criada bajó la cabeza mientras se mordía unos labios trémulos. Intentaba no llorar. Se contenía con puños apretados para no defenderse. Sí, sé que es injusto. La tierra es un lugar injusto; si no puedes cambiarlo, al menos no te quedes de pie en silencio como una idiota. Estalla. Grita. Tú que sí puedes irte…, vete. –¡¿No respondes?! –insistió, con el rostro contraído por el desprecio. Acercó la silla de ruedas algunos centímetros–. ¿Eres inútil y además sorda? La joven alzó los ojos, por fin, vidriosos y llenos de rabia. Pero no dejó de morderse los labios. Daniela contuvo un suspiro y dejó que su furia aumentara un poco más, impaciente. –O muda, tal vez –masculló–. Le dije a Elena que no contratara gente como tú, pero se ve que tampoco sabe hacer su trabajo. Pregunto solo por curiosidad: ¿hay algún idiota en tu familia? ¿Tu padre o tu madre, tal vez…? –¡No puede…! Daniela sonrió. –En mi casa, puedo hacer cualquier cosa –dijo, con una mueca de desdén–. Si no te gusta, sabes dónde está la puerta. El odio en los ojos de la criada llegó a arder con tanta fuerza que la muchacha pensó que estallaría. Pero, antes de que pudiera abrir la boca y estallar, la más joven de las dos se echó a llorar inesperadamente. Se cubrió el rostro y corrió por el corredor hasta que sus pisadas se convirtieron en pasos desesperados que bajaban las escaleras. Después de pocos segundos, escucharon el sonido de la puerta cerrándose. –Si vive así, se quedará sola –dijo la otra criada, un poco más tranquila, con un tono cargado con rencor pero también con lástima–. Lastimará a las pocas personas que la quieren y tendrá que vivir con esa culpa por el resto de su vida. Daniela crispó su sonrisa. Los consejos estúpidos y la compasión eran las dos cosas que más odiaba en el mundo. –Estoy deseando que te quedes –dijo. Su tono de voz era poco más que un murmullo–. De pronto siento la necesidad de hacerte la vida imposible. –Nos hace la vida imposible todos los días –dijo ella–. No se preocupe, juntaré mis cosas y yo también me iré. ¿Cuántas personas han renunciado esta semana? Cuando ya no quede nadie, ¿limpiará usted los pisos? Me gustaría ver eso. Antes de que Daniela pudiera contestar, la muchacha pasó junto a ella y se fue, con paso enfadado y firme. No pudo evitar una sonrisa imperceptible, cínica y satisfecha; estaba a punto de girarse para ver la espalda de la joven cuando sus ojos lo encontraron a él. Su sonrisa, poco a poco, se pudrió hasta volverse amarga. Al final del corredor, apoyando el hombro en la pared, observaba la escena con los brazos cruzados. Y una expresión hostil. A veces, Daniela tenía la sensación ridícula de que aquel hombre no era un ser humano. Encajaba demasiado bien en los rincones más oscuros de la mansión, como si hubiera nacido solo para pasar una eternidad en ella. Parecía uno de esos espectros que, durante siglos, buscan venganza. De esos que te atrapan con los ojos y te arrastran al infierno. Retomó su sonrisa por un instante, como saludo irónico, y luego lo ignoró. Empujó la silla de ruedas hacia el baño y cerró la puerta. Se convenció de que no huía. Se quedó quieta por un instante, con las manos en los aros de la silla y la mirada perdida más allá de la pared. No estaba huyendo. No la asfixiaba el odio de sus ojos ni sentía una ansiedad extraña debajo de la piel. Apretó los dientes, soltó un suspiro y acercó la silla a la bañera para abrir el grifo de agua. Pero sus ojos se clavaron por instinto en el estante, tal vez porque la navaja de su padre brillaba con una luz que parecía propia. Tal vez porque se había acostumbrado a fijar los ojos en todo lo que tenía filo. Las imágenes aparecieron en su mente como una sucesión fugaz. El dolor metálico en la piel, la línea roja, la sangre desbordando de su cuerpo… Todos sus sentimientos desaparecieron mientras observaba el brillo de la muerte en el metal. La ansiedad, la impotencia, la desesperación y el dolor que la asfixiaba; todo se esfumó despacio, como si la luz que se reflejaba en la navaja hubiera encandilado el órgano que se encargaba de las sensaciones. No alcanzaba el estante si no se ponía de pie. Pero podía hacerlo. Solo ponerse de pie un instante, tomar la navaja de afeitar y abrirse las venas antes de caer al piso. Era un instinto tan fuerte que no podía apartar los ojos. Un alivio precoz le recorría la sangre como un cosquilleo. Un corte y nada más. Un corte y luego esperar la muerte. Un corte… Entonces la puerta del baño se abrió. Daniela dio un salto, sorprendida. Antes de que pudiera girarse, escuchó el pestillo que los encerraba. Y el sonido de los pasos que se acercaban a ella. No era el ama de llaves. Eran las pisadas de un hombre. Todo su cuerpo se tensó, su corazón bombeó un poco más de prisa y volvió a sentir que una mano le cerraba la laringe. Todo regresó. La ansiedad, la asfixia, la impotencia…, la rabia y el odio. Supo que era él antes de que entrara en su línea de visión. Enzo se acercó a la ducha, sin mirarla, y colocó el tapón en la rejilla antes de abrir el grifo de agua caliente. –¿Qué diablos haces? –preguntó, retrocediendo. Pero la puerta estaba cerrada y el respaldo de la silla la delató con un sonido seco cuando chocó con la madera. Enzo se giró para