Sábado.. Mi día favorito de la semana por fin está aquí. Me estiro con lentitud sobre las sábanas sintiendo mi cuerpo aún agarrotado después de toda la noche. Aunque estoy acostumbrada a hacer deporte, puedo notar pequeñas agujetas sobre mi cuerpo, recordándome la fiesta de ayer. Me incorporo sobre los codos en la cama y hago un breve resumen de lo que ocurrió; el ascenso, la celebración con mis amigas, el polvazo con Ian.. Miro hacia la pared con una sonrisa más grande que el parque del retiro, recordando cómo follamos ahí mismo. Sacudo la cabeza. Mejor que me olvide de recordar y me ponga en marcha antes de perder la mañana.
Tras desayunar, vestirme y sacar a Coco, decido ir a correr. La llegada del calor ya estaba comenzando a causar problemas en los parques de Madrid, donde las flores ya se veían faltas de color y el césped estaba de un verde apagado. Niego con la cabeza. Deberían de cuidar más los parques, pienso. Por los auriculares comienza a sonar Toxicity, una canción de heavy metal que le encantaba a mi hermano, y aumento la intensidad al ritmo de la canción. Ritmo que no me dura nada porque un gilipollas se acaba de chocar conmigo.
—¿Estás bien? —pregunta. Yo alzo la cabeza. j***r, j***r, j***r—. ¿Lucía? —Ian.
—¿Tú eres gilipollas? ¡Serás retrasao! ¡mira por dónde vas! —grito hecha una furia.
—Eh eh fiera, ¡dos no chocan si uno no quiere!
—¡¿Estás diciendo que me he chocado contigo porque me ha dado la gana?!
—No grites morena. Estaba distraído. —me tiende la mano para que me pueda levantar, pero no la acepto. Él frunce el ceño y yo intento incorporarme solita.
—¡j***r! —grito cuando un pinchazo me perfora la rodilla—. ¡Me cago en mi madre! mi rodilla.. ¡Ay, ay j***r!
Después de salir de urgencias, Ian me lleva a mi casa mientras soporta como un campeón todas mis protestas. Me duele tanto la rodilla que tengo los nervios desquiciados, lloro, me río, le grito lo gilipollas que es.. Y el pobre aguanta, aguanta y aguanta. Entre amenazas de muerte por mi parte y lloros, intenta convencerme de comer juntos en mi casa y tras sopesarlo un momento, decido aceptar.
—Gracias por quedarte. —digo, algo más calmada.
—Al fin algo amable.—resopla.
—No te acostumbres, por tu culpa tengo un esguince en la rodilla. —le recrimino molesta.
—Mira Lucía, me voy. No te conozco de casi nada y estoy aguantando todos tus insultos. Tanta culpa tienes tú como yo de que nos hayamos chocado, asúmelo. —suelta de mala gana el sándwich sobre la mesa y sin decir más, abre la puerta y se va.
Y yo me quedo mirando la puerta. No proceso que Ian, el morenazo que me tiré ayer, se acabe de ir cabreado de mi casa. Vale, tengo mal carácter.. Y puede ser que me haya pasado, pero ese es uno de mis defectos, no se controlar mi mala leche. Intento calmarme y pienso cómo puedo contactar con Ian para pedirle perdón por todo lo que le he dicho. Ahora en frío, me doy vergüenza yo misma. Coco me mira desde su mantita y mueve la cola, está desesperado por salir a la calle y no me queda otra que sacarle con la rodilla vendada.
Ahora que ya es mediodía hace una calor de mil demonios, ya estamos a últimos de Mayo y se empieza a notar que llega el verano, y no ayuda tener la rodilla vendada por haberme chocado contra un moreno buenorro con sonrisa de ángel. Vale, lo admito ya, me gusta Ian. Y no voy a parar hasta encontrarlo de nuevo para pedirle perdón. Sólo para eso, lo juro. El teléfono empieza a sonar con insistencia y a pesar de no tener ganas de hablar con nadie, lo cojo.
—¿Sí?
—Hola Lu, ¿como estás? —pregunta mi hermana con su dulce voz.
—Estoy viva, que no es poco. —me río—. ¿Y tú, Ame? ¿cómo están mis sobrinas?
—Nosotras estamos bien pero te echamos de menos. ¿Cuándo vas a venir a vernos?
—Pronto, te lo prometo. Estoy un poco liada con el trabajo y hoy he tenido un pequeño accidente que..
—¿Que has tenido un accidente? —interrumpe mi hermana—. Pero.. ¿Por qué no me has dicho nada? ¿qué te pasa? ¿estás bien?
—Tranquilízate Ame, no te he dicho nada porque se que te pones como una histérica y ha sido esta mañana. —suspiro al acordarme de Ian y lo mal que me he portado con él—. Estoy bien, de verdad, sólo tengo un esguince.
—Si necesitas cualquier cosa, lo que sea, sabes dónde estoy, ¿verdad? —pregunta preocupada.
—Que sí, pelmaza, que sí. —me río—. Ame te dejo ya, que tengo que ducharme.
—Te quiero mucho Lu, cuídate por favor.
—Y yo a ti bichito.
Cuelgo el teléfono con una sonrisa, hablar con mi hermana es como una especie de terapia, sólo con escuchar su voz me siento infinitamente mejor. Cojeando me dirijo hacia el baño y miro a la ducha buscando una postura en la que poder ducharme sin mojarme todo el vendaje. Cuando estoy a punto de quitarme la ropa, suena el timbre de la puerta. ¿Quién será ahora?
—¡Ya voy! —grito desde el otro lado de la casa, cojeando lo más rápido que puedo.
Coco me sigue por todo el pasillo, como si pudiera cogerme si me fuera a caer o algo parecido. El pobre seguro que en su mente canina se está riendo de lo ridícula que es su madre humana, cojeando por toda la casa como una desquiciada. Llego a la puerta sudando como un cerdo y abro sin mirar por la mirilla.
Ian.