Hoy es mi cumpleaños. Diecisiete años.
Suelto un suspiro pesado, llevo casi un año viviendo en esta casa, y entre Dominik y yo no pasa nada más que un par de un intercambio de miradas y conversaciones planas.
He notado que me observa mucho, en especial cuando llevo mi pijama de short y blusa de tiras. Mis senos son prominentes, por lo que puede echar un vistazo a mi escote. Sé que se siente atraído a mí, al menos eso creo por la manera en la que aprieta los puños cuando sus ojos se traban en mis tetas, o cuando se queda mirando mis piernas por demasiado tiempo.
Sigue la rutina, lo observó tocándose la polla en el baño, permito que Mike me folle con sus dedos hasta que me corro; a veces dejo que me ponga su polla en mi boca y se corra en mi cara. Suelo tocarme mientras le chupo la v***a. Es violento y duro, pero me agrada. Me gustaría que esa polla fuera la de Dominik, pero estoy comenzando a darme por vencida.
No logro subir la cremallera trasera. Es un lindo vestido que Mary compró para mí como regalo de cumpleaños. Es de color purpura, ajustado en las piernas, el único inconveniente es que la cremallera queda en la espalda y sin ayuda, no lograré subirlo.
—¿Interrumpo? —Me doy la vuelta y encuentro a Dominik recostado como todo un galán bajo el umbral de la puerta. Me sonríe con dulzura, pero veo en sus ojos una llama que hace que mi coño chorree. Me recorre con lentitud, de pies a cabeza, deteniéndose en mi espalda desnuda y en mi espalda.
Usa una camisa negra de traje que se ajusta a su cuerpo varonil, pantalones grises con corte elegante. Lleva su cabello peinado hacia arriba, las canas asomándose con más valentía de lo usual. Sus ojos canela revelan más que de costumbre.
Posiblemente, es mi imaginación. He querido que me desee con tanta ansía, que puede que mi mente me juegue una mala pasada.
—No puedo subir mi cremallera—Lucho, dándome por vencida ante una batalla inútil. ¿Puedes ayudarme?
Asiente y avanza hacia mí. Trago saliva cuando sus dedos rozan mi espalda. Se me escapa un suspiro, quiero más de eso, de su toque y su cercanía, pero no lograré más que esto.
Sube la cremallera sin prisa, siento toda su presencia sobre mí, pero sé que será efímera, como todo lo que podamos compartir.
—Lista—Sus manos se posan sobre mis hombros y me tenso—. Te ves hermosa.
Mi cabello rojizo cae en ondas sobre mis hombros y pechos, llevo rímel y sombras en mis ojos, resaltando el azul que ilumina mi rostro. El vestido me queda bien, resalta mis partes bastante bien.
—Gracias—susurro. Me alejo y me siento en mi cama con una expresión de frustración por tenerlo ante mí sin poder tomarlo.
—¿Pasa algo? —Se sienta a mi lado y coloca su mano sobre mi rodilla. Me estremezco y lo enfrentó, intentó identificar el gesto cerrado y confuso de su rostro, pero no puedo atravesar lo que sea que haya detrás de esa máscara inescrutable—. ¿Te sientes mal? ¿Quieres que los invitados se vayan?
—No, estoy bien—asumo y luego, por impulso extraño, me inclino más cerca. Sus pupilas se expanden, pero no se aleja. Es solo... que no puedo más—digo, rompiéndome ante lo que sería el fin de este hogar que me han entregado con devoción—. Quiero...—Me atrevo a llevar mis manos a su rostro y delinear sus labios. Suspira, pero no dice nada—... probarte, Dominik. Quiero un regalo insuperable—No se mueve, se limita a mirarme a la espera de lo que pueda suceder.
Lo hago, uno mis labios a los suyos en un beso casto. Me aparto un poco para observarlo, y lo que veo hace que mis entrañas se estremezcan. He roto el caparazón, he abierto la caja de pandora. Es deseo puro y rudo pintado en su rostro.
Enreda sus dedos en mi cabello y choca nuestros labios en un beso duro, intenso, severo. Sus labios se amoldan a los míos, su lengua se hunde en mi boca y gimo ante el gesto inesperado y decadente. Me aprieto a sus brazos y continuó con la maravilla de sus labios, incrédula de lo que está pasando.
Está pasando, me está besando.
Nuestras respiraciones se hacen pesadas, sus labios succionan los míos hasta hacerme gemir de nuevo. Mis manos navegan por sus piernas hasta llegar al bulto enorme que se alza como tienda de campaña. Lo aprieto con suavidad y él gruñe, lo que termina por alejarlo.
—No, Beth. No podemos hacer esto—Retira mi mano de su erección y me mira atormentado por lo que acabamos de hacer. Hemos cruzado la línea, y es algo de lo que no me arrepiento.
—¿Qué es lo que podemos hacer? interrogó, ansiosa por conocer nuestros límites y hasta dónde quiere llegar.
—Nada de esto—Se aleja por completo y rompe con el encanto—. Esto estuvo muy mal, Beth. Disculpa mi comportamiento. Te juro que no se volverá a repetir.
No puedo decir nada, no puedo convencerlo de que esto es lo que he querido desde que llegué a esta casa. No pude decirle que quiero que me folle y que deseo ser más que su hija adoptiva. Quiero su corazón, su mente. Quiero ser suya en todos los sentidos.
Una puerta se abrió, pero se encargará de cerrarla.