mirarla. Sus cejas se arquearon imperceptiblemente y un brillo divertido cruzó sus ojos como si absorbieran la luz. Pero aun si brillaban, aun si eran tan verdes como la esmeralda más pulida, no dejaban de parecer oscuros. Llenos de sombras. ¿Qué había pasado por esos ojos, qué habían visto, para oscurecerse tanto? ¿Cómo podía convertirse la esmeralda en un selva siniestra y fría? –Te doy una mano –respondió, con un tono falso que a Daniela le provocó un escalofrío–. No puedes bañarte sola. –¿Estás loco? Cuando él se giró del todo y se sentó en el borde de la bañadera, la diversión parecía haber desaparecido de sus ojos. Se clavaban en ella con demasiada intensidad. Con el rostro apenas ladeado, Enzo se limitó a observarla mientras el sonido del grifo abierto aumentaba la tensión entre los dos. Daniela intentó deshacerse del frío extraño que le erizaba la piel. Disimulando lo rápido que latía su corazón, le sostuvo la mirada en silencio. ¿Era temor el cosquilleo en la boca del estómago? ¿Por qué? Si había flirteado con la muerte dos minutos antes, ¿a qué podía tenerle miedo en ese instante? Pero, aun así, el cosquilleo no desaparecía. Tal vez fueran sus ojos. Tal vez, la idea de que estaba encerrada y no podía escapar a ningún lado. –Casi no quedan criadas –dijo él, por fin, después de un rato. En sus ojos se superponían hostilidad y diversión–. Estás a punto de conseguir que renuncien todas. –¿Estás aquí por eso? –preguntó, entornando los ojos. –Sí –dijo, con una sonrisa hipócrita–. No puedes bañarte sin ayuda. Tampoco puedes meter en tu baño a cualquier hombre. –Puedo bañarme sola –masculló. Enzo ladeó su sonrisa y no se molestó en responder; ambos sabían que estaba mintiendo–. ¿Dónde está Elena? –Ocupada. La muchacha apretó los dientes y tardó varios segundos en hablar. –¿Es una venganza? –preguntó. Él tensó el rostro, apenas un instante–. ¿Porque hice que renunciaran las criadas a las que habías comprado? Enzo suavizó sus rasgos, volvió a esbozar una sonrisa y se giró para medir el nivel del agua. Metió una mano, despacio, la deslizó por como si probara la temperatura. –Tal vez –susurró. Se irguió y esperó un instante antes de darse la vuelta. Las gotas que se desprendían de su piel aterrizaron en el suelo, sin sonido–. ¿Te quito la ropa? El desenfado de sus ojos la asustó. No parecía una persona que supiera detenerse. –Sal –dijo, con el rostro tenso por la rabia. Enzo se limitó a esbozar una sonrisa y avanzó hacia ella, despacio. La muchacha se aferró a los aros de la silla mientras la impotencia volvía a inundar su pecho con dolor y rabia. Quería ponerse en pie. Quería hacerle frente, estar a su altura, tener la posibilidad de abrir la puerta y empujarlo. Sintió que las lágrimas le pinchaban los ojos, pero no las derramó, porque el odio se expandió en su mente hasta oscurecerlo todo. –Eres un cobarde –susurró. Enzo se detuvo frente a ella, con las manos en los bolsillos y las cejas alzadas–. ¿Solo peleas donde sabes que no puedes perder? Todo rastro de diversión desapareció de sus ojos. Se inclinó hacia ella y su sombra la envolvió despacio hasta tragársela. –Sí –murmuró, su voz helada, sus ojos más oscuros que nunca–. Ya he perdido demasiadas veces. Así que no pelees conmigo. Saldrás herida. –Eres tú el que no me deja en paz –dijo, despacio, entre dientes. Enzo esbozó una sonrisa imperceptible, fría. –Porque no te rindes –susurró–. Porque no dejas de desafiarme con los ojos. –¡Eso es porque no me dejas en paz! –gritó, sintiendo que un calor oscuro la devoraba por dentro. Odio. Un odio que la descomponía. La sonrisa ladeada la irritó aún más. La diversión en sus ojos brillaba por momentos y, en pocos segundos, se convertía en una oscuridad que parecía querer tragarla. Sombras y luz convivían de forma retorcida en sus ojos verdes. Daniela odiaba eso. Odiaba verlo sonreír, odiaba que se metiera en su vida, odiaba… que la odiara con tanta fuerza. –¿Te ayudo a quitarte la ropa o no? –Tócame y te mataré mientras duermes –dijo, con un hilo de voz. Enzo volvió a sonreír, con una confianza que se clavó en estómago como un nudo de impotencia. No necesitaba burlarse de ella, ni insultarla, no necesitaba emitir un solo sonido; su sonrisa era más que suficiente para que ella se sintiera insignificante, atrapada, inútil. Él asintió con la cabeza, se irguió y la miró por unos segundos sin decir nada. Luego pasó a su lado y, endureciendo su sonrisa, destrabó la puerta. La muchacha se movió hacia delante para dejarlo salir y enseguida se quedó a solas con el silencio del baño y los latidos acelerados de su corazón. Enzo había cerrado el grifo. El agua llenaba la bañera, el champú estaba al alcance de la mano. Miró a su alrededor, aturdida y ansiosa, ligeramente agitada sin saber por qué. Sus ojos se toparon con el brillo de la navaja por segunda vez, pero pasaron de largo. El destello no la llamó de nuevo, la muerte no consiguió que la escuchara. Después de todo, no podía dejar de ver sus ojos; no podía borrar esa sonrisa de su mente. El odio y la ira la cargaban con una fuerza nueva. Lo despreciaba tanto que, al menos ese día, olvidó que quería morir. Con un suspiro irritado, se acercó al agua.
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