Elizabeth despertó muy temprano, más temprano de lo habitual, eran las cinco de la mañana, su chimenea se encontraba encendida, el calor del fuego la hacía sentir tranquila y con cierta familiaridad. La casa estaba en silencio, al parecer nadie estaba despierto, excepto algunos sirvientes que empezarían con sus labores diarias.
No sabía a qué se debía, a su olfato llego la combinación de azufre y el olor metálico de la sangre derramada, pero ese olor le era familiar, agradable; era un olor que no sabía cómo describirlo era como si estuviera íntimamente ligada a ella.
Se levantó de la cama y se comenzó a poner su ropa, si bien era temprano, no tenía ganas de seguir en la cama perdiendo el tiempo, las últimas noches su mente no la había dejado en paz, tenía miedo de hablarlo con alguien y que la llevaran al médico, y la encerraran en el psiquiátrico de la ciudad, o peor aún que la enviaran a un claustro de monjas para tenerla ahí hasta su vejez.
la casa se encontraba en semipenumbra, los fuegos de las chimeneas estaban casi extintos, en la calle se veía débiles luces de las lámparas la electricidad comenzaba, pero no era suficiente, sentía una necesidad enorme de salir de su hogar a deambular por las calles, sabía que si lo hacia su madre se pondría como loca.
Abrió una de las ventanas, quería aspirar el aire matutino, era una costumbre que tenía desde niña, pero ahora que lo pensaba de manera tranquila, no recodaba nada de su niñez, solo vagos recuerdos.
Al abrir la venta un pestilente aroma a muerte llego a sus fosas nasales, las cuales no se contrajeron en asco, sino al contrario, saboreo el aroma a muerte, sangre y dolor, una sonrisa macabra se dibujó en su hermoso rojo, haciendo lucir sus labios rojos una sonrisa maquiavélica, incluso un extraño fulgor rojizo se percibió en sus hermosos ojos verdes.
La sonrisa de la mujer era bastante hermosa, sentía una gran satisfacción de poder sentir ese aroma, era casi como su un ser le estuviera dando ese regalo; quería recordar de donde o en donde había percibido ese aroma.
—¿Qué haces despierta tan temprano, Elizabeth? — la voz dura de su madre se escuchó a sus espaldas — ¡te vas a enfermar!, y ya no te tienes que levantar temprano para ir a ese desagradable trabajo — hablo con desprecio.
—ya no quería estar en la cama y quise bajar un momento para leer— Elizabeth hablo tranquilo, el aroma a muerte ya había desparecido, la saco del trance en que se encontró.
— deberías volver a acostarte — hablo la madre y cerrar esa ventana, el aire está muy frío, cogerás un resfriado y tú padre invitara esta tarde al señor Moorningstar a la hora del té, se mostró interesado en ti y podría ser un excelente pretendiente — la madre le ordeno — llévate el libro que quieras leer y vuelve a la cama, ordenare que te lleven el desayuno a la cama, así que anda niña, sube y te llevare lo que te pondrás para la visita de nuestro invitado — su madre le hablo con tranquilidad y en tono imperativo.
Elizabeth asintió con la cabeza, sabía que ponerse en contra de su madre, sería contraproducente, ya lo había hecho en alguna ocasión y siempre todo terminaba mal, así que decidió tomar el libro que leería y esperar a que alguien le llevara lo que desayunaría ese día.
El amanecer comenzó a emerger y los rayos del sol a iluminar las grises calles de la capital, los gritos desesperados del repartidor de leche y del diario, se escucharon a lo largo de las calles cercanas a la casa de Elizabeth; un cuerpo ensangrentado se encontraba tirado a media calle.
—¡LA POLICIA, LLAMEN A LA POLICIA! — grito el hombre que llevaba la leche, en su voz se podía escuchar el terror que sentía.
La policía llego de forma inmediata, era el quinto asesinato del mes, al parecer un asesino serial se encontraba en la capital, pero ahora algo sobre su piel hizo que todo se hiciera más claro y significativo, una estrella al revés marcada con cuchillo.
—Detective Michael Goodman, mire — señalo un joven polica — esto no lo habiamos visto en los otros cuerpos, al parecer es un asesino diferente — hablo el joven — pero este fue con más saña, como si fuese un tributo a alguien o algo — su voz se escuchaba seria; Michael Goodman miro la marca, y paso su mano sobre ella, esto en un movimiento rápido, casi imperceptible a los ojos humanos.
— esto es obra de un demonio —murmuro para sí — uno de los hijos de Lilith buscándola, espero que pronto Lucifer haga que recupere la memoria, sino Padre — trago saliva, sabía que, si Padre se enojaba, a los humanos no les iria bien y todo por culpa de esos dos y sus pleitos maritales.
Una ambulancia se llevó al cuerpo, mientras que Michael comenzaba a hacer algunas anotaciones, tenía que igual encontrar a Lucifer, tenían cuatro días de enojados, pero para el mundo mortal casi cuatro siglos, siempre que se enojaban, pasaban catástrofes.
En la casa de los Thompson, el servicio se encontraba despierto, las mucamas murmuraban sobre las noticias de la ciudad, sentían mucho miedo, pero igual murmuraban sobre la señorita Elizabeth y su comportamiento extraño, y más desde la muerte de esa joven niña.
Elizabeth mientras miraba un libro y una ilustración le trajo a su mente el rostro del hermoso señor MorningStar, tan guapo y misterioso, esperaba que fuera la tarde para poder hablar con él y saber porque le atraia tanto.