Ladeó el rostro y la observó con una expresión oscura. Ella continuó comiendo y, durante un rato, el silencio los envolvió por separado en burbujas distintas. Su cabello reflejaba la luz de la lámpara como si fuera brea líquida que se derramaba sobre sus hombros. Se había puesto un vestido n***o y, entre la palidez y la oscuridad, sus labios eran lo único que resaltaba. Parecía una princesa sacada de algún cuento. La princesa de las sombras.
Enzo quería preguntar, pero un repentino mal humor lo disuadió enseguida. Se llevaran bien o no, eso no cambiaba el hecho de que eran iguales. Como si se protegiera de algo desconocido, se esforzó por odiarla un poco más.
–¿Has cenado con alguien, alguna vez? –preguntó, esbozando una sonrisa imperceptible.
Los ojos negros lo fulminaron enseguida, el rostro tenso en una expresión que destilaba odio, la mano derecha aferrada al mango del cuchillo.
–¿Qué diablos te importa?
Enzo ensanchó su sonrisa y cortó su comida con las cejas alzadas. Por fin. Todo estaba demasiado tranquilo.
–¿Así le hablas a tu hermano mayor?
–¡No eres mi hermano!
–Ese carácter… Ese carácter es el problema –dijo, sin mirarla–. Por eso no tienes amigos.
Continuó comiendo, expectante, esperando sus gritos y berrinches. Pero el silencio que siguió a sus palabras lo obligó a alzar el rostro hacia ella. Sonreía. Enzo ocultó su confusión detrás de otra sonrisa tensa.
–¿Y tú? –preguntó, llevándose el tenedor a la boca. Inconscientemente siguió el movimiento de su mano y observó el metal entre los labios rojos–. ¿Tú tienes amigos?
Parpadeó despacio, con frialdad, y alzó la mirada para sostener la suya. Ensanchó un poco su sonrisa tensa.
–¿Qué te hace creer que no?
La muchacha se encogió de hombros y engulló un bocado más; masticó, sin prisas, mientras él esperaba.
–Un solitario reconoce a otro solitario –dijo, con un tono apático.
Sus palabras lo irritaron. No quería tener nada en común con ella, no quería que supiera nada sobre él, no quería darle la razón aun si la tenía. Bebió agua para que no se notara la tensión en su rostro, apoyó el vaso y el sonido resonó en el silencio.
–Razón de más para llevarnos bien –murmuró, con una sonrisa falsa en los ojos que se clavaban en ella.
Bufó y esbozó una mueca.
–Hipócrita –dijo, en un susurro, mientras cortaba el último trozo de carne que le quedaba en el plato.
Esta vez no respondió con una sonrisa. La miró con tanta intensidad que ella alzó los ojos; se inclinó hacia delante, cruzando los brazos sobre el borde de la mesa, y tensó lentamente la mandíbula.
–¿Qué? –preguntó, ladeando el rostro.
Aun si su mirada era fría y oscura, la muchacha no reaccionó.
–Que eres un hipócrita –dijo, sosteniendo sus ojos como si aceptara un desafío.
–¿Por querer llevarme bien con mi hermana? –preguntó, forzando una sonrisa leve.
–¿No sabes lo que significa la palabra hipócrita?
Bajó la mirada para reírse, la observó con incredulidad; era odiosa. Realmente odiosa. La señaló con el tenedor que tenía en la mano, entornando los ojos y olvidándose de fingir.
–Por eso no le caes bien a nadie –dijo, y aunque sus palabras eran crueles, no tuvieron ningún efecto en ella. Se encogió de hombros, sin más.
–No quiero caerle bien a nadie –dijo. Detrás de la frialdad de sus ojos había un brillo de satisfacción–. La gente es falsa y egoísta.
–¿Y tú no?
–Yo también –dijo, asintiendo con la cabeza, bajando los ojos hacia el plato.
Enzo abrió la boca para contestar, pero la cerró al instante. Su mirada cambió ligeramente mientras estudiaba las facciones de aquel rostro de princesa. ¿Había algo que no fuera odio y amargura detrás de su belleza fría? Se preguntó, por primera vez, cómo había crecido realmente aquella muchacha.
–¿Ni siquiera te quieres a ti misma? –Su voz fue poco más que un susurro.
–¿Eres un libro de autoayuda? –preguntó, entornando los ojos con disgusto–. ¿Tú te quieres a ti mismo?
Esbozó una sonrisa leve, agria.
–Deja de devolverme las preguntas.
Daniela lo miró de una forma extraña, durante un rato. Dejó los cubiertos a un lado, lo estudió como si en verdad pudiera ver cosas en sus ojos. Enzo resistió el impulso de cerrarlos. Sostuvo su mirada con una incomodidad cada vez más fría. Aunque mires toda la noche, no comprenderás nada.
