Caelan se acercó por detrás de Jenna y habló con frialdad. —Sabes las reglas. No se toca a las chicas. El hombre se removió en su asiento, carraspeando. Jenna, sin voltear, dio media vuelta para regresar a la barra. Caelan caminó detrás de ella. —Puedo defenderme sola —le dijo ella, con una sonrisa en los labios y los ojos fijos al frente. —Lo sé —respondió él, sin dejar de observarla—. Acompáñame a la oficina. —¿Por qué? —preguntó ella frunciendo el ceño. —Porque te lo estoy pidiendo —musitó él, aunque eso había sido una clara orden. Jenna resopló, pero fue tras él. Caelan abrió la puerta de su oficina, y apenas entraron, la cerró de un portazo. Su mano la tomó de la cintura con fuerza y la estampó contra la puerta, sus cuerpos quedaron pegados como si se reconocieran con urgencia.

