No podía creerlo.
Esas eran las palabras que se me habían estrellado en el rostro, como un puñetazo y una palmadilla en la espalda.
¿Qué demonios?
Ropa desastrosa y mugrienta tapaban el cuerpo de Ethan, y ocultando su cabello en una vieja gorra de béisbol que solía ser blanca.
Sus ojos ahora eran un caramelo suave, dulce y ya ni siquiera recordaba que tono tenía antes pero sabían que aquellos no les pertenecían, eran nuevos.
Me quedé mirándolo, muda y tardé en darme cuenta que a su costado sostenida por sus manos, tenía mi bicicleta.
Salí de un salto del contenedor y corrí, envistiéndolo con un abrazo.
Él soltó la bicicleta para recibirme en sus brazos, hundiendo su rostro en mi cuello.
Un reencuentro inesperado que necesitaba que pasara hace mucho tiempo.
—Eres tú, eres tú.
Su voz destrozada y sus lágrimas, empaparon mi cuello. Me uní a su llanto, era imposible creer que estuviera aquí.
Ya no estaba sola, y eso me emocionaba, me daba esperanzas.
—No caigo en la cuenta de que estés aquí—susurré, sintiendo como todo a mi alrededor paraba lentamente hasta detenerse el tiempo.
Se apartó un poco, para verme el rostro. Me acarició la mejilla. Sus ojos estaban cristalinos y las lágrimas se mezclaban por la suciedad en su rostro.
—Sally y su novia murieron en Argentina, se suicidaron porque la policía los estaban siguiendo y se dieron cuenta del asesinato que cometieron. Como yo no pude protegerlos, me desplazaron, me arrebataron las alas y me mandaron a la tierra sin nada. Tuve que salir a robar por un poco de comida, casi me atrapa la policía—contó, apresurado como si no le quedara tiempo en decirme todo.
¿Sally y su chica se suicidaron? Oh por Dios.
—¿A ti qué te pasó?—preguntó, abrazándome con más fuerza—Creí que te habías ido con tu familia, como dijo Gabriel.
—No era Gabriel el que me permitía ir con mi familia, sino Olivia.
Ethan frunció el entrecejo, confundido.
—¿Olivia?¿Tu hermana? No entiendo nada.
—No te preocupes, te lo resumiré en pocas palabras: Me castigaron por ingresar al cielo sin permiso de los Arcángeles y me desterraron. Y aquí estoy, pagando mi castigo, sin mi hermana y ni mi familia—dije sin más, desanimada.
—¿En serio?¿Cómo pudieron hacerte eso?—carraspeó, perplejo—¿Has visto a tu hermana en algun momento?¿A ella tambien la desterraron?
—Sí, y no sé dónde está. Seguramente está en el mismo estado que nosotros dos.
—Ella estará bien, si es tan fuerte como tú, estoy seguro de que va salir adelante y te va a encontrar—me animó, dándome un apretón en los hombros y mirándome fijamente a los ojos—Así que...de ser Sin vida pasé a ser Vida inmortal.
—Corrección: somos vidas inmortales.
Una fugaz sonrisa de esperanza iluminó su rostro, y lo vi sinceramente capaz de hacer lo que se proponga.
Los dos estábamos en el mismo estado...pero no sabía cual sería nuestro próximo paso porque jamás vi llegar su presencia a mi vida otra vez.
¿Cómo se continuaba después de este inesperado encuentro?¿Cómo podía hacer para que Ethan no se vaya de mi vida porque lo necesitaba más a que a nadie? Necesitaba aferrarme a algo para seguir adelante.
Todos necesitábamos aferrarnos a algo para sobrevivir, ya sea lo más mínimo, lo más insignificante.
Yo, en aquel momento, tenía la necesidad de aferrarme a Ethan y a Olivia.
—Te estabas por robar mi bicicleta, me debes una explicación al respecto—dije, para tratar de romper la melancolía entre los dos.
—¿Es tuya?—desvió la mirada hacía ella—Creí que la abandonaron.
—La encontré en un basurero y la pude restaurar como pude, Dylan, antes de morir, me enseñó como arreglar varias porque él era fanático cuando era pequeño. Aprendí mucho.
La levantó del suelo y miró el contenedor. Supe al instante lo que estaba pensando.
—Me tomas el pelo ¿vives aquí?—se escandalizó.
—Bienvenido a mi hogar—rodé los ojos—.No tengo a dónde ir y aquí me estoy hospedando; en este perfecto hotel. Te invitaría a pasar pero no hay más habitaciones.
Rió entre dientes y eso fue contagioso.
¿Cuando fue la ultima vez que sonreí así?¿Una sonrisa genuina en la tierra? Que bonito.
—Ya no más, Angélica. Tú te vienes conmigo—me apretó contra él—¿Te sientas en el manubrio y eres E.T?¿O lo hago yo?
No pude evitar abrazarlo aún más fuerte y reír con fuerza, haciendo que mis lágrimas nacieran nuevamente ante dicha emoción.
Esto era hermoso.
Me senté en el manubrio, acomodándome como pude. Él se sentó en el asiento, y con el equilibrio a nuestro favor, salimos de aquel horrible lugar.
Pero no solo salí de él, sino que ese mismo día supe que me despedí de la soledad.
Para siempre.
—¿A dónde vamos?—pregunté a través del viento que nos envestía en la cara.
—¿Qué más da a dónde vamos?¡Estamos juntos y eso es lo que importa, Angélica!—aulló en el final de sus palabras, imanando su felicidad al mundo.
¿Pasar de la tristeza a la felicidad en tan solo un paso? La presencia de Ethan era la respuesta.
Miré hacía atrás, viendo su sonrisa y su vista concentrada en la carretera.
Tenía hoyuelo y era más alto que yo, como recordaba. Parecía un niño en el cuerpo de un chico fuerte.
Me encantaba.
No me importaba nada, estaba Ethan conmigo. Mi Ethan.
Fuimos por varias manzanas, contando chistes y compartiendo risas que me hacían doler el estomago.
Perdí la noción del tiempo. No sabía cómo, pero de tan concentrada que estaba con él, me di cuenta de que nos habíamos adentrado a una carretera en donde el camino estaba rodeado de arboles que se unían en lo alto del cielo, casi cubriéndolo. Se creaba una especie de arco de hojas secas y la brisa de aquel invierno se iba apagando poco a poco.
Las ramas habían sido casi desplumadas pero aún quedaba algunas colgando. El viento, al soplar, las hamacaba, arrancándolas de forma inocente.
—Que precioso.—musité, enamorada del paisaje.
—Ahora soy yo el que te dice; bienvenida a mi hogar, Angélica.
Salió de la carretera y se adentró en la manada de arboles que nos rodeaba, esquivando raíces del suelo y atravesando rocas que hacían temblar la bicicleta.
El frío se sentía aún y los escalofríos me recorrían el cuerpo.
Me sentí alarmada y no sabía el por qué.
—Ethan, no es por arruinar el momento pero...no tengo una buena sensación—dije.
Entonces, poco a poco, fue frenando la bicicleta.
Me bajé de un salto.
—Eso es una buena señal—contradijo, manteniendo el animo al tope—.Aunque nos hayan arrebatado nuestras vidas, la sensación de un ángel presente siempre quedara intacta.
—¿A qué te refieres?
Apuntó con la mirada detrás de mí. Me volteé y me quedé helada.
—¡Hermana trenza!
—¡Ángel!
Gritaron Robert e Issa, caminando hacía nosotros.