Una princesa orgullosa con demasiada determinación.
Cruzó los brazos y miró sus esfuerzos a través del vidrio, escondido entre las enredaderas que tapaban la ventana. Se apoyó en la pared y, con el rostro tenso, se limitó a observar durante un rato.
La muchacha había acercado la silla de ruedas a las barras de metal y, en ese momento, intentaba incorporarse. Volvió a caer sobre la silla, dos veces. Golpeó el apoyabrazos y las paredes del edificio ahogaron sus murmullos de rabia. Por un momento, pareció a punto de darse por vencida.
Enzo deseó que fuera así. Que se rindiera, que no luchara. No quería empezar una guerra con una muchacha que no podía sostenerse en pie, por mucho que la odiara. Y la odiaba. Sobre todo, odiaba verla esforzarse porque eso lo hacía sentir incómodo.
Incómodo o no, no importaba. Su meta no era ser una buena persona. Se había convertido en un monstruo, porque eso era lo que necesitaba para destruir a un monstruo incluso más grande.
Daniela se incorporó de nuevo, empujándose con los brazos, y se abalanzó de golpe sobre las barras de metal. Se tambalearon ligeramente, mientras ella hacía fuerza para sostenerse y acomodaba los pies en la colchoneta azul. No intentó avanzar. Como si tuviera miedo, se aferró a las barras y se mantuvo allí.
Era molesto. Que estuviera intentándolo con tanta fuerza, que se pareciera a su padre, que lo hiciera todo un poco más difícil. Bien. Sigue luchando hasta que no puedas más. Conviértete en una molestia insoportable. Entonces ya no me sentiré incómodo.
Descruzó los brazos y, sin pensar en lo que hacía, caminó hacia la puerta entornada y la abrió. La madera soltó un crujido que llenó el silencio. Sobresaltada, Daniela intentó girar el rostro, pero las barras volvieron a tambalearse.
Enzo se quedó en su sitio y la observó, sabiendo que ella no podía voltearse para ver quién era. Con una satisfacción un poco cruel, observó la tensión en sus músculos, la piel de los brazos erizada, la cintura que intentaba mantenerse recta, los pantalones negros y holgados que oscilaban por el temblor de las piernas que apenas podían sostenerse a sí mismas.
–¿Quién eres? –preguntó, sin miedo, con un tono frío e irritado.
Tenía la misma forma de hablar que su padre; como si el mundo le perteneciera y los demás fuesen intrusos. Enzo no respondió. Dio un par de pasos hacia ella, despacio.
La muchacha intentó retroceder y sentarse, pero su pantorrilla golpeó una de las ruedas. La silla se deslizó hacia atrás, como si huyera de su alcance, como si estuviera burlándose de ella. Tensó los músculos un poco más, pero no dejó que su rabia explotara.
Enzo miró la silla y luego volvió a clavar los ojos en ella, sin ganas de sonreír. ¿Por qué tienes tanta mala suerte? Contuvo un suspiro y colocó una mano en la espalda de la silla para arrimarla a ella.
Se detuvo enseguida. ¿Qué estaba haciendo?
–Eres tú –susurró ella, con un tono amargo y frío–. ¿Estás aquí para reírte?
Lentamente, Enzo apartó la mano de la silla. Tensó los músculos del rostro y comenzó a caminar por el gimnasio, sin prisas, hasta llegar al otro extremo de las barras. Pisó las colchonetas sin quitarse los zapatos, clavó los ojos en la muchacha que lo fulminaba con desdén.
Se forzó a esbozar una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Avanzó hacia ella, entre las vigas de metal. Avanzó demasiado, hasta que su cuerpo proyectó una sombra sobre ella. La muchacha intentó retroceder, sobresaltada por la cercanía. Apretó los dientes y esbozó una mueca de frustración cuando las piernas le fallaron.
–¿Qué quieres? –preguntó, sin mirarlo.
A Enzo le pareció que sus mejillas estaban ligeramente rojas. Y que ocultaba los ojos porque, detrás del odio oscuro, brillaban la impotencia y la humillación.
–¿Te doy una mano? –dijo, ladeando el rostro con una mirada cruel.
Alzó el rostro y lo miró con una mueca irónica, cargada de odio, pero también vidriosa. Ese brillo era lo que necesitaba. De eso quería tirar, hasta que la humillación y la impotencia le impidieran volver a pisar ese gimnasio. Hasta que se rompiera, se apagara, se diera por vencida.
Podía hacer eso, porque Enzo no era una buena persona. Porque no le importaba romper a los demás y porque, de todos modos, era muy difícil sentir lástima por ella cuando lo miraba como si quisiera matarlo.
–Prefiero arrastrarme.
