De la felicidad al llanto

2301 Words
El chofer nos saluda a ambos y comienza a moverse por las despejadas calles de Austin. No he dejado de mirarlo con el ceño fruncido ni un solo segundo. Algo no me está diciendo y eso me pone algo nerviosa. No porque fuera a hacerme algo, es el mejor amigo de los novios de mis amigas. Tarde o temprano volveremos a coincidir, así que no me preocupo por eso. Él pagó la cena de todos, la botella carísima de licor y no se está moviendo por las calles como un simple mortal. Tiene seguridad, un chofer y… Los minutos pasan y no hablamos. —¿Ya decidiste a dónde iremos? La zona hotelera está a unos minutos y mi casa… bueno, no está muy lejos, pero tardaremos más. —Llévame al primer hotel que encontremos. Asiente y le dice a su chofer a dónde nos tiene que llevar. —Al East Austin, George. —El hombre asiente y sigue su camino sin decir una palabra. Tal y como dijo, no tardamos en llegar. Los vehículos se detienen y el que se sentó en el asiento del copiloto baja para abrir la puerta. —Gracias, Dante. Esperen aquí hasta que vuelva. El rubio que parece una montaña de músculos asiente y Aiden me tiende la mano para ayudarme a bajar. —No es necesario que me acompañes hasta la recepción. —Toda nota de simpatía en mi voz se perdió en cuanto dejamos el restaurante. Ignora lo que le digo cuando entrelaza nuestros dedos y camina hacia las puertas que se abren para nosotros. —Sí, es necesario, Emma. No le respondo y suelto su mano cuando la recepcionista nos sonríe como si estuviera recibiendo a una pareja. —Habitación para una sola persona. —Saco mi identificación del bolso y mi tarjeta de crédito, y se la tiendo a la chica, que enarca una ceja un poco confundida. Aiden niega con la cabeza en un gesto de claro desconcierto. —No te dejaré pagar. Olvídalo. —Mira a la chica y le sonríe—. La suite y cargas la cuenta a mi tarjeta. —La deja sobre el mármol y nos alejamos. La chica le entrega la llave. Él vuelve a tomar mi mano para llevarme al ascensor. —No dormiré contigo, Aiden. No me gustan los mentirosos. —Las puertas se abren y se pone justo en frente de mí. Muy cerca, demasiado cerca. —No te he dicho una sola mentira en toda la noche. Solo quiero asegurarme de que entres a tu habitación y estés segura. Si me dejas, te robaré un par de besos y luego… insistiré en quedarme contigo. No he podido dejar de mirarte ni un segundo, Emma. —Es el alcohol hablando, Aiden. No es correcto que… —Me calla con un beso que me deja sin aliento. Sus manos suben a mi cuello y le permito a su lengua acariciar la mía. Al diablo, todo. Dejo que me bese, y nos separamos cuando las puertas del ascensor se abren. —Son mis ganas de tenerte son las que hablan, linda. —Vuelve a besar mis labios y salimos. Hay una sola puerta en el pasillo. Gracias a Dios no usamos mi tarjeta.—¿Me dejarás quedarme? Usa la llave para abrir y... estoy nerviosa. No va a quedarse para verme dormir, va a quedarse para tener sexo casual conmigo. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve con alguien. - —No soy esa clase de chica, Aiden. —Me roba otro beso antes de que pueda apartarme—. No suelo hacer este tipo de cosas, yo... Me pega contra su cuerpo al tomarme de la cintura y roza mis labios con un beso corto, casi paciente. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. —Lo sé. Has estado nerviosa todo el camino. —Su voz baja, segura, me envuelve—. Pero también te gusto, Emma. Y aunque no quieras decirlo en voz alta, quieres esto tanto como yo. De lo contrario, no me habrías dejado besarte hace dos minutos. Solo disfrutemos el momento. Somos adultos. Respiro hondo, sin responder. Las manos me sudan, las piernas amenazan con flaquear. Aiden sonríe, como si leyera cada uno de mis miedos... y de mis deseos. Apenas cruzamos la puerta de la suite, mi corazón late más rápido de lo que debería. Aiden no dice nada. Se quita la chaqueta con tranquilidad, la cuelga en el perchero y se estira un poco, como si todo esto fuera lo más natural del