Lección del Tigre y el Dragón

1247 Words
La discoteca, antes un escape del silencio, ahora vibraba con una tensión que solo yo parecía sentir, una electricidad que me estaba volviendo impaciente. Finalmente, la paciencia se me agotó. La música pulsaba, pero para mí solo existía el eco de mi propia voz interior. - Despídete de tus amigas. Nos vamos, - ordené, firme, la voz grave y tan tensa como el puño que apretaba el vaso vacío. No era una pregunta, era un ultimátum. Samira me miró por encima del hombro, sin moverse, sin apurarse. Su boca se curvó en una sonrisa desafiante, una de esas que podían incendiar un bosque, prometiendo peligro y una batalla. Sus ojos verdes, que antes brillaban con coqueteo, ahora reflejaban una chispa de rebeldía pura. - ¿Y por qué no vine contigo?, - respondió, cruzando las piernas con una lentitud exasperante y provocadora. Éramos dos glaciares furiosos. Tomé el último trago de mi whisky, sintiendo el ardor en mi garganta, y apoyé el vaso con una fuerza contenida sobre la barra de madera. El sonido seco, abrupto en medio del estruendo de la música, hizo que Yajaira y Laura se miraran entre ellas, inquietas, intuyendo que algo grande estaba a punto de ocurrir. - Samira… nos vamos. - Esta vez no era una sugerencia. Era una declaración. Cada sílaba estaba cargada con la determinación de un hombre que ha alcanzado su límite. Ella se acomodó más en la silla alta de la barra, sus brazos cruzados sobre el pecho en un gesto de desafío. El vestido azul se tensó en sus curvas, un color que absorbía la luz y revelaba el fuego que la habitaba. Sus ojos no se apartaron de los míos. - Entonces inténtalo, - replicó sin titubear, su voz un susurro cargado de audacia, un reto. Fue todo lo que necesite para encender la mecha. Mi paciencia se rompió como el cristal. No dudé un segundo. Me incliné sobre la barra con la rapidez de un depredador, la tomé en brazos con la fuerza de un hombre que ya no estaba para juegos ni diplomacias, y me la eché al hombro como si no pesara nada, ignorando el asombro del alemán y los murmullos de la gente. Samira gritó, una mezcla de furia y sorpresa genuina. Se revolvió en mi hombro, pataleando con sus botas, y entre carcajadas y gritos furiosos soltó: - ¡Estás loco! ¡Suéltame, Grayson! ¡Grayson, idiota! ¡Bájame ahora mismo! Pero no respondí con palabras. Solo le di una nalgada fuerte, sonora, que hizo que Yajaira soltara un "¡Dios mío!" ahogado, mientras Laura, incapaz de contenerse, disimulaba la risa detrás del vaso que llevaba a los labios. - Nos vamos, - mascullé, mi voz ronca y cargada de una posesión brutal, apretando el paso entre la multitud que se abría a mi paso. - Aquí no te quedas con ningún maldito imbécil. No me tientes a que lo muela a golpes. A ese alemán o a cualquier otro. Salomón, y el hombre encargado de la seguridad, nos siguió con paso apresurado, levantando las manos como para calmar a todos los curiosos que se detenían a mirar la escena, algunos divertidos, otros escandalizados. - Tranquilos, tranquilos. - decía Salomón con una sonrisa forzada. - Todo bien, todo bajo control! Ese loco es mi jefe, y la señorita Samira sabe defenderse, ¡se los aseguro! Además, no conocemos su cuento con el inglés... eso es amor a lo bestia. - dijo, guiñando un ojo y sacudiendo la cabeza con resignación y una sonrisa cómplice. Ya en la puerta, con el aire fresco de la noche golpeándonos el rostro, Samira me miró por encima del hombro, y por primera vez notó algo distinto en mí. No solo era rabia o deseo lo que veía en mis ojos. Era una mezcla feroz, una desesperación casi palpable. Yo estaba verdaderamente enojado, herido en mi orgullo de lobo. Los músculos de mi mandíbula marcaban cada palabra contenida, y mis ojos azules, antes tormentosos, brillaban ahora con un fuego que ya no sabía si era furia desatada o un amor tan desesperado que rozaba mi propia locura. Ella entendió. Y creo por eso, se dejó llevar. La resistencia se desvaneció, no porque yo la hubiera doblegado, sino porque ella decidió ceder. No dijo más. No peleó, no pataleó de nuevo. Solo me dejó ganar…. A veces, hasta las fieras más salvajes saben cuándo rendirse. Pero solo por estrategia, un movimiento calculado en el complejo ajedrez que era su vida. Y yo también lo sabía. La verdadera batalla entre nosotros aún no había comenzado. Unos minutos después La noche engulló el rugido amortiguado del Aston Martin cuando detuve el coche frente a la casona, la silueta imponente de la mansión recortada contra la luna. El silencio de Castle Combe se cernía sobre nosotros, denso, expectante, roto solo por el suave murmullo del viento entre los árboles. Al bajar del coche tomé a Samira nuevamente sobre mi hombro, unos segundos después liberándola de mi agarre, y ella tocó el suelo con la ligereza de un felino, pero sus ojos verdes, aún chispeantes de una mezcla indescifrable de furia, deseo y expectación, estaban fijos en los míos. La discoteca, la bronca, el alemán, todo había quedado atrás. Ahora solo existíamos nosotros dos. Cruzamos el umbral de la antigua mansión, la oscuridad nos recibió con un abrazo frío. El eco de nuestros pasos resonó en el vestíbulo de mármol, un contrapunto inquietante a la furia controlada, casi eléctrica, que Samira sentía vibrar en cada una de sus venas. Justo al cruzar la puerta, antes de que pudiera articular una palabra o siquiera respirar a fondo, Samira giró el rostro hacia mí, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, depredadora, que prometía una retribución, una venganza dulce por la humillación sufrida. - Trae una botella de champán. Ahora, - ordenó, su voz apenas un susurro, pero con una autoridad tan absoluta que no dejaba lugar a dudas. No era una petición; era una invitación, una sentencia, el primer golpe de una partida de ajedrez donde las reglas las ponía ella. - Por traerme aquí sin mi consentimiento, señor Johnson, tendré que castigarte. Y no seré amable. Sentí una sacudida que me recorrió el cuerpo, una mezcla de sorpresa, asombro y una excitación brutal. La audacia de esa mujer era... sencillamente embriagadora. Ella me había retado en medio de la ruidosa discoteca, frente a cientos de ojos, y ahora, en mi propio territorio, en la penumbra y la soledad de mi hogar, me estaba dando una orden. Una orden de sumisión. - No tardes que arriba te espero, - añadió Samira, sin esperar una respuesta, sin una sola duda en su voz. Se dio media vuelta, y sin mirar atrás, sus tacones de aguja repiquetearon con un ritmo firme y seductor mientras subía la gran escalera principal, soltando su cabello una silueta elegante que se perdió en la penumbra del piso superior, dejando tras de sí un rastro de jazmín y de promesa. Quedé en silencio, plantado en el vestíbulo, observando la oscuridad que se la había tragado, la imagen de sus piernas torneadas grabada a fuego en mi mente. Mi deseo por ella me estaba enloqueciendo, empujándome a un límite que no creía posible. El control, mi férreo control sobre todo, sobre mis emociones, sobre mis impulsos, se desmoronaba por completo ante la presencia de esa mujer. Suspiré, no de frustración, sino de una extraña, casi dolorosa, anticipación.
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