POV LIAM
No había dormido en toda la noche y no era precisamente porque no quisiera, sino porque no podía sacar de mi cabeza a Ròse. Cada vez que cerraba los ojos, la imaginaba en mi cama, ella encima de mí o yo encima de ella, recorriendo cada parte de nuestros cuerpos.
En mi mente solo estaba ella. No es que me molestara, pero hubiera preferido poder dormir un poco. Al salir de la casa de mi hermana, rumbo a la empresa de Alana, las malas noticias comenzaron a acumularse como una avalancha.
El primero en llamar fue Henry. No estaba de ánimo, y lo último que parecía querer era hablar conmigo. Sin embargo, Elizabeth estaba inconsolable; había visto a su abuela escupir sangre y necesitaba hablar conmigo. Pasé casi una hora calmando a mi sobrina, prometiéndole que haría todo lo posible para terminar mis pendientes y poder estar con ella. Solo así se tranquilizó.
Cuando colgué, sonó el teléfono nuevamente. Era Stefan, y con su llamada llegaron más problemas. Al parecer, tendría que quedarme más tiempo del planeado en Nueva York y nada podría cambiar eso.
El proyecto de la zona sur no estaba yendo bien. Acusaciones y problemas legales nos obligaban a Ròse y a mí a actuar como representantes de Alana y mi hermana. No podría ir con mi sobrina por el momento. Mis deseos de descansar se desvanecían frente a la realidad, El padre de Adriel no podía intervenir, ya que sus negocios eran parte del conflicto.
Así que me tocó mover a los empleados de mi hermana y encontrar soluciones sin recurrir a su influencia. El cansancio acumulado no ayudaba en absoluto, y la pila de informes con errores parecía aumentar a medida que los leía.
Dos horas después, todavía revisaba documentos. Errores, errores y más errores. No sabía si era descuido de mi hermana o de Ròse, pero la magnitud del desastre era evidente. Nadie podía permitirse esos fallos en un proyecto de esta envergadura. Decidí que primero corregiría todo lo que pudiera y luego averiguaría las causas de tantos errores.
Mientras repasaba la primera parte de los informes, un golpe en la puerta interrumpió mi concentración. Me levanté, sin esperar quién sería.
La última persona que esperaba ver era Ròse. Y ahí estaba, impecable y profesional. Falda negra justo encima de las rodillas, chaqueta a juego, cabello recogido en un moño perfecto, sin maquillaje. Cada detalle de ella me impactaba, pero intenté mantener la calma.
—Buenos días —saludó, entrando sin pedir permiso—. Necesitamos hablar.
—Pensé que me ibas a ignorar todo el tiempo que estuviera aquí —le dije, cerrando la puerta y regresando a mi escritorio—. Con eso de que te fuiste de la casa de mi hermana en medio de la noche.
Ella me miró incrédula, y no pude evitar sonreír. Sabía que supondría que dejaría el tema pasar, pero era lo último que quería. No había dormido pensando en ella y sabía que ella había descansado, o al menos eso parecía.
—No me parecía apropiado vivir en la misma casa que el hermano de mi jefa —contestó, defensiva, mirando a todos lados menos a mí—. Además, tenemos asuntos más importantes que discutir que mi salida nocturna.
—¿Como cuáles? —pregunté, intentando mantener la voz neutra aunque el calor subía en mi pecho.
—Como el problema de la zona sur —respondió—. Planeo ir allá con Emmet para evaluar los problemas directamente y encontrar la manera de solucionarlos. Aunque sé que puedo manejarlo sola, tu ayuda podría agilizarlo todo.
—¿Me estás pidiendo que vaya con ustedes? —pregunté, intentando disimular los celos que me provocaba verla tratar a otro hombre con tanta familiaridad.
—Estoy pidiéndote que uses tus influencias para solucionar esto antes de que termine la semana —me dijo, mirándome a los ojos—. Si quieres venir o no, depende de ti.
—Iré.
—Bien —dijo, sonriendo—. Prepararé todo para salir en dos horas.
Se giró hacia la puerta, pero no podía dejar que se marchara sin aclarar algo más.
—Ròse —la detuve antes de que llegara a la puerta—. ¿Sabes por qué los informes estaban llenos de fallas?
Se detuvo y me miró, confundida. Le entregué los papeles que me había dado con Emmet, observándola detenidamente. Ella era difícil de leer, una de las pocas personas que lograban desconcertarme.
—Te di los documentos erróneos —dijo, revisándolos antes de mirarme a los ojos—. No eran los que debía entregarte. Perdón.
—Un error lo comete cualquiera —respondí, intentando sonar calmado.
—Desperdicié tu tiempo —dijo, tirando los papeles al cesto—. Apenas tenemos tiempo. Iré a buscarlos y le diré a Emmet que te los traiga.
—No hace falta —le dije, acercándome a ella—. Puedo acompañarte hasta tu oficina.
Sin darle oportunidad de negarse, abrí la puerta y salí. Sabía exactamente a dónde ir, gracias a la información que había obtenido de la secretaria de mi hermana. Mientras caminábamos por los pasillos, no pude evitar notar cómo mi atención se centraba en cada gesto suyo. La forma en que caminaba, cómo sujetaba los documentos, incluso cómo fruncía el ceño mientras pensaba… Todo me absorbía.
El ambiente estaba cargado de tensión, no solo por el trabajo, sino por nosotros. Cada palabra, cada silencio compartido, tenía un peso que ninguno de los dos podía ignorar. No era solo un problema profesional. Su sola presencia me desarmaba.
Cuando llegamos a su oficina, le dejé espacio para organizarse mientras revisaba los documentos. Me quedé allí, observando cómo trabajaba, sintiendo un calor que no podía ignorar. Sabía que debía mantener la distancia, pero la realidad era clara: no podía apartar mis ojos de ella.
—Listo —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Todo está en orden. Emmet me traerá los informes correctos y podremos salir al sur en breve.
Asentí, sin palabras. Sabía que la situación era complicada, pero también sabía que, mientras estuviéramos juntos, podríamos manejarla mejor. Y aunque lo profesional estaba primero, no podía evitar el deseo de tenerla cerca, de sentirla… de protegerla y, al mismo tiempo, perderme en ella.