El piano y los fantasmas

1659 Words
Tres días de viaje a su lado me sirvieron para conocerla mejor, para acostumbrarme a sus manías, a la forma en que se recogía el cabello oscuro con un lápiz cuando pensaba, a cómo mordía el borde de una servilleta de papel cuando algo la ponía nerviosa, y a la manera en que podía reír con todo el cuerpo, un estallido de alegría genuina, y segundos después, cerrarse como una muralla impenetrable. Lo que aún no lograba asimilar, lo que me carcomía por dentro, era ese silencio ruidoso que traía consigo. No era vacío; al contrario, estaba lleno de recuerdos, de voces que no eran mías, de pasados que yo no podía tocar ni entender del todo. Un pasado donde, quizás, otro hombre había sido su refugio, un pensamiento que me taladraba. Al llegar a la mansión, el sol de la tarde ya se extendía por los ventanales. Samira ni siquiera se deshizo de las maletas que habíamos traído. Corrió directo al piano del tío Germán, sus manos ansiosas por comenzar, con las herramientas y las piezas que habíamos comprado meticulosamente en el pueblo. Yo me dejé caer en mi silla de cuero favorita, con la intención de descansar de las horas de carretera, de mi tobillo recién recuperado. Pero no me moví. La miraba trabajar, con la paciencia de un relojero que ensambla el tiempo, con la devoción de un artista que devuelve el alma a lo que otros ya daban por perdido. No sé cuánto tiempo pasó. Minutos que se estiraban en horas… yo había dejado de contar, absorto en su concentración. De pronto, levantó la mirada hacia mí, sus ojos brillando de emoción, una luz que rara vez se permitía mostrar, y dijo con un susurro cargado de triunfo: —Escucha… Grayson, creo que acabo de recuperar su alma. Y entonces, sus dedos, ágiles y precisos, bailaron sobre las teclas de marfil. El sonido que emergió no fue solo música; fue memoria. Fue el eco de un tiempo perdido, de un cariño inquebrantable. El piano cobró vida y, con él, los fantasmas. Samira tocaba piezas que yo ni conocía, melodías extrañas, llenas de melancolía y alegría entrelazadas, pero cada nota me traía de vuelta a mi tío Germán. Lo vi tan claramente, como si estuviera ahí, sentado a mi lado: su habano a medio terminar reposando en el borde del cenicero, el vaso de whisky ámbar sobre una servilleta de lino en la brillante superficie del piano, y esa media sonrisa en su rostro, un gesto de pura dicha, que siempre llevaba cuando se perdía en la música. Por un instante, creí que iba a llorar. Cómo lo había extrañado, cómo anhelaba su presencia, su sabiduría, el simple sonido de su risa. Y entonces miré de nuevo a Samira. Ese demonio. Esa mujer que el destino había puesto en mi camino con la misma fuerza con la que una tormenta arranca los árboles de raíz, dejándolos expuestos y vulnerables. Tocaba con la misma intensidad con la que había tocado mi cuerpo, con la misma pasión desenfrenada. Y yo lo sentí… sus dedos acariciando mi corazón, jugueteando con él como si fuera suyo desde siempre, como si tuviera derecho a cada latido. Me descubrí enamorado. Más que rendido, estaba preso. Prisionero de sus ojos verdes, de su risa, de ese silencio que era un enigma. Pero el hechizo se quebró con un sonido insistente. Su teléfono. Notificación tras notificación, vibrando rítmicamente sobre la superficie pulida del piano, un recordatorio cruel de que otros hombres también la deseaban, de que tal vez la esperaban en algún rincón del pueblo, rogando por su atención, rogando por un pedazo de ella, tal como yo. Apreté la mandíbula, los músculos de mi rostro tensos. La rabia me ardía bajo la piel, un fuego silencioso que amenazaba con consumirme. Ella no lo notó, perdida entre notas y acordes, sus ojos cerrados, sonriendo con esa libertad que me hacía enloquecer, porque sabía que no podía controlarla. Yo, en silencio, con la furia burbujeando en mis venas, me hice una promesa, un juramento inquebrantable: Ningún hombre volvería a tocar la piel que ahora era mía. Ninguno. Ni César, con sus recuerdos y su falsa melancolía. Ni nadie. Y lo jure por Dios, aunque me costara el alma, Samira sería mía. Después de que sus dedos se detuvieron sobre las teclas del piano, el eco de la música desvaneciéndose en el aire, Samira levantó la vista hacia mí. Sus ojos brillaban como si acabara de devolverle un corazón al mundo, una chispa de vida que me deslumbraba. —¿Tienes la tablilla? —me preguntó, su voz suave, casi un susurro, mientras señalaba con delicadeza el lugar en el marco del piano donde alguna vez había estado incrustada. —Sí —respondí, la palabra escapando de mis labios con una ligereza inusual. Caminé hasta la cómoda de caoba, donde mi tío Germán guardaba objetos que para cualquiera parecerían