Pantera gruñó bajo, satisfecho, como un felino bebiendo de un río prohibido. Repitió, lamiéndola otra vez, más profundo, con lujuria. El dulzor de ella llenó su boca y lo hizo cerrar los ojos un instante, como si estuviera probando el néctar más adictivo de su vida. —Deliciosa… —murmuró contra su piel, antes de volver a hundirse. Sus labios se cerraron en torno a su clítoris, su lengua entrando experta, marcando un ritmo que era tanto tortura como regalo. Cada movimiento era calculado para arrancarle sonidos, para obligarla a gritar. Evanya temblaba. El cristal del ventanal se humedecía con el calor de su respiración. Su espalda se arqueaba buscando más, mientras las manos de Pantera se aferraban con fuerza a sus nalgas, apretándolas con brutalidad, obligándola a hundirse más contra su

