El Sello del Tacón

1239 Words
Me subí a mi auto. Guardé la nota en la guantera, no sin antes leerla una vez más. Ese "señor inglés" sonó de súbito a veneno dulce, una burla fina que se grabó en mi memoria. Esa "S", una simple S... "¡Qué original!", terminé por decir, con un resoplido de exasperación y una risa amarga, al encender el auto. El rugido del motor me devolvió a la realidad, pero no me liberó de ella. Manejé en círculo unos minutos, observando los estacionamientos y restaurantes aún cerrados, las calles desiertas que pronto cobrarían vida con el ajetreo matinal. La chica "S" se había esfumado. Se había convertido en un fantasma. Uno que tal vez, no dejaría de perseguirme. Y yo, que siempre había sido el cazador, me encontraba ahora con la marca de mi propia presa. Llegué a la casona cuando el sol ya trepaba por el cielo, tiñendo de oro viejo los ladrillos de la fachada. Subí las escaleras de mármol de dos en dos, sin detenerme, directo a mi habitación, un santuario de orden y sobriedad que contrastaba brutalmente con el caos de la noche. Esa mañana, el hambre era una sensación ajena, el sueño un lujo inalcanzable, e incluso la imperiosa necesidad de responder mensajes de negocios, de mantenerme al tanto del mundo, se había disipado como el vapor de una taza de café recién hecho. El ardor punzante de sus uñas en mi piel, una constelación de líneas rojas sobre mi pecho y espalda, me mantenían lleno. Saciado. Roto. Pero extrañamente completo. Me quité la ropa despacio, sin el mínimo apuro, como si cada prenda que abandonaba arrastrara consigo una capa más de mi antigua identidad, de mi fachada. Mis dedos rozaron la tela de la camisa manchada con el rastro del tacón, el olor de ella aún adherido, un perfume que se había convertido en un ancla. Mi cuerpo, cada músculo, cada poro, parecía necesitar conservar por un rato más el eco, la impronta, de lo que ella había hecho con él. De cómo me había poseído. Entré en la ducha. El agua caliente bajó por mi espalda, una cascada purificadora, pero no se llevó nada. Ella seguía ahí. En la piel, donde cada roce de agua revivía la memoria de su contacto. En los labios, que aún sentían la quemadura de los suyos. En el pecho, donde el ardor era más que físico, era el quemazón del ego herido, pero también de una excitación renovada. En el recuerdo, que se negaba a diluirse, a desvanecerse en la bruma de un amanecer. Era un fantasma tangible, una fiebre que corría por mis venas, una adicción instantánea. Volví a recostarme en la cama, el colchón me recibió con una familiaridad inquietante, como si nunca me hubiese ido, como si esa noche de locura no hubiera sido más que un sueño febril. Me hundí en las sábanas de seda, buscando la quietud, el silencio que solía ser mi refugio. Me dormí. Unos minutos. Apenas. El sueño, un velo fino entre la conciencia y la memoria, me arrastró a un lugar donde el tiempo no existía, donde las reglas se disolvían. Y en ese breve, vívido sueño, la escuché. No con claridad, no con la nitidez de una conversación, sino con ese eco que solo dejan las voces que marcaron más que la piel, más que el alma, voces que se instalan en el tuétano de los huesos. —“Yo, inglés, seré quien te haga gritar esta noche…” El sonido era melódico, casi una burla, resonando en el oscuro pasillo de mi mente. —“...pero solo le gritarás al viento, porque no hay nombres.” Su voz se deslizó, acariciando la oscuridad, una promesa de anonimato que ahora me quemaba con su frialdad. —“Eres tan hermoso… tan delicado…” La ironía, la sorpresa en su tono, me revolvió las entrañas. ¿Delicado yo? La palabra se sintió como una bofetada. Era una palabra que nadie, jamás, en mi vida de negocios y de control, me había dedicado. Una vulnerabilidad expuesta. —“Pero tendré que romperte.” La frase se hundió en mi pecho, fría y contundente, una sentencia, una profecía autocumplida. Y luego, el susurro más íntimo, el que me persiguió al borde del despertar: —“Solo por un rato.” Desperté con un sobresalto, el corazón latiendo con una fuerza desbocada contra mis costillas, como un pájaro atrapado en una jaula que de repente había descubierto que tenía alas. El pecho agitado, la piel húmeda por un sudor frío, una mezcla de placer residual y la perturbación de la voz que aún resonaba en mis oídos. El corazón me latía con un ritmo distinto, un nuevo compás, como si algo en mí, en mi esencia más profunda, ya no fuera igual. La familiaridad de mi santuario de mármol se sentía ajena, extraña, invadida. Me senté al borde de la cama, la cabeza gacha, intentando ordenar el caos en mi mente, el eco de esas palabras. Levanté la mirada. De frente, imponente, se alzaba el gran espejo de cuerpo entero donde solía probar mis trajes hechos a medida antes de cerrar un negocio millonario o de partir a una cita con nombre, hora y resultado predecible. Y entonces la vi. La marca. Exactamente ahí. Justo encima de mi corazón, donde el traje cubría a la perfección, una huella redonda y nítida. La impronta de un tacón. La huella del tacón de ella. Me levanté. Mis piernas se sintieron pesadas, pero la necesidad de confirmación me impulsó. Caminé hasta el espejo, como un sonámbulo atraído por una verdad ineludible. El reflejo era casi irreal, la luz del amanecer iluminando mi cuerpo perfecto, bronceado por los veranos en la Riviera, y marcado. Marcado por ella. Era como un autógrafo grabado en mi piel. Un autógrafo de alguien que no quería ser recordada, de alguien que no dejó nombre, pero que me había tatuado a mí con otra clase de tinta, invisible para el mundo, pero ardiente bajo mi piel. Una marca de posesión, una firma de control. Tomé mi teléfono, mis dedos temblaban apenas. Activé la cámara. Click. Una foto. Desde el espejo. Desde el ángulo exacto. Quería grabar, preservar, el lugar preciso donde aquella mujer me había reclamado como suyo. No por ternura, porque no había ternura en ese acto. No por amor, porque no había amor en ese vacío. Sino como quien rompe un jarrón antiguo, una pieza de incalculable valor, no para destruirlo, sino para comprobar si, al quebrarse, todavía suena algo, un eco, una vibración, una nota nueva que antes no existía. Y entonces lo supe. Con una claridad dolorosa y, a la vez, extrañamente liberadora. Ella me había roto. Solo por un rato. Pero esa rotura, lejos de hacerme sentir aniquilardo, había despertado algo. Aún no sabía cómo escribir lo que sentía. No era deseo carnal, aunque aún me quemaba. Tampoco venganza, aunque mi ego gritaba. Ni siquiera simple curiosidad por una mujer enigmática. Era algo más profundo. Algo que se metía bajo la piel, reptando entre las costillas, hasta el lugar exacto donde, en mi caso, habitaba el orgullo. El orgullo de un dios caído que, por primera vez, había sentido el asfalto. Y ahora, no sabía si quería encontrar a la mujer que me había empujado al suelo, o si solo necesitaba sentir, una vez más, la marca de su tacón sobre mi pecho.
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