Pero él tampoco comprendía. No podía ver un solo pensamiento detrás de la oscuridad de sus ojos. ¿Por qué? Se suponía que fuera una muchacha simple, una niña malcriada por un padre millonario. ¿Por qué asomaba un abismo de dolor en el brillo de sus pupilas?
No fue consciente de que el silencio era estruendoso hasta que ella lo rompió.
–¿Qué es lo que realmente quieres? –dijo, dejando de lado el odio por un instante. Su expresión proponía una tregua desesperada. Su sinceridad lo sorprendió. Las palabras se mezclaron en su mente.
–¿Lo que realmente quiero?
Recordó lo que quería, recordó por qué. Uno a uno, los recuerdos lo envolvieron como un aroma que anegaba las paredes. La oscuridad, el encierro, la asfixia. Los golpes. Los gritos de mujer. El rostro de un hombre, desfigurado por el desprecio. La lluvia. La tormenta. El llanto insoportable de un bebé, la sangre, el cuerpo muerto.
–¿Por qué estás aquí? –insistió.
Enzo tragó saliva, guardó silencio mientras se deshacía de las imágenes que habían comenzado a ahogarlo. Pero cuanto más miraba sus ojos oscuros, más se perdía en emociones viejas. Más recordaba el rostro desfigurado de aquel hombre que la había alzado en brazos al nacer, con una sonrisa, mientras su madre se desangraba por el parto.
El odio le permitió esbozar una sonrisa, pero no mantenerla. Las comisuras de sus labios subieron solo un instante; pesaban y la sonrisa se marchitó. Pero no dejó de mirarla con un brillo divertido.
–Para cenar –respondió, regocijándose con la rabia que volvía a arder en los ojos negros.
–Aquí en la mansión –dijo, despacio, entre dientes.
Ahí estaba. El desprecio en su rostro. El parecido impresionante. Eso era lo que quería ver, eso le recordaba lo que necesitaba recordar. Quería que lo despreciara hasta el punto en que respirar el mismo aire que él se convirtiera en un infierno.
–Porque es mi casa.
Lo pronunció despacio, con la intención de hacerla enfadar. Pero ella no estalló, como esperaba, sino que lo miró con una desesperación un poco más profunda.
–Me odias –dijo, confundida.
–¿Yo?
–Lo puedo ver en tus ojos.
Desvió los ojos para reírse con desdén.
–¿Por qué te odiaría? –preguntó, entre dientes. Volvió a mirarla y sostuvo una sonrisa irónica–. Somos hermanos.
–Te lo preguntaré una vez más, y será la última –advirtió, oscilando entre la paciencia y el odio. Se estaba conteniendo. Sus puños estaban cerrados y sus labios formaban una línea fina. La madurez que intentaba mostrar le pareció irritante–. ¿Qué quieres? Si me dejas en paz, puedo darte cualquier cosa.
Sonrió, esta vez espontáneamente. La estudió por un instante, con un brillo burlón, y negó con la cabeza.
–No puedes darme lo que quiero.
–¿La casa? Puedes quedártela–dijo, con frustración. Parecía ansiosa por convencerlo, pero aún más por comprender. Enzo negó con la cabeza, escondiendo la satisfacción cruel que le provocaba su impotencia–. ¿Entonces qué quieres?
Dejó que la sonrisa se enfriara, la miró y, por un instante, le permitió ver. El odio brilló en sus ojos y esos ojos la envolvieron, como si quisieran tragarla. La muchacha se tensó. La amenaza flotó entre ambos.
–A ti. A tu padre –dijo, con una ferocidad sincera.
Todo su desprecio vibró en esas palabras. El silencio les otorgó un eco oscuro y la tensión los envolvió por completo durante varios segundos. Se midieron con los ojos. El odio pareció oscurecer la sala por un instante.
Entonces Enzo volvió a sonreír.
–Ya te lo dije. Quiero volver a conectarme con mi familia. –No pudo evitar reírse de sus propias palabras, así que bajó los ojos y continuó comiendo para disimular.
–Eres un imbécil –dijo, susurrando cada palabra con una calma fría.
–Las cenas en familia son las mejores –dijo, ladeando una sonrisa irónica mientras la señalaba con el vaso.
La muchacha apretó los dientes y, por un instante, no hizo nada más que mirarlo con una mueca de horror y desprecio. Inclinó el torso hacia delante.
–Lo que sea que quieras… –dijo, con un tono bajo que parecía concentrar todo el odio del mundo– me aseguraré de que no lo consigas.
Sintió una emoción extraña debajo de la piel. Como un entusiasmo retorcido. Le sostuvo la mirada y una media sonrisa se formó sola, lentamente, en su expresión.
–Inténtalo, Dani –dijo, pronunciando su nombre con una hostilidad amenazante–. Veamos quién llega más lejos.