Solo si se lo permito.
****
Después de la celebración que creí, duraría una eternidad, los invitados se largaron. Mary y Dominik recogieron el desorden. Horas más tarde, Mary subió a su habitación, pero Dominik no la siguió. Esperé a que lo hiciera, más nunca apareció por el pasillo.
Me coloqué mi pijama más seductora, dispuesta a convencerlo de no desistir.
Desciendo las escaleras en silencio, lo encuentro de cara a la ventana de la cocina. Me entrega una vista caliente de su espalda musculosa y su trasero redondo. No lleva camisa puesta, por lo que mis manos se posan sobre su espalda. Se sobresalta y gira con los ojos bien abiertos. Me muerdo el labio, sus pectorales y pecho como granito llenan mi visión.
Deja el vaso de agua sobre el lavabo, sorprendido de mi presencia. Mis manos trazan sus músculos trabajados con curiosidad. Admiro su cuerpo desinhibida. Quiero su polla más que nunca, pero sé que debo dejar que ocurra. Está asustado, lo siento bajo mi toque, pero no se aparta, lo disfruta más de lo que está dispuesto a admitir.
Deposito un beso en su paquete de seis y gruñe.
—Beth, para—Intenta sonar fuerte y determinado, pero la voz le falla. Sus ojos están nublados de deseo.
Ya casi lo tengo en mis manos.
—He deseado tanto este beso, Dominik, que no creo que sea posible olvidarlo.
Lo siento—No es una disculpa sincera, lo sabe y me observa a punto de estallar. Su polla está firme bajo la tela, me siento tentada a tocarla, pero si lo hago, me alejará
—Eres mi hija adoptiva, Beth—me recuerda con dureza—. Eres menor de edad. Puedo meterme en un montón de mierda si esto avanza.
—Nadie se tiene que enterar—Lamo su pecho y ahoga un gemido—. Será nuestro secreto.
—Beth—acuna mi rostro y se inclina—, no voy a follarte. No es correcto, mi esposa está arriba, eres mi acogida, una niña. No es posible que esto trascienda.
—¿Por qué me besaste? —No responde, me observa sin emitir ni una palabra. Lo querías tanto como yo, negarlo sería una hipocresía de nuestra parte. Te he deseado desde el primer día que llegué a esta casa, me he masturbado cada noche con tu rostro en mi mente.
—Beth—dice atormentado, se inclina más cerca.
—Mi coño llora por ti, Dominik. Quiero tu polla, cada parte de ti. Quiero ser tuya con las condiciones que impongas—propongo. Su respiración cálida sobre mi rostro indica lo agitado que está por besarme, cosa que comparto.
—Y yo quiero muchas cosas, Beth. Realmente he pensado mucho en ti montándome como si estuvieras en celo—Aprieto las piernas y no puedo respirar—. Quiero polla tan profunda en tu garganta hasta que te atragantes con ella y recibas cada gota de mi leche que tu mirada se pierda y pidas más—
Besa la comisura de mi boca y tiemblo —. Deseo mucho, Beth, pero entiendo que no puede pasar.
—Coloca el límite, puedo manejarlo—De seguro no podré hacerlo porque desearé más, pero quiero que tome la maldita decisión de una vez y esto llegue a alguna parte.
Suspira y sonríe, rindiéndose a la lujuria que nos envuelve.
—Besos y manoseo—señala—. Nuestro límite será nuestras caricias. Nada muy intrusivo, besos y toqueteos. ¿De acuerdo?
Asiento, y eso es suficiente para que me devore la boca. Sus manos agarran mis nalgas y lo rodeo. Me lleva a la encimera y sigue comiéndome la boca. Me deleito con su pecho duro bajo mis dedos, jadea y continua. Su lengua se entierra en mi boca y alienta a la mía a seguirlo. Sus manos acunan mis pechos, gimo y juega con los pezones por encima de la tela. Ansío el contacto directo, pero seguro no lo hará.
—Tus senos son preciosos. Muero por chuparlos—indica con voz ronca.
—Hazlo—lo provocó—. Quiero que lo hagas.
Niega con una sonrisa traviesa y vuelve a mi boca. Succiona mi labio inferior y muerde un poco. Mi lengua se sumerge en su boca caliente, saboreando su aliento, su saliva, su esencia pecaminosa. Su pene se mece sobre mi coño. Gimo, no es consciente de lo que hace, su cuerpo se guía por el impulso y sé que no puede detenerse.
Separó mis piernas y lo animó a acercarse. Roza insistentemente contra la tela delgada. Su longitud toca mi clítoris y mi coño está empapado. Me muevo al mismo ritmo de su roce. Gemimos sobre la boca del otro, sus dedos aprietan mis pezones y mi útero se tensa. Vuelve hacerlo y aprieta su roce hasta que me vengo, me deshago en sus brazos. Amortigua mis gemidos y temblores con su cuerpo.
Saca su polla y me quedo quieta. Creo que va a penetrarme y va a romper las reglas, pero una punzada de decepción me llena cuando su mano aprieta su pene y se masajea con rudeza. No le toma mucho tiempo correrse sobre mi pijama. Su rostro se relaja mientras me cubre con su semen.
Mi sueño hecho realidad.
Quiero más.
Llevo mis dedos hasta su corrida y los lamo. Saboreo su sabor y me encanta.
—Sabe exquisito—digo con un gesto perverso.
Vuelve a besarme y continuamos con otra tanda de besos.