POV Alana
Suspiré al cortar la comunicación con Ròse. Sabía que Liam podía ser un verdadero dolor de cabeza, sobre todo cuando no tenía idea de lo que quería. Por eso, yo era reacia a intervenir en su vida, porque conocía perfectamente su tendencia a huir en cuanto las cosas se volvían demasiado reales. Y eso… era lo último que necesitábamos.
Liam era parte de nuestro grupo, aunque las cosas no siempre habían sido así. Con el tiempo, y a fuerza de heridas compartidas, lo habíamos integrado, y hasta Adriel lo aceptaba. Él sabía —todos sabíamos— que si Liam se iba otra vez, la que se sentiría culpable sería yo. Porque, de una u otra forma, yo había sido la causa de que se alejara tanto tiempo.
Aun así, era difícil hacerle entender a un hombre que vive negando lo que siente, que se ha vuelto a enamorar. Y más difícil todavía convencerlo de que eso no está mal.
Liam no debía castigarse por los errores de su padre. Ese hombre fue una bestia. Y no una de esas bestias de los cuentos de hadas que se transforman en príncipes cuando alguien las ama lo suficiente. No. Su padre era una bestia podrida por dentro, una sombra oscura que había destruido todo lo que tocaba.
En vez de proteger a su familia, la hizo pedazos. Hizo que su esposa se arrepintiera todos los días de haberse casado con él, y que sus hijos desearan, más de una vez, no despertar al día siguiente.
Pero los hijos no son los pecados de sus padres.
Liam no tenía por qué cargar con esa condena.
Nos tomó tiempo —a Rozana, a mí, a todos— entender eso. Ella fue la que más se resistió al principio, pero finalmente lo comprendió. Y, sin embargo, el verdadero problema seguía siendo él.
Liam continuaba obsesionado con un amor que nunca había funcionado. Un amor que ambos sabían que estaba destinado a terminar, aunque no lo admitiéramos. Incluso si no hubiera montado aquel teatro con Rozana para alejarme, todo habría acabado igual.
Fue mi primer amor.
Y lo quise.
Lo quise de una forma intensa, distinta, tan visceral que dolía.
Pero eso quedó atrás.
Ahora lo que quiero es verlo feliz. Y sé —sé con absoluta certeza— que si se da la oportunidad con Ròse, podría ser el hombre más pleno del mundo. Solo falta que él mismo se lo permita, que deje de vivir con miedo a sentirse vivo.
—Cabeza hueca —murmura Rozana, enojada, sacándome de mis pensamientos—. No puedo creer que siga siendo el mismo. Se suponía que todos esos años lejos lo habrían hecho madurar, pero parece más idiota que antes.
—Solo tiene miedo —le respondo, acercándome un poco—. Miedo de equivocarse y tener que irse otra vez. No fuiste la única que sufrió con su exilio voluntario, Ro. Él también lo pasó mal estando lejos de ustedes. No quiere cagarla de nuevo. Solo dale tiempo. Todo va a mejorar.
Rozana suspira, frustrada.
—Parece que en vez de mejorar, todo va a empeorar. Te lo digo en serio, Alana. Mi hermano va a arruinar esta oportunidad de ser feliz. Y lo peor es que lo hará con una mujer que, estoy segura, podría amarlo más que nadie.
No pude contradecirla.
Ròse era una mujer que amaba sin reservas. Tenía esa forma dulce pero firme de entregar el corazón. Era más expresiva de lo que yo jamás fui, más abierta, más luminosa. Y sabía que si Liam llegaba a ganarse su amor, nunca tendría que dudar de él.
El problema era que seguía actuando como un idiota celoso, sin hacer nada concreto al respecto.
Y eso… podía destruirlo todo antes de que empezara.
Tenía que arreglar muchas cosas, pero una de ellas era esa. No podía dejar que Liam cometiera una estupidez con Emmet. No cuando sabía que si eso pasaba, Adriel me iba a matar por haber involucrado a alguno de los hombres de su abuelo en una pelea absurda.
Tenía que encontrar una manera de hacer que mi cabeza hueca de ex dejara de comportarse como un niño herido. Porque, en el fondo, eso era lo que seguía siendo, un niño que no sabía cómo amar sin miedo a perder.
POV LIAM
Luchar entre lo que quería hacer y lo que no debía hacer se estaba volviendo un castigo constante.
Acababa de colgar con Dilan hace unos minutos. Lo había llamado para pedirle un favor… o más bien, una advertencia. Quería saber hasta dónde podía llegar con Emmet. Pero su respuesta fue clara, no podía tocarlo.
Emmet era uno de sus protegidos, y nadie —absolutamente nadie— lastimaba a las personas que Dilan protegía.
Ni siquiera yo.
Así que tuve que tragarme mis impulsos, contener la rabia y mantenerme alejado de él… y de Ròse.
Al menos, eso intenté.
Porque en cuanto salí de mi habitación, los vi juntos.
Hablaban como si fueran viejos amigos. Como si nada más existiera alrededor. Y ver la sonrisa de ella, ese gesto suave que antes solo me dedicaba a mí, me revolvió el estómago.
—Tienes que atrasar la inauguración —le decía Ròse, con ese tono de calma que me desesperaba—. No vamos a llegar a tiempo si seguimos así.
—Ten un poco más de fe —le respondió Emmet, apoyando su mano en su hombro. Su mano. En mi ninfa.
Mi cuerpo se tensó por completo.
—No es falta de fe —continuó ella, ajena a mi presencia—. Es sentido común. Faltan pocos días y no podemos usar demasiadas influencias para acelerar las cosas. Solo digo que es mejor atrasarlo unos días.
Y entonces hablé.
O más bien, exploté.
—Lo mejor es que dejen de comportarse como idiotas enamorados y hagan su trabajo.
Los celos hablaron por mí, sí, pero también la verdad. Porque, en medio de toda esa tensión, alguien tenía que poner los pies sobre la tierra.
—Los espero en el restaurante del hotel —agregué, con voz seca—. Y espero que sea rápido. Odio esperar.
No esperé una respuesta. No me atreví a mirar atrás.
Sabía que si lo hacía, si veía sus rostros, si veía cómo Emmet seguía demasiado cerca de ella, no iba a poder controlarme.
Ya le había dado un día de descanso a Ròse como disculpa por mi comportamiento del día anterior. No pensaba concederle más. No podía seguir distrayéndome. Necesitábamos resolver todo este maldito asunto para que yo pudiera volver a mis temas con Alana y regresar a Roma.
Después… después vería qué hacer con mis sentimientos.
Porque ya lo sabía, no podía huir de ellos.
Pero tampoco podía enfrentarlos todavía.
Cuando llegué al restaurante, los meseros me dieron la mejor mesa. Les agradecí con un gesto, aunque en realidad solo quería que me dejaran en paz. Pedí el menú del desayuno y empecé a revisar la carta, más para distraerme que por hambre.
No tuve que esperar demasiado.
Ròse y Emmet llegaron poco después, caminando lado a lado, demasiado cerca para mi gusto. No hablaban, pero esa cercanía silenciosa era peor que cualquier palabra.
No dije nada.
Ya habíamos tenido suficiente tensión por el día.
Solo los observé sentarse, y mientras fingía leer la carta, me limité a una sola idea que me golpeaba una y otra vez en la cabeza, como un eco imposible de apagar:
Si sigo así, voy a perderla, como perdí a Alana. Y no sé si esta vez voy a poder soportarlo.