El espejo le devolvía una mirada tan rota que por un instante sintió pena de sí misma. Apretó los dientes, intentó endurecer la oscuridad de sus ojos, pero solo consiguió que las sombras se humedecieran. Contuvo las lágrimas con todas sus fuerzas, giró la silla para apartarse del espejo y las estrellas la saludaron desde el otro lado del vidrio.
Deseó que estallaran. Que todas las estrellas del universo decidieran explotar en ese mismo instante y lo destruyeran todo.
Tres golpes resonaron en la habitación. Daniela giró la silla hacia la puerta, por instinto, y la observó durante un momento demasiado largo. No quería ver a nadie. No quería mostrar la mirada que había encontrado en el espejo.
–Pasa –dijo, sin embargo.
No le sorprendió ver el rostro del ama de llaves cuando se abrió la puerta, pero la tensión de un ceño preocupado y la palidez de su piel le advirtieron que algo andaba mal. Sujetó los aros de la silla, por instinto.
–Señorita… –dijo Elena, avanzando un paso dubitativo. La muchacha frunció el ceño–. El señor quiere que baje a cenar.
Daniela dejó que la expresión de su rostro se paralizara mientras se le revolvía el estómago. La rabia no estalló. Apareció lentamente como un cosquilleo que le templaba la sangre. Un caldo vomitivo que, a fuego lento, comienza a quemar y hervir. Esa era su rabia en ese momento: gradual, permanente y profunda.
–Dile que no.
El ama de llaves bajó los ojos, oscurecidos por una ansiedad extraña. Parecía tenerle miedo, ¿por qué? Daniela nunca la había visto temerle a nadie.
–Si no baja…
–Si no bajo a cenar con él, ¿no cenaré en absoluto? –preguntó, con una sonrisa irónica que se marchitó y convirtió en una mueca–. ¿Estamos filmando La bella y la bestia?
–Señorita…
–De todas maneras dile que no. Prefiero morir de hambre.
Desvió la silla y la dirigió hacia la cama. Elena se adelantó y, con una mirada de reproche, le bloqueó el paso y se sentó sobre el acolchado gris. La muchacha frunció el ceño y sus ojos volvieron a iluminarse con una llama de odio.
–Puede pasarse días sin comer y aun así no conseguirá nada.
–Aun así –masculló–. No pienso bajar a cenar.
–Escúcheme, antes de responderme –pidió, con ese tono paciente que solo conseguía irritarla más–. Ese hombre… es peligroso. Peligroso para usted y para su padre. No es la clase de persona a la que puede vencer con mucho orgullo y unos cuantos gritos.
–¿Qué clase de persona es? –La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera cerrar la boca.
–¡Una persona peligrosa! –insistió, inquieta, como si las paredes pudieran escuchar. Daniela soltó un suspiro irritado–. Lo que digo es que si va a luchar con él, tiene que ser de forma inteligente. No sea impulsiva. O no tendrá una sola oportunidad.
–¿Obedecer todo lo que pida es inteligente? –preguntó, alzando las cejas.
–Matarse de hambre es estúpido –dijo, con una mirada suplicante.
–No moriré –dijo, de mala gana–. Y si muero…
…tanto mejor. Pero no lo dijo porque los ojos de Elena se abrieron como platos y pudo ver el dolor en la profundidad de sus pupilas. Desvió la mirada, incómoda, mientras sus deseos de discutir comenzaban a apagarse.
–No puede decir esas cosas –reprochó, con un hilo de voz tan angustiado como molesto–. Yo…
–¿Quieres que baje a cenar? –preguntó, intentando ocultar los sentimientos que flotaban en el aire. Soltó un suspiro irritado–. Bajaré a cenar. Sal y dame diez minutos.
Movió la silla hacia el tocador y solo vio de reojo la silueta del ama de llaves; parecía un poco más pequeña, más encorvada, más triste. Escuchó sus pasos lentos, luego el sonido de la puerta cerrándose.
Ahogó el cosquilleo inquieto, casi de culpa, y se aferró a un enfado irracional porque era lo que mejor la protegía.
