La madrugada dormía con un silencio espeso sobre la mansión, un manto pesado y frío que presagiaba algo más. Ese letargo se hizo añicos cuando el primer estruendo sacudió las paredes, un trueno seco que vibró hasta mis huesos.
—¡BAM!
El chirrido metálico, áspero y estridente, rasgó el aire, y el corazón me dio un vuelco brutal antes siquiera de abrir los ojos. Otro golpe retumbó, más fuerte, más deliberado. No era un accidente; alguien estaba chocando contra mi portón. La furia comenzó a burbujear en mi pecho.
Salté de la cama. Samira se levantó a mi lado, envuelta en las sábanas, aún medio dormida, sus ojos grandes y confundidos en la penumbra.
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó, su voz apenas un hilo.
—No lo sé —dije, mis músculos tensos, el aire helado de la habitación no haciendo nada por calmarme—. Pero lo voy a averiguar.
Salí a grandes pasos, la rabia impulsándome. Solo llevaba mis pantalones deportivos, el pecho desnudo. El frío cortante de la madrugada me golpeó de lleno, pero no me importó. Al llegar al portón principal, escuché un tercer golpe seco, demoledor. El metal vibró con una agonía.
Y entonces lo vi.
César.
Estaba ahí, tambaleándose, borracho, inestable, en el medio de la calzada. Su coche, un todoterreno n***o, parecía una bestia herida, con el capó destrozado y una densa humareda blanca brotando del radiador. Daba de frente contra mi portón, una y otra vez, como si buscara derribarlo con la pura fuerza de su desesperación. Él ni siquiera pestañeaba. La cara le brillaba de sudor y locura.
Samira llegó detrás de mí, envolviéndose en la sábana, su aliento visible en el aire helado. Justo entonces, César alzó la voz, un grito gutural que se desgarró en la noche.
—¡Grayson! ¡Cobarde de mierda! ¡Sal y pelea como un hombre! ¡No te escondas detrás de sus piernas!
Ella se detuvo en seco. Vi cómo sus ojos se dilataban, cómo la sorpresa se transformaba en una dolorosa comprensión. Los golpes, la rabia, la ausencia de las palabras que no me atreví a confesarle... todo cobró sentido para ella en ese instante. Se quedó helada.
—¿Tú… tú te peleaste con él? —me preguntó, su voz rota, apenas audible.
No respondí. No pude. La cara de César se hinchó con otro grito, una herida mal cerrada en su ceja goteaba sangre, y sus ojos, inyectados, brillaban con una mezcla de alcohol y un dolor crudo. Tenía la voz quebrada y el alma aún más rota, lo sabía.
—¡Ábreme el portón, inglés de mierda! ¡Te voy a enseñar a no robar lo que no es tuyo!
Yo… lo hice. Mis manos temblaban de rabia mientras abría el portón, el chirrido metálico acompañando su voz. No porque fuera a dejarlo pasar y pelear. No. Lo hice porque no le tenía miedo a ningún hombre que se atreviera a levantarme la voz.
Pero antes de que pudiera avanzar un solo paso, Samira se me adelantó.
Descalza. El cabello suelto, una melena oscura ondeando al viento frío. Vestida solo con una camiseta mía, enorme sobre ella, y su fuerza ardiendo por dentro. Era una visión imponente, casi salvaje.
Y le propinó la primera bofetada.
Fue tan fuerte que el sonido resonó en la madrugada y la cabeza de César giró violentamente a un lado. Él no reaccionó. Ni parpadeó. Solo se quedó ahí, un títere de su propia miseria.
—¿Qué estás haciendo, César? —dijo ella, su voz dolida, pero firme, cortante como un cuchillo afilado—. ¿Así quieres que te recuerde? ¿Estampándote contra un portón por una mujer que no te debe nada? ¿Destruyendo lo que te queda de dignidad?
Y entonces la segunda bofetada retumbó en la madrugada, más fuerte aún, reverberando en el silencio.
Yo no respiraba. Mis puños se apretaron hasta que los nudillos blanquearon. Si ese idiota levantaba la mano contra ella, lo mataba ahí mismo. No había duda en mi mente.
Pero no lo hizo. César se quedó de pie, recibiendo sus palabras como si fueran cuchillos afilados que le abrían el alma. Su mirada vacía no se apartaba de ella.
—Regresa por donde viniste, César. Hablaremos después, cuando estés sobrio y puedas pensar. No sé qué está pasando contigo, ni qué estás haciendo… pero te aseguro que no me gusta. Ahora lárgate.
Su voz fue firme. Cruel y triste a la vez. Había una autoridad innata en ella que me dejó sin aliento.
Y César obedeció.
Sin mirar atrás, con el hombro hundido, subió al auto dañado. Dio marcha atrás con dificultad, los neumáticos chirriando en el asfalto. Se fue, perdiéndose en la oscuridad de la carretera.
Y ahí fue cuando me di cuenta, con una claridad tan abrumadora que me dolió el pecho.
Samira era la que mandaba.
Nosotros… solo respondíamos. A su voz, a sus silencios, a su forma de amar y de destruir. Yo, Grayson Johnson, el que nunca se doblegó ante nadie, el que había construido un imperio desde la nada, me había convertido en un súbdito de su reino salvaje. Un reino que ella gobernaba con una mezcla de fuego y tristeza.
