Evanya no se apartó, aunque sintió que le faltaba el aire. Él tampoco dijo nada. Ni se movió más de lo necesario. Pero la tensión quedó suspendida como un hilo invisible entre ellos. Azran se agachó un poco para sacar un archivo del mueble lateral. Lo hojeó, se lo entregó también. —Necesito que esto lo pases en limpio y me lo dejes firmado para mañana. Ella asintió. Azran cerró el mueble y se giró hacia la puerta. —Ahora ve a casa —la miró un segundo—. Deja tu dirección en recepción. A las siete con veinte pasará por ti mi chofer. Evanya abrió los labios, pero no dijo nada. Asintió con profesionalismo, con firmeza. Aunque por dentro todavía le vibraba el pulso. Salió de ahí sin mirar atrás. Y Azran, de nuevo, se quedó solo. Pero ya no miraba por el ventanal. Ahora, con las manos

