Unas horas después, el sol del domingo entraba por los ventanales altos, tibio, suave, dorado. La casona estaba en calma. Los empleados de servicio iban y venían como fantasmas silenciosos, respetando el ambiente íntimo que nos envolvía.
Samira y yo estábamos solos.
Desayunamos en la terraza trasera, rodeados del murmullo de los árboles y el canto lejano de los gallos. El aire olía a tierra húmeda y café recién colado. Samira, con el cabello recogido en un moño despreocupado y sin una gota de maquillaje, parecía más salvaje y más hermosa que nunca, con el rostro sonrosado por el sueño y el ardor de las horas pasadas.
- No sabía que comías panqueques - , dijo ella con media sonrisa mientras le daba un mordisco a uno de los que habían preparado especialmente para mí, saboreando la dulzura de la miel.
- No son tan buenos, - respondí, estirado en la silla, descalzo, con una taza de café en mano y la mirada fija en ella, observando cada pequeño gesto. - Pero creo que la presencia de una mujer indomable despierta un hambre oculta.
Ella sonrió, divertida, y me miró por encima del borde de su taza.
- Te vas a poner tierno ahora, inglés, - había un matiz de burla afectuosa en su voz.
- No. Solo observador. Me gusta verte así… sin tus armaduras, - añadí, con una suavidad inusual en mi tono.
- Y a mí me gusta que no estés compitiendo conmigo cada segundo, - confesó Samira, dejando la taza sobre la mesa, la verdad en su voz casi tan palpable como el vapor que se alzaba del café.
Nos quedamos en silencio por unos instantes, compartiendo algo más íntimo que las palabras: una tregua sin condiciones, una pausa en medio de la guerra emocional que solíamos pelear. El sol de la mañana nos envolvía en un aura de paz engañosa.
Después del desayuno, caminamos juntos por los jardines. El cielo tenía un azul limpio y el sol se filtraba entre las ramas, pintando sombras suaves sobre el sendero de piedra. Samira iba descalza sobre el césped, con un vestido suelto de lino que apenas le cubría las rodillas, moviéndose con una ligereza etérea. Su cabello recogido en un moño flojo dejaba ver la curva perfecta de su cuello, y a cada paso, su silueta parecía danzar con el viento.
Yo, a su lado, caminaba en silencio, cautivado. La observaba con una calma que no era mía, como si el simple hecho de verla así me curara partes de mí que ni sabía que estaban rotas.
- No entiendo cómo puedes andar descalza con esa tranquilidad - , dije al fin, bajando la mirada hacia sus pies, que parecían hundirse apenas en la hierba.
- El pasto no muerde, - respondió Samira, sonriendo, sin mirarme, absorbiendo la frescura de la tierra en sus plantas. - Además, me gusta sentir la tierra. Me recuerda que estoy viva.
Asentí con lentitud.
- Tú vives diferente. A tu manera. Sin pedirle permiso a nadie.- Había una punzada de admiración y quizás de envidia en mi voz.
- Eso es una crítica, - preguntó ella, mirándome con una ceja arqueada, su sonrisa se atenuó un poco.
- No, - dije, suave, acercándome un poco más. - Es una confesión. Yo nunca supe hacerlo así.
Samira detuvo el paso. Giró un poco el rostro para mirarme con más atención, la luz del sol resaltando los destellos dorados en sus ojos verdes.
- Y ahora. ¿Qué haces conmigo? ¿Aprendes… o te resistes? - La pregunta flotó en el aire, cargada de una tensión silenciosa.
No respondí de inmediato. En lugar de eso, le acaricié la espalda baja con la yema de los dedos, casi como quien tantea una verdad sin atreverse a decirla. Ella no se apartó. Al contrario, se apoyó en mi hombro con la naturalidad de quien ya ha estado ahí antes, como si ese cuerpo fuera su refugio secreto. El calor de su piel se filtraba a través del lino de su vestido.
- Creo que… contigo solo me dejo llevar, - murmuré, mi voz apenas un soplo contra su cabello, una admisión de vulnerabilidad que rara vez me permitía.
Un grupo de mariposas revoloteó sobre un arbusto de lavandas florecidas, sus alas vibrantes creando pequeñas ráfagas de color. Los dos las observamos sin decir nada, como si el silencio entre nosotros tuviera más significado que cualquier frase armada.
- Qué harás cuando me vaya, - preguntó ella, sin mirarme, la pregunta escapándose como una verdad inevitable.
La miré de perfil, el contorno de su rostro recortado contra la luz del mediodía. Mi mandíbula se tensó imperceptiblemente.
- Te vas, - la pregunta era simple, pero había un tono de incredulidad, casi de desafío.
- Claro. Siempre me voy. A todos los lugares. De todas las personas.- Su voz era monótona, como si recitara una verdad universal.
Sonreí con tristeza, una sombra cruzando mis ojos azules.
- Entonces tendré que hacer que quieras quedarte.
- Eso suena a amenaza.- dijo Samira y se separó un poco de mí, la ceja alzada de nuevo, buscando la provocación.
- Tal vez sea una promesa, Samira.- La intensidad de mi mirada no dejaba lugar a dudas.
Ella me miró con los ojos entrecerrados. Algo entre su pecho se removió con fuerza. No supo si era miedo, ternura o deseo. Tal vez todo junto. Una pequeña batalla interna se libraba en su interior. Y entonces, caminó otra vez. Como si no hubiese dicho nada. Pero dejando que su mano rozara la mía al andar. No la tomé… aún. Solo la tentó, un juego silencioso.
Como todo lo que estaba pasando entre nosotros, un delicado equilibrio entre el control y la rendición.
La tarde pasó sin sobresaltos, como si el tiempo se hubiese detenido para regalarme un momento de paz robada. Compartimos un almuerzo ligero, leímos libros en la biblioteca silenciosa, e incluso, por un momento, nos vimos envueltos en una conversación sorprendentemente profunda sobre arte y viajes. Pero todo cambió con un simple destello en la pantalla del teléfono de Samira, olvidado sobre la mesa de ébano del salón.
Lo vi sin intención… al principio. Estaba buscando mi reloj de pulsera, que había dejado cerca del florero de cristal cuando la pantalla del móvil de Samira se iluminó con una notificación. El nombre que apareció me hizo fruncir el ceño, una línea dura apareciendo entre mis cejas.
> César Duarte:
> Ven a casa. Deseo verte. A veces juraría que te extraño.
No toqué el teléfono. No dije nada. Solo me quedé unos segundos en silencio, leyendo esas palabras como si fueran un tatuaje en fuego grabado directamente en mi retina. La familiaridad de las palabras, la implícita demanda.
Un cosquilleo de incomodidad se instaló en mi pecho, frío y punzante. César. El restaurador. El silencioso. El que la observaba con hambre de secretos, con una paciencia que yo, Grayson, nunca poseería.
La imagen de Samira con otro hombre, con ese hombre, se formó en mi mente, una imagen que me hizo apretar la mandíbula hasta que dolió.
Y por primera vez desde que Samira entró en mi vida, sentí que a lo mejor, jamás podría tenerla realmente. La posesión que había proclamado esa mañana parecía frágil, vulnerable a los hilos invisibles que la unían a otros mundos, a otras personas. Mi dominio, mi capricho, chocaban contra la inquebrantable libertad de Samira.
Y, en ese instante, el cazador depredador sentí, por primera vez, el gélido aliento de una derrota posible.