Volteé a verla.
Estaba temblando. No de miedo, me di cuenta. Sino de rabia contenida, de una furia helada que la había poseído. Me acerqué y la envolví en mis brazos, el calor de su cuerpo contra el mío.
Ella no lloró. Ni una lágrima. Solo se aferró a mí, el temblor disminuyendo lentamente.
—¿Por qué no me dijiste que te habías peleado con él? —preguntó, su voz amortiguada contra mi pecho.
—Porque pensé que podía manejarlo —dije, honesto por primera vez—. Pero contigo nada se maneja. Tú lo cambias todo.
Ella asintió, como si esa frase la resumiera entera. Como si aceptara que su mera presencia alteraba el curso de las cosas.
Luego volvió a mirarme, sus ojos aún velados por una tristeza indescifrable, compleja, antigua.
—Tienes que dejar de luchar por mí como si yo valiera la guerra, Grayson —murmuró, su voz apenas audible.
Una punzada de verdad que me atravesó el alma
El amanecer no trajo calma, sino la cruda resaca de la madrugada. El eco de los golpes contra el portón, ahora un amasijo de metal retorcido y pintura desconchada, aún vibraba en las paredes de la mansión, un testimonio mudo de la locura de César. Pero el silencio de Samira era aún más elocuente.
Yo no había pegado un ojo. El frío de la noche, aunque ya se había ido, parecía aferrarse a mi piel, un recordatorio de la rabia que había hervido en mis venas.
La encontré en la cocina, ya vestida, el cabello oscuro recogido en una coleta pulcra que no delataba el caos de su espíritu. Sus manos se movían con una eficiencia casi robótica, preparando café, como si la rutina pudiera borrar la mancha de lo sucedido. Me quedé apoyado en el marco de la puerta, observándola en silencio, el corazón aún golpeando contra mis costillas.
—No digas nada, Grayson —me pidió sin mirarme, su voz apenas un susurro, como si pudiera leer mis pensamientos más crudos.
—Tengo que decir algo. Esto no…
—No —replicó ella, girándose al fin, su rostro pálido bajo la luz tenue de la mañana. Sus ojos verdes, normalmente tan vivos, estaban enrojecidos e hinchados, aunque ni una sola lágrima había caído—. Lo único que lograste con esa pelea fue alimentar la culpa de César y despertar la furia que siempre ha tenido guardada. Es como echar gasolina al fuego.
Me acerqué, mis pasos resonando en el mármol frío. Tomé su barbilla con suavidad, obligándola a mirarme. Sus ojos se fijaron en los míos, una mezcla indescifrable de cansancio y reproche.
—No me arrepiento —dije, mi voz ronca, cargada de la emoción que apenas contenía—. Ni un segundo. Ese hombre no tiene derecho a tocarte ni con palabras. Nadie lo tiene.
Ella se apartó bruscamente, su cuerpo tensándose bajo mis dedos.
—¡Yo lo manejaba, Grayson! —explotó, la calma fingida de hace un momento rota en mil pedazos. Sus manos se apretaron sobre la encimera, los nudillos blancos—. Siempre lo hice. Sabía cómo aplacarlo, cómo mantenerlo a raya. Y ahora… ahora viene a tú casa, borracho, rompiendo el portón como un loco. ¿Sabes lo que va a decir la gente del pueblo? ¿Sabes lo que pensarán mis padres? Esto es un escándalo. ¡Un circo!
Me crucé de brazos, apretando la mandíbula hasta sentir dolor. El instinto me pedía gritar, defender mi furia, pero me contuve.
—Que tienes a un hombre que te ama tanto que es capaz de romperse la cara por ti. Eso es lo que deberían pensar. Que te defiendo. Que me importas.
Samira soltó una risa amarga que no llegó a sus ojos.
—¿Amor? —repitió la palabra, y la pronunció como si fuera una broma cruel, un eco vacío—. No sabes lo que dices. El amor no es esto, Grayson. No es golpes, ni portones destrozados, ni hombres a punto de matarse por una mujer que… que no sabe cómo quedarse.
Mi aliento se detuvo en mi garganta. Sus últimas palabras me golpearon con una fuerza inesperada, más dolorosa que cualquier puño.
—¿Y qué es entonces? —le pregunté con un dolor que se me escapó en la voz, apenas audible—. Porque yo nunca había sentido esto. Nunca. Ni con mi exesposa. Ni con nadie. Tú me quemas por dentro, Samira, me consumes, y no puedo… no puedo perderte. No puedo dejarte ir.
Ella bajó la mirada, el silencio entre nosotros llenándose de palabras no dichas. Por un momento fugaz, pensé que iba a quebrarse, que las lágrimas finalmente se desbordarían. Pero no lo hizo. La fortaleza que había demostrado la noche anterior seguía ahí, inquebrantable.
—No me mires así —susurró, su voz casi inaudible—. Me haces sentir que de verdad merezco esto. Todo este caos.
—Lo mereces —respondí sin dudar, mi voz firme, cargada de convicción—. Y más. Mereces todo lo bueno del mundo, Samira. Y si eso implica pelear por ti, créeme, lo haré cada vez que sea necesario.
Samira alzó la vista, y esta vez, sus ojos no contenían reproche, sino una tristeza tan profunda que me partió el alma. Una tristeza indescifrable, compleja, que prometía tormentas futuras.