Bárbara odiaba las mentiras. No importaba si eran por omisión o piadosas, simplemente las detestaba.
Lo cual era irónico, ya que acababa de mentirle a su hermana… y a su exbullying de secundaria, sin que le temblara el pulso.
En su profesión como abogada había aprendido a enmascarar los sentimientos y a reprimir las emociones. Como estrategia, solía usar tácticas para descubrir si un cliente le estaba mintiendo o no. Y aunque mentir formaba parte del juego, Bárbara prefería tomar casos en los que pudiera ganar sin hacerlo
Pero esta vez había mentido. Su boca había soltado una mentira enorme. Y, según sus propios estándares... perdería el caso por ello.
—Yo… no sabía que estabas saliendo con alguien —susurró Jenny, atónita.
—Te... Es decir, te lo iba a contar…
Mentira.
Bárbara cerró los ojos y tragó en seco.
—Es hermoso… Dios santo, es un diamante real —Sarah seguía sujetando su mano, los ojos pegados al anillo— ¡Es un jodido diamante real!
Bárbara retiró la mano con rapidez y cubrió la sortija —que valía más que su apartamento en Nueva York—con la otra. Todo se estaba saliendo de control. Solo necesitaba que Sarah se fuera, y después pensaría en alguna excusa para que su hermana olvidara todo el asunto del compromiso.
Podía mentir otra vez.
Decir que estaban teniendo problemas, que a él no le gustaba que ella trabajara tanto, que era demasiado independiente… excusas conocidas. Cosas que otros novios suyos habían usado antes.
Podía decir que el anillo le pesaba. Que el matrimonio no era para ella.
—¿Cuál es su nombre?
Bárbara parpadeó, aturdida.
—¿Qué cosa?
Sarah frunció el ceño y la miró como si fuera obvio.
—El nombre de tu prometido, querida.
Pudo haber dicho cualquier nombre. Conocía a docenas de hombres en la firma.
Uno bastaba.
Pero su mente se quedó en blanco. Y su boca, traicionera, eligió el único nombre que no debía mencionar. El que tenía grabado en cada vértebra.
— Kieran D’Amato
—¿¡Tu jefe!? —exclamó Jenny con los ojos desorbitados.
Oh, infiernos…
—Bueno…técnicamente no es mi jefe…
—¿El que apareció en la portada de la revista Time? —preguntó Sarah, visiblemente alterada.
Bárbara frunció el ceño
—¿Cómo es que…?
—Yo se lo mostré —confesó Jenny, enrojeciendo— Quería que viera para quién trabajabas.
Bárbara frunció el ceño. Jenny no era de alardear. De hecho, lo detestaba.
Pero si había sentido la necesidad de mostrar eso... entonces seguramente había vuelto a oír a la gente de este pueblo hablando basura sobre ella.
Otra vez.
—Oh, no puedo creerlo. Te sacaste el premio gordo, chica —dijo Sarah, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Bárbara captó el matiz amargo, oculto tras el tono adulador.
—Sí ¿verdad? —respondió con una sonrisa orgullosa—. ¿Y te digo la mejor parte?
Sarah ladeó la cabeza, fingiendo interés.
—Estoy deseosa por escucharla.
Bárbara levantó la mano izquierda y meneó los dedos, haciendo que el anillo brillara aún más bajo la luz del restaurante.
—Mi prometido está locamente enamorado de mí.
*****
Nadie se enteraría.
Bárbara respiró hondo y dejó caer la cabeza, derrotada, sobre el volante. Era una mentirosa. Y lo peor de todo: había arrastrado a su jefe con ella.
Intentó darse ánimos, repitiéndose que nadie fuera de Dillon tenía por qué enterarse. Mañana, se iría temprano. Nunca más volvería a pisar ese maldito pueblo y asunto arreglado.
Salió del auto y caminó hacia el hotel donde se había registrado. Era nuevo, y para su fortuna, los empleados no parecían reconocerla. Solo se había cruzado con una cara conocida… a la que fingió no ver.
Al llegar a su habitación, se descalzó. Amaba los tacones: la altura, la presencia que le daban. Pero también disfrutaba el alivio de quitárselos.
Se desvistió y entró al baño para tomar una ducha larga. Ya dentro de la bañera, mientras el agua tibia le relajaba los músculos tensos, reflexionó sobre todo lo que había hecho.
Sí, sabía que estaba mal.
Sí, se arrepentía de haber mentido...Pero también… lo había disfrutado.
Había algo delicioso en ver a esas mujeres revolverse incómodas al verla regresar: triunfadora, empoderada y comprometida con un millonario —aunque fuera pura ficción.
Sonrió y se sumergió más en el agua. A estas alturas, todo el pueblo debía saberlo: Bárbara Ross, la hija del borracho Tom, la perdedora gordita que compraba ropa de segunda mano, ahora era una abogada de renombre. Y su anillo, cortesía de Kieran D’Amato, brillaba más que todos los prejuicios de Dillon juntos.
Fuera mentira o no, ya nadie volvería a pisotearla.
Mañana, cuando se fuera, no hablarían de su pasado. Solo de su presente.
Y el presente de Bárbara Ross era glorioso.
Con el rabillo del ojo, notó la revista que había tomado del vestíbulo. No debió hacerlo, pero no pudo resistirse a leer la entrevista que Times le había hecho a su supuesto prometido.
Durante la siguiente media hora, se empapó de cada detalle: su infancia, su empresa, sus logros. Para cuando terminó, sabía más de la vida de aquel hombre de lo que jamás pensó saber.
Sonrió, divertida. Al menos su mentira tenía buen gusto.
Y pensar que todos en ese pueblo sabían que ese hombre, el que había llegado a la cima con esfuerzo, era suyo.
Aunque solo fuera de ficción.
Debió haberse quedado dormida, porque la despertó un zumbido bajo y persistente.
Parpadeó, confundida, justo cuando el agua de la bañera comenzó a agitarse con suavidad.
Se incorporó, y al hacerlo, todo a su alrededor se movió.
El espejo del baño se balanceaba con un temblor sutil pero creciente.
Bárbara lo observó un segundo, perpleja, antes de entender.
No. No podía ser ¿Estaba temblando?
Se apresuró a salir, pero sus pies mojados resbalaron.
Trató de agarrarse del marco de la bañera, pero su cuerpo se fue de lado. El suelo pareció inclinarse. Todo se sacudía a su alrededor: la lámpara, los muebles, el suelo mismo.
El mundo colapsó junto con ella. Y luego, sintió como su cuerpo caía y todo se volvió n***o.