Recorro todo el camino de potos en cuclillas hasta la entrada del jardín. Las rodillas me tiemblan ligeramente y las manos me sudan como un cochino. Dudo entre asomar la cabeza o no mientras escucho los susurros de mi hermana a mis espaldas preguntándome qué estoy haciendo con mi vida. Bien Ame, ha llegado el momento de que lo sepas, yo tampoco se que hago con mi vida. Sólo estoy segura de una cosa y es de haber escuchado la voz que he escuchado, aunque ahora no la esté escuchando. Vale.. Quizás me he vuelto un poco majareta. Me levanto lentamente y me seco las manos en el vaquero. Mi hermana llega hasta mí.
—¿Qué neurona te está fallando ahora? —pregunta mientras se cruza de brazos.
—He tenido un lapsus. —me excuso.
—¡Lapsus el que te voy a dar con toda la mano abierta! Anda, ve a coger a Coco y te vas a casa que ya es muy tarde. —dice señalando al jardín, donde se encuentra Coco.
Sacudo la cabeza y sin pensar más en que probablemente esté perdiendo la chaveta de una vez por todas, me dirijo hasta mi adorable perro que está destrozándole una planta a mi hermana. Miro hacia atrás y suspiro aliviada al ver que no me ha seguido.
—Eso, tú caúsame más problemas. ¿Qué haces comiéndote las plantas de tu tía? —Coco me mira y dobla su cabecita—. No me mires así, no vuelvas a comer más plantas.
Le señalo con un dedo pero él, sin querer entender lo que le estoy diciendo, sube sus dos patas sobre mis muslos mientras mueve la cola. Me río. No me queda más remedio que reírme, ya le compraré otra planta a mi queridísima hermana. Cogiendo el valor suficiente para decirle a la loca de las hierbas lo que ha hecho Coco, me encamino hacia la entrada.
—Ame.. Coco se ha comido una..
Me paralizo en el instante. Mi hermana; la loca de las hierbas, la enamoradiza sin remedio y la abogada desempleada, habla con alegría frente a una mujer no muy mayor y el moreno que me trae la cabeza loca, Ian. ¡Sabía que no había escuchado mal, aún no estoy loca! reprimo el impulso de ponerme a saltar y me acerco a ellos, consciente de cómo me miran. La mujer intrigada e Ian sorprendido.
—Lucía, ella es la señora Parks, mi vecina. ¿Te acuerdas de las veces que te he hablado de ella? —asiento ante su respuesta y ella continúa—. Y él es su hijo, Ian. También me ayuda de vez en cuando con las niñas.
Mi hermana le sonríe al hombre que me trae por la calle de la amargura y este le devuelve la sonrisa con timidez, sin quitarme los ojos de encima. Amelia cae en la cuenta de que algo ocurre en mi silencio y como si una película se estuviera proyectando en su cabeza, va abriendo los ojos con sorpresa. Sí, hija sí, es él. La madre de Ian, completamente ajena a lo que está ocurriendo, me tiende la mano.
—Encantada de conocerte, Lucía. Tu hermana habla mucho de ti pero tengo que decirte que eres más guapa de lo que ella cuenta. —cuchichea, guiñándome un ojo. Me sonrojo al instante.
—Igualmente señora Parks. Muchas gracias por todo lo que hace por mi hermana y mis sobrinas, de verdad, muchas gracias.
—No tienes que agradecerme nada, y llámame Clara hija, no soy tan mayor.
Nos reímos ante su comentario y asiento sin dudarlo, si ella quiere que le llame así pues así será. Ian se remueve incómodo durante unos segundos, hasta que decide hablar.
—Bueno.. Tengo que irme, mi guardia está a punto de acabar y tengo que entregar el coche en la comisaría.
—Yo también me voy, encantada de haberla conocido señora.. Clara. —la mujer me da dos besos y le doy un abrazo a mi hermana mientras veo alejarse a Ian hacia el coche patrulla seguido de su madre.
—¿Es tu Ian, verdad? —pregunta mi hermana, descojonada de risa—. j***r, ¡quiero tu destino!
—Cállate, que destino ni leches, esto más bien es una pesadilla.
—Ay Lulú, ojalá tuviera pesadillas así.. —se ríe.
Yo la mato, juro que le ahorco con la cadena del perro y me quedo tan pancha. Niego con la cabeza y sin ganas de escuchar más a mi queridísima hermana, le lanzo un beso en el aire y encamino la calle hacia abajo.
Es una noche fresca y el aire hace que me despeje mientras paseo a Coco de camino a casa. Oigo una ambulancia a lo lejos e instintivamente me toco el pelo. Mi padre siempre dice que cuando oiga o vea una ambulancia tengo que acariciar mi pelo para que no me pase nada malo. Seguramente, es sólo una pequeña superstición de las suyas que se ha convertido en una manía, pero tontamente me siento más protegida haciendo ese simple gesto. Sonrío al acordarme de papá, es un hombre lleno de bondad y de alegría, siempre es el que nos levanta tras nuestros bajones y el que nos da consejos para seguir adelante con todo. Al cabo de unos segundos, me doy cuenta de que hay un coche de policía a mi izquierda y me tenso. Ian baja la ventanilla del copiloto y se dirige hacia mí con voz calmada.
—Lucía, ¿quieres que te lleve a tu casa? Es tarde.
—No creo que tengas permitido montar a perros en el coche de policía. —le espeto y sigo andando. Sigo molesta por lo de esta mañana y cómo si me leyese el pensamiento, responde.