simples, insignificantes, pero que para él eran tesoros cargados de historia y significado. La tomé con sumo cuidado. El nombre grabado, David Winston, aún parecía susurrar desde la madera pulida, un eco de un pasado que no me pertenecía. Cuando se la entregué, Samira la sostuvo con una reverencia sorprendente, como si acariciara la memoria de su abuelo, el hombre que la había moldeado tanto. Con su propia pluma caliente, de esas que usan los restauradores, grabó lentamente su nombre debajo del de su abuelo: “Aquí estuvo Samira”. La observé mientras lo hacía, tan concentrada, tan suya en ese acto de apropiación y pertenencia. Y pensé, tal vez eso era lo que ella pedía a gritos, lo que su alma indomable anhelaba: amor, tiempo, alguien que demostrara que no iba a irse, que se quedaría, que la esperaría. El corazón me latía fuerte, un tambor en mi pecho. Porque en ese instante me di cuenta de que yo podía ser ese alguien. Yo quería serlo. Pero la sombra de César se coló en mi mente, una mancha oscura en mi visión. Él había estado antes que yo. Ella lo había dejado entrar en su cama, en su vida, en su silencio, en esa intimidad que ahora era mía. No sabía cuánto tiempo, ni cuántas veces, pero lo suficiente como para que él siguiera ahí, rondándola como un fantasma que se negaba a desaparecer, a dejarla ir por completo. Y la pregunta me quemaba por dentro: ¿qué había recibido él a cambio de su devoción? Migajas. Lo que yo jamás aceptaría. Yo era un Johnson, un hombre que tomaba lo que quería. Y por ella, no iba a conformarme con menos que con todo. Ya había tomado una decisión: pelearía por Samira con uñas y dientes, como cualquier bestia acorralada por el amor y los celos, por la posesión que me consumía. Pero entonces, su teléfono sonó. Ella lo contestó, sonriendo de inmediato, su rostro iluminándose con una facilidad que me exasperaba. El nombre que apareció en la pantalla me encendió las entrañas: Yajaira. Una de sus amigas. Una de esas que aún no me había permitido conocer, porque Samira jamás me había presentado a nadie de su círculo. Nuestra relación se mantenía encerrada en las paredes de esta casona y en mis sábanas. Como si yo fuera un secreto incómodo, una aventura de la que no debía enterarse el mundo. Me hartaba. Me quemaba. Me dolía. Colgó, aún sonriendo, y se giró hacia mí, sus ojos verdes brillando con una ligereza que me destrozaba. —Saldré con las chicas —me dijo, como si se tratara de un simple recado, de una tarea más en su agenda—. Tengo días sin verlas, se ponen quisquillosas. Después, rodeó mi cuello con sus brazos y me besó varias veces, con una familiaridad que era casi una burla. No era una súplica. No era un permiso que me pedía. Era una sentencia. Una decisión unilateral. Ella se iba, y yo debía aceptarlo, debía tragarme mi orgullo y mis deseos de posesión. —Volveré más tarde. Te llamaré luego —añadió, con esa ligereza que me destrozaba, que me hacía sentir insignificante. La vi marcharse en mi auto, mi lujoso coche devorado por su espíritu libre, con su perfume flotando aún en el aire, una estela de su ausencia. Su camioneta seguía en el taller, esperando a que yo reparara la abolladura que había dejado en su borrachera, cuando prácticamente arrancó la fuente del jardín. Me quedé en silencio en el pasillo. Un trago. Dos. Tres. Nada me calmaba. El whisky quemaba mi garganta, pero no aliviaba el fuego que me consumía por dentro. La rabia se acumulaba como un fuego en mis venas, hirviendo silenciosamente. La duda me devoraba, una plaga de pensamientos tóxicos. ¿Estaría con César? ¿Sería esta su oportunidad para verlo, para responder a esos mensajes que ignoraba frente a mí? Él le escribía todos los días. La llamaba. Y aunque frente a mí nunca respondía, ¿qué me aseguraba que no lo hacía cuando yo no estaba? La imagen de ella riendo con él, de sus manos rozándose, me arrancaba la piel por dentro, una tortura lenta y cruel. Al fin, cansado de mi propia guerra interna, de los demonios que me acechaban, me cambié de ropa y encendí una de mis motocicletas, una de esas máquinas potentes que solo yo manejaba. El rugido del motor fue lo único que logró sacarme de esa cárcel mental, de la obsesión que me aprisionaba. Necesitaba aire. Necesitaba paz, aunque fuera un respiro momentáneo. Y solo había una persona en el pueblo capaz de darme un respiro, de ofrecerme una distracción: Salomón. Me fui directo a su taller. Tal vez con una cerveza fría, con su humor crudo y sus frases de viejo sabio disfrazado de mecánico, lograría pasarme la amargura que me corroía. Quizás él, con su perspectiva simple, podría darme la clave para entender a una mujer tan compleja como Samira.
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