Muy temprano me dirigí al trabajo, intentando dejar atrás la conversación de anoche con Alex. Trabajo en una empresa de marketing muy importante, donde he logrado construir una vida estable para mi hijo y para mí.
Soy asistente del CEO, un hombre amable y respetuoso que siempre ha sido comprensivo conmigo. Su nombre es Leonardo Blake.
—Buenos días, Jennifer —me saludó con una sonrisa cuando entré a su oficina con su café.
—Buenos días, señor Blake —respondí, dejando la taza sobre su escritorio.
Él tomó un sorbo y me miró con curiosidad.
—Te ves pensativa hoy… ¿Todo bien?
Asentí con rapidez.
—Sí, solo ha sido una mañana agitada.
Leonardo me observó por un instante, como si no terminara de creerme, pero no insistió.
—Está bien. Hoy tendremos una reunión importante con unos inversores, así que necesitaré que revises los documentos y te asegures de que todo esté en orden.
—Por supuesto, me encargaré de inmediato —respondí con profesionalismo.
Sonrió, satisfecho, y volvió a concentrarse en su trabajo. Mientras salía de su oficina, no pude evitar pensar en lo diferente que era Leonardo de Andrés del Pino. Leonardo era amable, respetuoso y jamás me había hecho sentir menos.
Pero justo cuando creí que mi vida había tomado un nuevo rumbo, el destino tenía otros planes para mí.
Pasé la mañana sumergida en documentos, asegurándome de que todo estuviera perfecto para la reunión. Leonardo confiaba en mí, y eso me motivaba a dar siempre lo mejor.
A las diez en punto, entré a su oficina con la carpeta lista.
—Aquí están todos los informes, señor Blake —le dije, dejándolos sobre su escritorio.
—Gracias, Jennifer. Sabía que podía contar contigo —respondió con una sonrisa antes de revisar los papeles.
Me disponía a salir cuando su voz me detuvo.
—Por cierto, los inversores ya están en la sala de conferencias. ¿Puedes acompañarme? Quiero que estés presente en la reunión.
Asentí y caminé junto a él hasta la sala. Pero cuando Leonardo abrió la puerta, sentí que el aire me faltaba.
Allí, sentado con su porte imponente y su expresión fría, estaba Andrés del Pino.
El hombre que me destruyó.
El padre de mi hijo.
Mis piernas temblaron, pero me obligué a mantenerme firme. No podía perder la compostura, no frente a él.
Leonardo avanzó sin notar mi reacción y estrechó la mano de Andrés.
—Señor del Pino, bienvenido.
Andrés sonrió, pero su mirada se desvió inmediatamente hacia mí.
—El placer es mío —dijo con voz profunda—. Y qué grata sorpresa encontrarme con Jennifer aquí… Después de tantos años.
Mi corazón latía descontrolado. Esto no podía estar pasando.
—¿Se conocen? —preguntó Leonardo, curioso.
Andrés entrecerró los ojos y esbozó una sonrisa ladina.
—Oh, sí… Jennifer y yo tenemos una historia juntos. Muy especial.
Me quedé helada. Lo último que quería era que mi nuevo jefe supiera algo sobre mi pasado con ese hombre. Pero Andrés del Pino estaba ahí, y algo en su mirada me decía que no pensaba dejarme escapar tan fácilmente.
Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro. Andrés me miraba con una mezcla de diversión y algo más peligroso, algo que me hizo estremecer.
—Jennifer —dijo Leonardo, notando mi incomodidad—. ¿Estás bien?
Respiré hondo y forcé una sonrisa.
—Sí, solo me sorprendió verlo aquí. Hace mucho que no nos veíamos.
Andrés soltó una leve risa, cruzando los brazos.
—Mucho tiempo, sí… Pero el destino es caprichoso, ¿no crees?
Leonardo frunció el ceño, sin entender del todo la tensión en la sala.
—Bien, tomemos asiento y empecemos la reunión.
Andrés se acomodó en su silla, pero no quitó la vista de mí. Me senté frente a él, evitando su mirada y enfocándome en mis notas.
La reunión comenzó y, por suerte, Leonardo llevó la conversación. Pero cada vez que me atrevía a levantar la vista, ahí estaba Andrés, observándome con una intensidad que me hacía sentir atrapada.
Hasta que, en un momento en el que Leonardo hablaba con otro inversor, Andrés se inclinó levemente hacia mí y susurró:
—No imaginé verte aquí, Jennifer… Mucho menos trabajando para mí.
Mi corazón se detuvo. Lo miré, sintiendo pánico.
—¿Trabajando para ti? —susurré de vuelta.
Andrés sonrió con arrogancia.
—No te dijeron, ¿verdad? He comprado parte de la empresa. A partir de hoy, soy tu jefe.
Mi respiración se volvió errática. No… Esto no podía estar pasando.
Andrés se acomodó en su asiento, satisfecho con mi reacción.
—Tendremos mucho de qué hablar… Después de tantos años.
Mi pesadilla acababa de empezar.