mundo. Me quedo de pie, sin saber bien qué hacer con mi bolso ni con mi ropa... ni con mi voluntad. Él se acerca, despacio, sin invadir. —¿Me dejarás quedarme? —pregunta en un susurro, tan cerca que su aliento roza mi mejilla. - —Sí, puedes quedarte. —Respondo, acercándome a Aiden. Dejo caer mi bolso al piso y rodeo su cuello con los brazos para besarlo de la misma forma que en el ascensor. Sus manos, rápidas, se deshacen de mi chaqueta, de mi blusa, y bajan el cierre de mi falda. En cuestión de segundos, toda mi ropa termina sobre la alfombra. Hago lo mismo con él, lo desvisto sin dejar de besarlo, hambrienta, mientras nuestras bocas se buscan una y otra vez. Lanzamos prendas sin cuidado, y entre caricias y jadeos, echo un vistazo a la suite en busca de la cama king size que se encuentra a unos cuantos metros. —¿Qué pasó con tu timidez, Emma? —Susurra Aiden, con una sonrisa que me enciende aún más—. ¿Sabes lo hermosa que eres? ¿Tienes idea de cuántos tipos te miraban igual que yo en ese maldito restaurante? —No los veía a ellos, solo te miraba a ti. Eres el chico lindo de ojos azules. —Sonrío, sintiendo mis mejillas calentarse. Aiden me toma de la cintura y yo rodeo la suya con mis piernas. —Y yo me llevé a la chica linda de ojos grises que todos miraban. Terminamos tumbados en la cama, tocándonos, acariciándonos, besándonos hasta quedarnos sin aire. El deseo me consume; estoy encima de su cuerpo desnudo, sus manos en mis caderas, y mi cabello n***o cae a los lados como una cortina: no hay nada más que él y yo. —Dime que tienes un condón. —Uno, en mi billetera. —Mira su pantalón tirado junto a nuestra ropa—. ¿Puedes? Me quito de encima y voy por la prenda. No meto la mano en su bolsillo; se la doy para que él mismo saque la bendita billetera y podamos seguir, quemar este deseo que nos está matando. Al fin lo encuentra, lo abre y se lo pone. Con una sonrisa que no sé cómo describir, me toma del brazo y termino acostada a su lado. Ahora es él quien está arriba; mis piernas se abren, dándole permiso, y eso es todo lo que necesita para entrar en mí, arrancándome un gemido que parece encantarle. Es grande, duele un poco, pero él lo sabe: se toma su tiempo, me acaricia el cabello, sus labios me besan. Es perfecto. —¿Estás bien? —pregunta, un poco ansioso. —Mejor que nunca. —Respondo. Rodeo su cintura con las piernas, dándole más acceso. Avanza, sin contener las ganas, y mi respiración se vuelve cada vez más pesada. Sus dedos acarician los puntos duros de mis pechos, rozan mis costillas, y yo no hago más que gemir, pedir más. Nos perdemos en la lujuria del momento. Mañana, quizá lo lamente. Pero hoy, no. - La mañana llega, escucho el ruido de la ducha. No sé a qué hora de la madrugada nos dormimos, pero fue muy tarde. Mi ropa está doblada a los pies de la cama. Cubro mi desnudez con la sábana y me levanto. Mi móvil está en la cartera; voy por él para preguntarle a las idiotas de mis amigas si ya puedo ir por mis malditas llaves. Iré por mis llaves en una hora. Sara va a pagármelas. O quizá sea yo quien lo haga después de la noche que pasé con Aiden. ¿No se te ocurrió buscar en el bolsillo de tu chaqueta, Emma? Me manda el maldito emoticón del demonio violeta que sonríe. Si encuentro las llaves en el bolsillo de mi jodida chaqueta, voy a matarla. Sí, están en el bolsillo de la chaqueta. ¿Pero cómo? Aiden sale del baño, envuelto en una toalla de la cintura para abajo. El agua resbala por su piel y me muerdo los labios. —¿Y eso? —pregunta con una sonrisa ladeada mientras sacude la cabeza. —Estuvieron todo el tiempo en mi chaqueta. Sara... —A Sara le voy a hacer un altar en cuanto llegue a casa. —Se sienta en la cama para secarse y empezar a vestirse—. ¿Cómo dormiste, preciosa? Dormí como un bebé. Pero ahora me duelen los músculos, las piernas, los brazos y la cintura. Dos años son mucho tiempo para retomar mi actividad s****l. Aiden es… creativo. Mi mente proyecta el tráiler de la noche anterior y el calor en mis mejillas me