Desvió los ojos, sin embargo, para esconder otra cosa. Estaba cansada. Luchaba por no temblar por el esfuerzo mientras su piel se humedecía por el sudor. Respiraba con dificultad y ya no intentaba apoyarse en sus piernas; los brazos la sostenían por completo.
–Arrástrate –susurró, estudiándola.
Extendió una mano hacia ella y la muchacha intentó retroceder, pero sus brazos se toparon con aire en donde finalizaban las barras de metal. Enzo la sujetó justo antes de que se desplomara. Rodeó su cintura con un brazo, instintivamente, y la sostuvo sin dificultad.
Los ojos de carbón se clavaron en él, al borde de las llamas, braseando furia.
–Suéltame –masculló.
Puso ambas manos en su pecho e intentó empujarlo, pero Enzo no se inmutó. Sus ojos verdes brillaron con una sonrisa imperceptible.
–Si te suelto, te caerás –susurró, inclinándose para acercar su mirada a ella.
Mientras los dedos de una mano se amoldaban a su cintura (como si estuvieran hechos a medida para rodear su talle), extendió la otra hacia su frente y rozó su sudor. Ella no dejó de mirarlo y sus ojos no dejaron de brillar con un odio frío, pero no dijo nada. Enzo bajó la mirada por su cuello, limpió sin pensar el sudor que humedecía su piel en el hueco que estaba sobre su clavícula. Deslizó su pulgar, en una caricia extraña que los estremeció a los dos.
Dejó la mano allí, por un instante, distraído. Cuando volvió a la realidad, la retiró como si su piel quemase. Si no su piel, al menos los ojos que lo atravesaban como si pudieran prenderlo fuego. Le sonrió.
–No hace falta que te esfuerces así –dijo, hablando cerca de su rostro para mantener un tono bajo–. Siempre hay alguien a tu alrededor para sostenerte.
–No me gusta… ni la gente a mi alrededor –dijo, con un susurro cargado de desprecio–, ni que me toquen.
Dos impulsos contradictorios lo invadieron al mismo tiempo. Soltarla, sujetarla con más fuerza. Se limitó a sonreír y sostuvo su mirada, sin moverse, un poco perdido en la oscuridad de sus ojos. El odio que despedían le provocaba una sensación incoherente, casi como una adicción. Quería seguir mirándolos. Quería que se oscurecieran un poco más y que esas sombras lo tragaran.
Ignoró sus propios pensamientos porque, de todas maneras, no los comprendía. Déjala y vete. Había una parte de su cerebro que estaba ansiosa por salir de allí. ¿Por qué? Quizás porque había otra parte que no quería irse.
Bajó los ojos, se inclinó para sujetarla sin consultarlo consigo mismo ni con ella. La alzó en brazos.
–¡Suéltame! –gritó, con odio pero también con miedo.
La ignoró y caminó hacia la silla. Comenzó a bajarla con cuidado y, mientras aun estaba inclinado sobre ella, la muchacha lo sujetó de la camisa y lo atrajo hacia sí.
Por un instante, sintió su respiración en el cuello. La sorpresa lo mantuvo inmóvil incluso cuando sus labios le rozaron la piel. Los dedos enredados en su camisa tiraron con más fuerza. Todo sucedió en menos de un segundo. Sintió el dolor punzante incluso antes de comprender que lo había mordido.
Gruñó, sobresaltado, y cedió al impulso de apartarse. Ella lo soltó enseguida.
–¡¿Qué diablos te pasa?! –preguntó, llevándose una mano al cuello. Palpó la piel en busca de sangre, pero sus dedos regresaron limpios.
–Te pedí que me soltaras. –Había desprecio en sus ojos, pero también un velo vidrioso de impotencia–. ¡Te dije que no me gusta que me toquen!
La furia comenzó a desaparecer de su rostro, enfriada por la curiosidad y la sorpresa, mientras la muchacha giraba la silla y salía del gimnasio con una velocidad rabiosa. ¿Qué diablos…?
Abrumado por el silencio repentino, irritado por la situación, mantuvo sus ojos en la puerta durante un rato. Después de un minuto, soltó un suspiro y miró a su alrededor. En el fondo, colgado en la pared derecha, había un espejo enorme.
Se acercó hasta que su propia imagen lo miró a los ojos. Observó la herida, la frotó despacio con su pulgar.
–¿Es un vampiro? –masculló, molesto.
Pero la fuerza de su mano comenzó a evaporarse y sus dedos se detuvieron sobre la marca de los dientes. Mantuvo los ojos clavados en la línea curva, roja, que ella había grabado en su cuello. Sin saber por qué, recordó el roce de sus labios. Sintió un cosquilleo caliente en la piel, como un eco de su respiración. Rozó la marca con la yema de sus dedos.
Cuando alzó los ojos otra vez, por un instante (solo por un instante), no reconoció la mirada que encontró del otro lado del espejo.