El comedor era uno de esos lugares que, en otra época, se habían diseñado para iluminar con fuego. Las lámparas de la araña proyectaban demasiada luz en un espacio de paredes oscuras y rincones que estaban hechos para albergar las sombras.
Empujó las ruedas, despacio, hacia la mesa a medio armar. Los criados entraban y salían con platos y cubiertos; los que pasaron a su lado la saludaron con una inclinación de cabeza y en silencio. El clima era extraño. Después de todo, hacía muchos años que nadie ponía la mesa. El comedor había pasado mucho tiempo sin usarse, porque no había ninguna familia en aquella mansión para compartir una cena.
Un joven se acercó para ayudarla, pero Daniela lo detuvo con un gesto y negó. Se empujó con los brazos y pasó su cuerpo con facilidad, como quien mueve una cosa, a una de las sillas. Los criados fueron desapareciendo, pero un muchacho se apostó en la entrada para esperar indicaciones.
–Ve a comer –dijo, irritada.
El criado dudó, pero finalmente decidió que era mejor obedecer. A solas en aquella sala enorme, con el olor de la comida y la profundidad del silencio, miró la entrada. Deseó que no apareciera. Que se lo tragara la tierra o lo partiera un rayo.
Pero, si la había hecho bajar, ¿por qué tardaba? Apretó los dientes, soltó un suspiro y comenzó a servirse la comida. Los cubiertos tintineaban con más eco, como si intentaran delatar el silencio y la soledad.
Comió, sin prisas, mientras sus ojos se perdían mirando alrededor. Para cuando comenzó a escuchar los pasos, su plato ya estaba medio vacío. Giró el rostro hacia la puerta, por instinto, tan distraída que incluso olvidó fruncir el ceño.
Aquel hombre se detuvo en el umbral. Se tensó, desorientado, y la observó con una frialdad hostil. No la esperaba. Elena tenía razón, se dijo, bajando los ojos y disimulando una sonrisa. Continuó comiendo, con un buen humor repentino. No recordaba la última vez que había estado de buen humor.
Enzo se recuperó de la sorpresa y, sobre la hostilidad de su expresión, forzó una sonrisa ladeada. Se acercó, despacio.
–Lo siento, llego tarde –dijo, con un tono hipócrita, mientras se sentaba del otro lado de la mesa. Entornó los ojos imperceptiblemente–. No esperaba que realmente vinieras.
La camisa negra lo hacía ver ligeramente más grande; el brillo de sus ojos resaltaba un poco más. La joven subió la mirada por la piel del cuello, sin darse cuenta, y se encontró con la marca de sus dientes.
–Alguien me dijo que fuera más inteligente –murmuró antes de continuar comiendo.
Enzo esbozó una sonrisa extraña mientras sus ojos se perdían más allá del comedor.
–Elena –susurró–. No ha cambiado nada.
La joven alzó los ojos con curiosidad, pero no hizo preguntas. Su mirada volvía una y otra vez, inconscientemente, a la marca de su cuello. Enzo la atravesó con una diversión intensa.
–Te perdono –dijo, llevándose una mano al cuello, rozando la herida. Daniela sostuvo su mirada con una expresión fría.
–No me perdones –masculló, mientras él se llevaba el tenedor a la boca de forma distraída y no dejaba de observarla–. Lo volveré a hacer si te acercas.
La sonrisa se ensanchó, con el tenedor atrapado entre los labios y llamas extrañas en los ojos. Retiró el tenedor de su boca, lentamente, y lo dejó en el plato. Con los codos apoyados en la mesa, se inclinó hacia delante y la observó en silencio durante un rato.
–A veces eres idéntica a él –murmuró, estudiándola como si intentara ver más allá de sus ojos–. Y a veces no te pareces en nada.
Daniela frunció el ceño, sin comprender, irritada.
–¿De qué estás hablando?
–De papá –dijo, mirando hacia la cabecera de la mesa–. ¿Se sentaba allí cuando cenaban juntos?
Daniela tensó la mandíbula y tardó en responder. Sus ojos se enfriaron, su rostro se oscureció y las emociones la descompusieron por un instante. Bebió agua. Apoyó el vaso en la mesa y miró cómo la luz se reflejaba en el vidrio transparente.
–No cenábamos juntos.