delata. Joder. —Bien. Dormí bien. ¿Y tú? —Nunca dormí tan bien como hoy. —Me alegra. —Ya somos dos. No voy a tomar una ducha aquí. Lo haré en casa, después de pasar por la farmacia y comprar la píldora del día después. Porque Aiden tenía un solo condón, pero fueron muchas veces las que lo hicimos y no quiero malditos dolores de cabeza. La imprudencia y la calentura son excelentes aliadas para dar resultados catastróficos. Recojo mis cosas y entro al baño. Me lavo la cara, los dientes, me higienizo un poco y recojo mi cabello después de vestirme. Lista para huir y no volver a ver nunca más al chico lindo de ojos azules. Mi móvil vibra sobre el mármol del lavabo: es mi madre. Frunzo el ceño y tomo la llamada, preocupada. Hace tiempo no hablamos; peleamos cuando me gradué y decidí quedarme aquí en Austin y no viajar con ellos a Chicago. —Mamá, ¿pasó algo? —Ella no me llamaría si no fuera así. —Tu padre murió, hija. Necesito que vengas en el primer avión que consigas. Corto la llamada, me miro en el espejo y las lágrimas brotan sin control. Mi padre murió. Salgo del baño. Aiden ya está vestido y se acerca a mí al verme en ese estado. —¿Qué está mal, bonita? No voy a contarle mis problemas. —Nada. Tengo que irme. Gracias por la noche maravillosa, Aiden. Quizá nos veamos algún día. Recojo mis cosas y me dirijo a la puerta, pero no llego a tomar el pomo porque Aiden me detiene tomándome de la mano. —¿Qué significa eso de "quizá"? Quiero verte mañana, y al día siguiente, y al otro… Podemos tener una cita. ¿Quieres? No tengo cabeza para citas en este momento. —No puedo. Mi padre acaba de morir. —Termino diciéndole la verdad, solo para que me deje ir—. Tengo que irme a Chicago lo más rápido posible, así que discúlpame, pero debo irme. —Yo te llevo a casa para que tomes tus cosas. Puedo llevarte a Chicago si quieres, Emma. —No. Quiero estar sola. —Me suelta, entendiendo que no estoy para nadie, y asiente—. Lo siento. —Está bien. Te veré cuando regreses… supongo. —Besa con suavidad mis labios y abre la puerta para mí—. Le diré a George que te lleve a donde quieras. Compláceme en eso al menos. Bajamos juntos. Al abandonar la suite, la chica de anoche le devuelve su tarjeta de crédito. No me quedo a esperar; salgo del hotel. Las dos camionetas y el auto ya están en la puerta. Aiden aparece a mi lado cuando me detengo. —George, lleva a la señorita a donde te diga. Yo iré con Dante a casa. —Gracias. —Es lo único que puedo decir antes de despedirme. Subo al vehículo. Me deja en la puerta de mi edificio diez minutos más tarde. Bajo sin darle tiempo al chofer de abrirme la puerta. —Gracias por traerme a casa, George. El hombre, de unos treinta y cinco años, asiente, aunque se le ve preocupado. —¿Se encuentra bien, señorita? —Pronto lo estaré. Que tengas un lindo día. Parece una ironía desearle un lindo día a un desconocido cuando yo no he dejado de llorar desde que corté la llamada de mi madre. Me giro sobre mis talones y corro hacia la entrada. El ascensor está ocupado; tomo las escaleras. El tercer piso me recibe. La puerta de mi departamento se abre cuando intento meter la llave: Sara y Danielle están allí. Las dos sonríen, pero no les hablo. Qué demonios hacen en mi casa y cómo entraron no es algo que me preocupe ahora mismo. Voy a mi habitación, recojo algo de ropa y la meto en la valija. Tomo mi documentación, el dinero en efectivo que tenía guardado para emergencias, y escucho las voces de mis amigas, pero no entiendo lo que dicen. La mano de Danielle evita que cierre la maleta. —¿Qué sucede? —Mi madre llamó. Mi padre acaba de fallecer. Me voy a Chicago. Escucho un "Lo siento" de ambas, pero mis oídos se cierran. Salgo del departamento. No me dejo agarrar ni detener por ninguna de las dos. Me meto al ascensor con un vecino que, al verme, hace silencio. Las puertas se cierran frente a mis amigas que, como yo, están alteradas. Pero no tengo tiempo que perder dando explicaciones.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD