Podría llegar a jurar que los minutos se transformaron en horas y las horas se volvieron eternidad.
Zaz apuntaba con el arma a Rebbel que se congeló al ver lo que estaba sucediendo y que su vida ahora dependía solo con una halada del gatillo.
Los profesores y hasta el director se acercaron pero al instante se quedaron quietos en sus lugares, con el corazón en la boca.
—Zaz, baja el arma—suplicó en un murmuro Juana, quien estaba demasiado cerca de él.
Rebbel levantó las manos, rendido pero mi amigo seguía con la mirada puesta en él, con una expresión demasiado rara; sería pero sínica a la vez.
—Señor Dissel, por favor, baje el arma—le dijo el señor Federick, quien fue acercándose lentamente hacía él a paso de tortuga.
—¡No hasta que él prometa dejar de molestar a toda la escuela!—gritó en forma de respuesta, sacado de quicio.
Su grito me perturbó, congelándome la sangre al igual que el resto.
Me coloqué poco a poco entre él y Rebbel, quedando frente a frente.
—No hagas algo que pueda arruinarte la vida, Zaz—solté, intentando sonar firme pero mi voz me falló y salió partida en dos.
Sus ojos iban más allá de mí y sabía que intentaba mirar a Rebbel.
—Apártate Aurora, esto no es asunto tuyo—entonces empezó a agitar el arma con nerviosismo.
—No, no lo haré.
—¡Apártate!—gritó, provocándome un susto de muerte.
Los presentes le pedían en susurros que bajara el arma, con palabras de aliento y suplicándole que no lo hiciera.
Respiré hondo, sabía lo que estaba haciendo y a la vez no. No quería hacerme el héroe, solo quería salvarlo de que no cometiera ningún error. Yo sabía que él bajaría el arma y se arrepentiría. Yo lo sabía.
Los ojos oscuros de Zaz me miraban a mí, furioso por no hacer lo que él me pedía.
—¡Bájala, por favor!—le gritó Juana.
Ese fue el peor error que cometió ella. Lo puso nervioso ante ese grito y se sobresaltó de tal forma que perdió el control y apretó el gatillo.
La explosión me ensordeció y algo empezó a quemarme justo en la boca de mi estomago.
Sentí manos sobre mis hombros mientras que yo miraba aquel punto fijo de mi cuerpo en donde la sangre comenzaba a esparcirse, sobre mi ropa en donde lentamente se manchaba.
Me llevé las manos justo a dónde me pegó el disparo.
Sangre, mucha sangre.
Vi la cara de Zaz y Juana, los dos entraron en pánico. Los gritos me dejaron sorda.
Dolor, dolor y más dolor.
Las piernas se volvieron gelatina y me desplomé, pero alguien me agarró, y no sabía quién era.
La luz del pasillo fue lo ultimo que vi antes de cerrar los ojos.
—¡No es hora de dormir!¡Mueve tu trasero!
Abrí los ojos lentamente, con pesadez y lo primero que vi fue el rostro de alguien que no reconocí en absoluto.
—Y ahora me miras como si no me conocieras, genial.
Me fui levantando de apoco, aturdida.
Estaba en el pasillo de la escuela y esta estaba desierta.
Miré hacía la puerta y pude ver que era de noche, eso fue lo único que me descolocó porque todo estaba en su lugar.
Las luces prendidas, los cestos de basura en su sitio y las puertas cerradas.
¿Qué hacía en la escuela de noche?¡Mi madre me mataría!¿Cómo llegué allí?
—Hola, no soy transparente.
Entonces me volví hacía la persona que estaba acostada frente a mí, con la cabeza apoyada sobre su brazo y mirándome con una sonrisa picara.
Pegué un salto, poniéndome de pie al instante y comencé a mirar a todos lados, buscando una explicación.
—¿Qué hago aquí a esta hora?¿Por qué no estoy en mi casa?¿Quién eres tú?—pregunté, paranoica.
Me miró, continuando acostado y largó una larga carcajada.
Tenía una camisa a cuadros roja y unos pantalones negros, con los pies descalzos.
¿Eh?
—La pregunta sería, quién no soy yo—dijo, titubeante.
Sus ojos grises se clavaron en los mios y tenía el cabello color caramelo oscuro, con hondas que le llegaban hasta la nuca.
Realmente traté de relacionarlo con alguien conocido pero nunca lo había visto en mi vida.
—¿Estoy soñando verdad? Yo no te conozco—solté, muerta de miedo.
Caminé hacía las puertas de salida que eran dos cristales blancos con barra de seguridad rojiza en el medio. Y en el reflejo de ellas me vi, quedándome congelada.
—Ese vestido te queda precioso.
Lucía un vestido de tono piel, pegado a mi cuerpo y que no había visto porque estaba tan concentrada en...en todo.
Dios mio.
Era como un vestido de princesa demasiado descotado y muy largo.
Me llevé las manos al cuerpo, tocándomelo con desesperación. Sentí cosquillas al rosar las lentejuelas de este.
—¿Qué?¿Cuando me coloqué esto?—pregunté, jurando que estaría apunto de agarrarme un ataque.
Miré a aquel chico que continuaba allí, como si nada, mientras que yo moría por una explicación.
—¿Qué?¿No te gusta?—preguntó, incrédulo.
Me volví hacía él y ahora sentía el pesado tul que se arrastraba en el suelo.
—¡Quiero despertar!—grité, ya sacada de quicio—¡Despierta Aurora!
El chico sonrió y yo me volví furiosa.
Era un sueño y nada tenía sentido, yo sabía que lo era.
—Con que un sueño eh ¿A dónde quieres ir?—me preguntó, curioso.
—A un prado, lleno de jazmines y montañas a lo lejos...es lo primero que se me ocurre.
Apenas lo dije, mi alrededor se distorsionó y sentí un aire que me golpeó bruscamente en el rostro.
Abrí los ojos al instante y me caí hacía atrás, perdiendo el equilibrio.
Mi caída fue amortiguada por las flores que eran sacudidas por el viento.
Oh mi Dios, eran jazmines y podía sentir su aroma.
El techo de la escuela se había convertido en un precioso cielo azul y los casilleros se volvieron en pinos altos, lejanos. Podía oir el rio cercano y como el aroma se mezclaba con el verde cesped, y el olor de las flores.
Escuchaba el cantar de los pájaros y el sonido de la brisa.
—Qué...—susurré, perdida y admirada por mi alrededor.
—No puedes negarme que esto es precioso.
Me sobresalté al escuchar su voz nuevamente y estaba a mi lado, sentando con la mirada en el paisaje.
Bajé la vista a mi cuerpo y me encontré con que ahora mi vestimenta consistía en una camisa a cuadros como la que tenía él, unos jeans negros ajustados y unas botas negras sin tacón.
—¿Qué está pasando?¿Dónde estamos?—pregunté, como si el aire me faltara.
No entendía absolutamente nada, ni siquiera cómo estaban pasando las cosas.
Pero sonreí por el maravilloso paisaje frente a mí, y sentí...sentí una extraña paz.
—No sé, dónde estamos...Aurora pero...¿tienes intensiones de despertar?
Lo miré a los ojos por primera vez, y vi en él por fin algo familiar, una chispa quizás.
Sus ojos grises destellaban seguridad, esa seguridad que me era ajena pero...no dejaba de ser agradable.
—Entonces esto es...un sueño—dije en fin, fascinada.
Quería chillar de la emoción porque nunca había controlado mis sueños por más veces que intenté hacerlo. Y ahora, tenía la oportunidad.
—Supongo...así que bienvenida.