CAPÍTULO 3

1060 Words
Un año después... Fui frenando la bicicleta poco a poco, con mis ojos puestos en aquella casa que me volvía al pasado. A aquel pasado en donde fui feliz. Hacía frío, mucho y vivía con ello a pesar de que usara capas de ropa usada en mí y un gorro de lana gris tapándome las orejas. Mi aliento era humo al salir de mi boca. Las luces estaban prendidas, y veía siluetas, muchas, por detrás de las cortinas anaranjadas que habían puesto. Mamá prefería que fueran más oscuras, ya que la mugre no se notaba demasiado y podían lavarse una vez por mes. ¿Qué estarían haciendo allí, cálidos frente a mi vieja chimenea?¿Contando cuentos como yo se los contaba a Olivia y a Blenti? Todo lo vivido había sido destruido por mi destino como ángel. Y hoy, no era un ángel y tampoco tenía a mi familia. Me habían sacado todo. Me sequé las lágrimas con el dorso de mi mano, mirando a aquella casona de ladrillos y una entrada que lucía flores preciosas...a Dylan le gustaban las flores pero jamás lo confesó, porque decía que las flores eran solo para las mujeres. Pero yo lo veía mirarlas y oler su aroma a escondidas cada vez que salía de la casa. Todas las noches pasaba por allí, y me quedaba mirando mi viejo hogar. Se había convertido en una necesidad, estaba viviendo en el pasado porque el presente era una agonía. Estaba sola, a veces pasaba hambre y cada miércoles podía ir a comer al centro comunitario. La sopa de allí era un asco, pero otra opción no me quedaba. Cuando servían pizza, me entusiasmaba. A veces tenía el impulso de querer vender mi bicicleta para poder comprarme algo de comida, pero sin ella no podría venir hasta aquí e ir por las calles pidiendo monedas para poder comer algo. La gente me miraba como si fuera un bicho raro, denigrando mi estado económico. Cuando recibía un dólar o dos, podía darme el lujo de beber un jugo de manzana y una barra de cereal para tener algo de energía en el día. Estaba delgada y débil, tenía ojeras porque dormía en un contenedor de basura vacío en las ultimas calles de Dellver, un pueblucho que no quedaba muy lejos de mi vieja ciudad. Aquel contenedor era mi hogar, y era muy frío dormir allí y estar pendiente de que no me secuestren o algo así. Vivía en constante peligro, no podía confiar en nadie. ¿Sobrevivía en plena hambruna? Por supuesto que sí. Fui humillada por el cielo, me tiraron con una bolsa de patatas junto a mi hermana. La busqué, realmente la busqué pero no la encontré. ¿Estaría pasando hambre como yo?¿Estaría bien? Lloraba, demasiado, rogando que el cielo tuviera piedad y me diera una señal de dónde podría a llegar a estar. Si la encontraba, nos cuidaríamos el una a la otra. Perdonaría todo lo que hizo si la encontraba. Todo. La puerta de mi vieja casa se abrió y salí de allí a toda prisa, pedaleando para que no me vieran o me denunciaran por estar vigilando lo que ya no me pertenecía. Todavía no asimilaba que tendría diecisiete para siempre. Que viviría en este cuerpo sin envejecer y que jamás tendría una graduación porque mis papeles se perdieron y si los encontraba por esas casualidades de la vida, estarían vencidos. ¡Porque estaba muerta! Pedaleaba por la calle, viendo como los jóvenes salían a divertirse, interactuando entre ellos. Varios, al verme así, tan destruida en la vestimenta, comenzaron a gritar asquerosidades como "vagabunda zorra". Eran crueles, ahora sabía cual era el verdadero infierno; estar entre demonios disfrazados de humanos. Las estrellas eran el único espectáculo que me brindaba aquella vida miserable sin poner un solo centavo. A ellas me aferraba porque brillaban, brillaban mucho. Y si algo brilla viniendo de la naturaleza, es valioso. Siempre. Llegué al contenedor después de una hora. Estaba alojado en un callejón poco transitado. La mayoría iba allí por las noches para vomitar o tener peleas clandestinas. Solo fue una vez que tuve que oír gemidos de una pareja que decidió hacerlo en la tapa de él. Sí, encima de mi cabeza tuvieron sexo y esa misma noche, cuando terminaron y se fueron, fui yo la que vomité. Escondí la bicicleta detrás de un muro entre bolsas de basuras para que nadie la viera. Maldecí al pisar un charco de agua estancada y que mojara las únicas medias sucias y chanclas que tenía puestas. Hace una semana que no me bañaba y comenzaba a oler horrible, y mi cabello se estaba secando, llenándose de caspa. Odiaba estar así, lo odiaba. Le rogué a una vecina la semana pasada que me permitiera usar su ducha y me lo permitió, a regañadientes. Ahora solo paso a hacer mis necesidades y nada más. No me dejaba usar más la ducha porque dice que es algo poco higiénico si alguien como yo la utilizo. Estúpida. Abrí la tapa del contenedor después de haber sacado un ladrillo encima de él, ya que me ha ocurrido más de una vez que la gente tira su basura dentro. El ladrillo mágico me ayudó a que eso no volviera a pasar. Varias veces amenacé a la gente con él, y más a las vecinas del edificio en el que estoy pegada prácticamente. Querían echarme de allí, porque supuestamente era una molestia. Algunas fueron amables, dándome comida y otras me corrieron con una escoba porque intenté robar una tarta de recepción solo para llenar mi estomago. Me metí en aquella cosa que olía mal y cerré la tapa, consumida por la oscuridad. Hogar dulce hogar. —Mamá, si me escuchas, por favor cuida a Blenti y a Dylan—dije, cerrando los ojos—. Y ampara la vida de Olivia y la mía, lo necesitamos. Protégenos mamá. Que Olivia no pase hambre, y que tenga un techo, comida y calor en este invierno tan frío. Te amo mamá, te amo Blenti, te amo Dylan y te amo Olivia. Fui cerrando los ojos, acostumbrada al horrible olor a basura impregnado en aquella cosa compacta. Odiaba mi situación, odiaba que después de todo mi esfuerzo por recuperar a mi familia...haya sido en vano. Perdí todo.          Cuando desperté, abrí la tapa y el sol me pegó en la cara. Aquel sol era lo único precioso que veía hasta ahora. Nada tenía esperanza en mi vida. Sabía que algún día me cansaría de verlo, solo porque jamás tendría la oportunidad de extrañarlo. Porque jamás iba a morir. —Oh por el santo Pepe Grillo. Me volteé hacía la voz, asustada y tardé unos segundos en reconocerlo con aquella ropa desgarrada. Se me paró el corazón. —¿Ethan?
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