—Mi compañero tiene un perro y a veces lo monta. Sube. A ver, si estás mosca por lo de esta mañana, sí que me acordaba de ti, sólo quería divertirme un rato.
—¡Uf! ¡Qué divertido! ¡Deberías de trabajar en un circo!
—¿Tanto te molesta que no me acuerde de ti? —frunce el ceño—. Vamos Lucía.. Sube. ¡Ya! —su orden me hace andar más rápido pero él me sigue al lado con el coche. ¡Será tonto el tío! Tonto y medio.
—No, me importa una mierda que te acuerdes de mí. —mentirosa—. Me molesta las formas que tuviste conmigo.
—¡Ah perdone princesita! Tú no me has faltado al respeto, ¿verdad? ¿Ya no te acuerdas de hace dos semanas? ¿Y del “igual de mal que se te da a ti follar”? —aprieto el paso. Él da un acelerón con el coche y se baja corriendo. Me coge del brazo que tengo libre libre y me atrae hacia él—. Quizás debería recordarte lo mal que follo. Sube al coche.
—¿Tan herido está tu orgullo de machote que tienes que repetir conmigo? —sus ojos brillan aunque no sé muy bien de qué y mi cabreo está en la cima—. Debería ahorrarse ese mal trago, señor Parks.
—¿Puedes subir al jodido coche?
Niego con la cabeza y entonces lo hace. Eso que tanto he estado deseando desde la última vez que le vi. Me agarra la nuca con su mano derecha, acerca mi cuerpo al suyo con la otra y me besa. Me besa con pasión, como si estuviera hambriento de mi sabor y, sin poder remediarlo, mi cabreo empieza a esfumarse. Mi cuerpo se amolda al suyo perfectamente, como la pieza del puzle que falta. Dios mío, ¡cómo necesitaba esto! Me presiona contra el coche mientras me besa con frenesí y le agarro del pelo con mis manos, ahora libres, mientras le presiono contra mi boca. Necesitaba esto. Tan pronto como comenzó el beso, cesó.
—Quiero repetir contigo, Lucía. Lo quiero desde que terminé de follarte la primera vez. —roza su nariz contra la mía y aunque estoy hecha un lío, asiento.
—Repitamos. Mil veces. Todas las que quieras. —soy muy fácil, pienso. Pero con Ian a pocas cosas puedo resistirme.
Después de recoger a Coco, que estaba olisqueando un muro, subo al coche patrulla de Ian.
A la vuelta de la comisaría, Ian está taciturno, lo que me pone a mí más nerviosa. ¿Se echará para atrás ahora que me tiene expectante y caliente? Sólo de pensar en él me caliento, en cómo me besa, cómo aprieta la mandíbula antes de c******e y cómo sonríe de medio lado, como si estuviera tramando algo terriblemente placentero. Bajamos del coche y entramos a mi apartamento, Coco se quita rápido del medio y yo le ofrezco algo a Ian. Él se niega con aire ausente.
—Mira, cómo te eches atrás yo..
Empieza a besarme como antes, con un hambre atroz. La ropa empieza a volar mientras nos besamos, toqueteamos y llegamos a mi habitación. En dos segundos tengo a Ian encima mía, lamiéndome por todas las partes posibles, encendiéndome como nunca. Vuelve a mi boca y sin previo aviso introduce un dedo en mí, separando mis labios vaginales.
—Lucía. —jadea—. Estás preparada para mí, caliente y húmeda.
—Tú eres el culpable de ello. —contesto como puedo.
Arqueo las caderas para acercar mi cuerpo al suyo lo máximo posible mientras él sigue besándome por todas partes. El muy cabrón introduce un segundo dedo y los gira en mi interior.
—Por favor, Ian.
—Shh. —pega su boca en mi oreja y susurra—. He deseado mucho esto.
Ian baja por mi cuerpo como un depredador y posa su boca sobre mi clítoris hinchado, y yo ya no puedo más. El deseo, la anticipación, el morbo e Ian, todo junto es una bomba de relojería para mi cuerpo. Rodea el punto más sensible de mi cuerpo con su lengua y yo sólo puedo jadear. Jadear y maldecir. Levanto las caderas hacia su boca, necesito más, mucho más. Ian al ver mi necesidad de él, coge un condón y sin esperar ni un segundo más, entra en mí con fuerza. Grito como una posesa, pero me da igual.
—Eres el jodido cielo, Lucía.
—Puedo ser mejor. —consigo decir entre gemidos.
—Sorpréndeme.
Me sacudo con fuerza por sus empujones rápidos y duros, esto sí que es el jodido cielo. Ian sigue entrando y saliendo de mí mientras me besa y aprieta mis pezones con sus dedos. Tengo tantos puntos nerviosos encendidos que estoy a punto de colisionar. Ian aprovecha mi Nirvana para clavarse en mí con más fuerza. Grito. Cabrón.
—Me.. Vuelves loca.
—Tú me haces perder la cabeza, Lucía.
Los músculos sensibles de mi interior se tensan con tanta fuerza ante sus palabras que su siguiente empujón me hace rozar el orgasmo. Ya no puedo más. Él tiembla, yo tiemblo. Rugimos como dos animales, a punto de explotar. Subo la cadera para recoger un empujón suyo, le muerdo el labio con fuerza y en ese momento estallamos los dos juntos sin previo aviso. Jo der.