Me giro inmediatamente y aparto mi brazo con furia. ¿Pero quién se cree que es? Ian se revuelve el pelo, claramente molesto y yo me cabreo aún más. Mira que hoy no tengo el chichi para farolillos y he tenido que encontrármelo.
—¿Qué haces? ¿Tienes algún problema en tu diminuta cabeza?
—No llames a Fernando. —me espeta.
—¡Llamaré a quien me salga de las narices! —mi mala leche está por todo lo alto. ¿Quién se cree que es para decirme a quién debo o no de llamar?
—No es un hombre para ti.
—¡Aaaah! —digo como si le entendiera—. Entonces, ¿quién es un hombre para mi? ¿Tú, que no te acuerdas de mi nombre? Seguro que después de una noche con tu amigo el rubito, no se olvida de mi nombre jamás.
—¿Tan segura estás? A mi no me ha costado olvidarte. —su respuesta hiere mi orgullo, pero como no quiero dejar que lo vea, contesto.
—No podía hacer mucho con un ser inerte aplastándome.
—Qué mal se te da mentir, morena. —Ian se acerca. Se acerca tanto que creo que me va a dar un patatús, pero por milagro de Dios, consigo apartarme.
—Igual de mal que se te da a ti follar. —y me voy.
Soy una mentirosa. Mentirosa pero de las gordas. Nunca he estado con nadie que me haya hecho disfrutar tanto como Ian. Y no, no es sólo por su enorme m*****o o si, bueno no importa. Ahora mismo tengo el orgullo tan herido por ese c*****o arrogante que me gustaría meterme bajo una manta y leer el resto de mi vida mientras me hincho a helado como una hiena, pero no, en vez de hacer eso decido irme con la moto a correr por la autovía. No sé a dónde voy y tampoco me importa.
Después de una hora conduciendo como una loca, decido ir a ver a mi hermana Amelia, a la que ayudo económicamente y vive a tan sólo media hora andando de mi casa. Antes de coger el camino y ponerme en marcha, llamo para asegurarme de que está allí, suelto la moto y cojo a Coco. Cuando llego a la casa de mi hermana, un pequeño pero confortable chalet, dos monitos se pegan a mis piernas.
—¡¡Tita!! —gritan al unísono mis pequeñas sobrinas, Marta y Flor. Me agacho y las besuqueo.
—¡¡Hola preciosas mías!! ¿Cómo estáis? ¿Os estaréis portando bien, no? —las pequeñas asienten—. Bueno bueno, que no me entere yo de lo contrario.
—Eso, que ya sabéis que vuestra tía tiene el demonio dentro. —cuchichea mi hermana, que acaba de aparecer.
Cuando las pequeñas se van con Coco a jugar al pequeño jardín, Amelia y yo nos sentamos en los escalones de la puerta trasera con dos pepsis y un paquete de pipas. Estos momentitos, no los cambio por nada.
—¿Cómo estás?
—Bien Lucía. —le miro con las cejas levantadas y la carita de mi hermana se convierte en un gusiluz—. Vale, aún me cuesta superar que me ha dejado, pero así es la vida hermana. —comenta encogiéndose de hombros.
—La vida es una mierda. —me encojo de hombros, imitándole—. Qué quieres que te diga, Ame.. Creo que estar sin él es lo mejor que te ha podido pasar, sin duda.
—Sabes que no comparto tus ideas.. No puedo pensar eso si aún le quiero.
Resoplo. Mi hermana y sus amoríos. Siempre está igual, a pesar de tener veintinueve años, la tía se pasa la vida en busca de su príncipe azul y el problema es que existen de todos los colores menos azules. Su última ruptura, Raúl, un morenazo de dos metros italiano, pero muy promiscuo, parece que le ha dejado huella después de siete meses inseparables.
—Ame.. Es que no me hago a la idea de que le quieras. En fin, son siete meses..
—Es el amor de mi vida Lulú, te lo juro. No me lo puedo sacar de la cabeza.. Encima Flor me pregunta, me mira con sus ojitos azules y me dice.. —pone la voz de mi sobrina—. Mamá, ¿dónde está Raulini? —me parto. Me entra una risa que me parto en dos—. ¡Ayyyy Lulú! No te rías de mí.
—De verdad que a veces tienes la mentalidad de tus hijas pequeñas.. Si sigues así entrarás en el bucle de dolor y grasa.
—Paso mucho tiempo con ellas. —se excusa y yo vuelvo a reírme. Mi hermana es tremenda—. Bueno, ¿sabes algo de Sara y nuestros padres?
—Sí, hablé con ellos y están bien. ¡Ah! Por cierto.. Soy la jefa de E.L.I, que ahora es una empresa de distribuidora de libros pero seguimos con el apartado de edición. —mi hermana abre la boca y me mira incrédula—. Quizás podría contratarte en algún apartado y.. Te seguiría dando una ayuda, pero por fin tendrías algo más.
Ame me abraza mientras llora y me da las gracias mil veces. Por la enfermedad de nuestro hermano pequeño, Álex, ella tuvo que pedir una excelencia en su trabajo para cuidarle y después, cuando volvió, la despidieron sin ningún tipo de miramiento. Era abogada en el bufete más importante de Madrid y ganaba un buen dinero al mes, dinero que al tener dos niñas y mantener la casa, ha durado muy poco. Lo mínimo que hago por ella es darle dinero para que puedan comer, ya que su alquiler es muy caro y lo que gana de paro se queda en casi nada cuando lo paga.
—Pero.. Pero.. Yo.. Yo soy abogada, no sé nada de tu trabajo.. —dice entre hipidos.
—Podría buscarte un hueco en recepción, me he llevado a Martina como asistenta personal y también ocupa la recepción y aunque no me lo ha dicho, sé que es agobiante. Podrías guardar algo de dinero mientras te ayudo y cuando tengas el suficiente, montar tu propio bufete.
—¡Eres maravillosa Lucía! Te quiero tanto.. ¡Tanto!
Después de haber tranquilizado a mi hermana y de cenar, hace tanta calor que volvemos al patio trasero. Nos tumbamos en las dos hamacas que tiene sobre el césped artificial mientras Coco da vueltas y las pequeñas duermen. Estoy sumida en mis pensamientos recordando lo que ha pasado esta mañana hasta que mi hermana se da cuenta y me pregunta.
—No es nada.. Es difícil ya sabes, de ser una simple editora a subir a jefa de una empresa. Gestiono tantas cosas que a veces me da miedo pasar algo por alto y que salga mal al mercado.
—Venga ya Lu, se que no es eso lo que te pasa. Tú siempre has sido segura respecto a lo que haces.. ¿Por qué ibas a preocuparte tanto ahora?
—Vale, vale.. —claudico y le cuento todo lo que me ha pasado desde que conozco a Ian—. Y tú sabes que a mí nadie me ha llamado suficientemente la atención como para que me importe lo que piense o siquiera me pase el día pensando en él.. Pero este chico no se me va de la cabeza, además, me lo encuentro en todos los sitios posibles.
—Quizás te persigue.
—¡Tú eres tonta o qué! ¡Si te he dicho que no se acordaba de mi nombre!
—Quizás lo ha hecho para hacerse el duro, hay tíos que son así. Raúl lo hizo la segunda vez que le vi..
—No, no creo.
—Entonces me estás diciendo que el destino te quiere tanto tanto que te pone un morenazo a todos los sitios a los que vas.. ¡Pues quiero tu destino! —dice mi hermana entre risas.
—Te lo doy, no quiero volver a verlo en la vida. —toma ya, ¡mentira de las gordas!
Sobre las doce de la noche, mi hermana me acompaña hasta la puerta para irme con Coco pero cuando voy a despedirme, una voz que viene del porche de la casa de al lado, me paraliza. ¡No puede ser! ¡Me niego!